Claves para superar la adversidad

Resistencia, fortaleza, capacidad de superación. Hablamos de la habilidad que tienen algunas personas para sobreponerse a problemas grandes y pequeños, de la flexibilidad mental que les permite “reajustarse” después de un trauma y retornar a la cotidianeidad.

Son esos individuos que extraen lecciones de las experiencias negativas y las transforman en positivas, como si fueran dueñas de una extraña fortaleza que les permite alterar el curso de su existencia cuando el camino seguido hasta entonces se corta o se vuelve impracticable. Podría decirse que Elena P., 41 años, bióloga, casada y madre de dos niños de 9 y 7 años, es el “epítome” de esa resistencia. Tras 8 años de tratamiento por un cáncer recurrente, se vio obligada a dejar su trabajo en un laboratorio. Justo en ese mes, perdió a sus padres y a un hermano en un mismo accidente de coche y su marido sufrió un infarto de miocardio, del que afortunadamente se recuperó, pero que ha afectado seriamente a su salud. En lugar de abandonarse a la autocompasión, Elena empezó a colaborar con asociaciones de pacientes y de víctimas de accidentes y comenzó a escribir en una revista científica. Hace unos meses, los oncólogos le dieron el alta. Aunque debe acudir a revisiones periódicas, sigue mirando al futuro y tan activa como siempre.

Centrarse en lo controlable

La doctora norteamericana Jennifer P. Schneider es otro ejemplo de resistencia en la adversidad. Su madre la abandonó cuando tenía 5 años, ha capeado dos divorcios, el autismo de un hijo, una fractura grave de una pierna que requirió varias operaciones y más de dos años para curarse y quizá, el trauma más insufrible de todos: la muerte a los 31 años de su hija Jessica, tras dos años batallando con un cáncer de colon. “Para poder soportarlo, me centré en cosas que podía controlar, como mis pacientes y escribir mis sentimientos en un ordenador. Fruto de las muchas noches pasadas ante él es el libro Vivir con un dolor crónico (Living with chronic pain)”. Además, da conferencias a personas que han vivido el sufrimiento moral del abandono y el trauma de la muerte de seres queridos.

A resistir se aprende

Como Elena P. y Jenniffer Shneider han comprobado, y como ahora saben los estudiosos del comportamiento humano, la resistencia no es un rasgo innato del ser humano, aunque algunas personas parezcan más capacitadas que otras para soportar los traumas de la vida. En realidad las personas que demuestran resistencia ante la adversidad no son inmunes al sufrimiento. Esa capacidad la desarrollamos durante la infancia. La “diferencia” del niño resistente es que ha desarrollado esa capacidad de reacción, esa especie de resorte que impulsa hacia adelante y lleva a establecer nuevos objetivos, incluso sorteando dificultades como el alcoholismo de una madre, la muerte del padre, la pobreza familiar, incluso discapacidades físicas... La historia está llena de geniales ejemplos de personas que superaron problemas aparentemente insalvables y llegaron a ser un faro para la Humanidad. Como explica el psiquiatra español Dr. Rojas Marcos, “la resistencia supone aprender a sobreponerse a los problemas. Eso conlleva un concepto esencial: el aprendizaje. Las personas que no han aprendido a desarrollar resistencia son menos capaces de extraer lecciones de sus equivocaciones y avanzar. En lugar de concentrarse en lo que pueden controlar y aceptar la responsabilidad de sus vidas, consumen su tiempo y su energía centrándose en cosas que escapan a sus capacidades o a su influencia, es decir, en cuestiones estériles. Como consecuencia, responden a las adversidades con desesperanza y depresión. Cuando las cosas les salen mal, o simplemente no salen como querrían, se dicen: ‘Soy incapaz de superarlo’, o aún peor: ‘Es imposible”.

Pensar en soluciones

Los seres humanos desarrollamos resistencia frente a las frustraciones y adversidades cuando, de niños, los mayores nos animan a pensar en soluciones y a asumir la responsabilidad de nuestros actos. Cuando el cantante Ray Charles perdió la vista a los siete años de edad, su madre le decía “utiliza ese precioso cerebro que Dios te dio” y le estimulaba a actuar para abrirse camino en la vida. En una escena de la película Ray, se ve cómo la madre se queda mirando a su hijo en silencio cuando éste tropieza con los muebles y cae; cómo Ray grita pidiendo ayuda y cómo, al ver que ésta no llega, el niño se esfuerza para ponerse de pie y lo consigue. Al igual que Ray, todos los niños necesitan aprender que son capaces de solucionar los problemas por sí mismos. De hecho, muchos adultos que se hunden en la adversidad fueron educados por padres que acudían inmediatamente a ayudarlos en cuanto decían “no puedo hacer esto”, no los animaban a que aprendieran de sus errores o culpaban a otros de los mismos y jamás establecían límites o responsabilidades.

Somos autores de nuestra vida

“Incluso en los adultos, es posible desarrollar resistencia frente a los traumas de la vida”, explican los doctores Brooks y Goldstein, en “Criar hijos resistentes” (Raising resilient children). “El truco está en reemplazar los ‘guiones negativos’ que aprendimos de niños por ‘guiones positivos’. Las personas que tienen grabados guiones negativos en su mente han desarrollado la idea de que, hagan lo que hagan, las cosas no saldrán bien. Son los que se definen a sí mismos como pesimistas y, en lugar de esforzarse en pensar en soluciones o establecer nuevos objetivos, asumen que son los demás los que deben cambiar las cosas”. Según los citados doctores, lo primero que hay que aprender es a “reconocer que somos los autores de nuestras propias vidas”. Lo segundo, que “no debemos buscar la felicidad pidiendo a los demás que cambien, sino preguntarnos: ¿qué cambios puedo introducir yo en esta situación para cambiarla?”. “Se trata de identificar los guiones negativos y de asumir la responsabilidad de cambiarlos”, explican.

Potenciar la autoestima

Otro objetivo que proponen es el de potenciar la autoestima. “Para ello, tenemos que ser muy sinceros con nosotros mismos”, señalan. “En lugar de intentar ajustarnos a las expectativas de los demás respecto de nosotros, tenemos que pensar en nuestras auténticas expectativas”. La clave está en centrarnos en lo positivo: lo que podemos hacer, las actividades que somos capaces de realizar, las situaciones en las que realmente podemos influir. Una gran ayuda en la reconstrucción de la autoestima es asumir roles activos en la sociedad o en la comunidad, colaborar con organizaciones que se dedican a solucionar los problemas que nos afectan o preocupan, ofrecerse como voluntario/a en asociaciones de ayuda a minusválidos, inmigrantes, personas desfavorecidas en general...

Introducir cambios

Otras personas que han vivido desgracias personales encuentran ayuda desarrollando nuevas capacidades: aprender un nuevo idioma, practicar un nuevo deporte, iniciarse en la gastronomía, un tipo de pintura, literatura o música concreta... Existen decenas de posibilidades: solo hay que mirar con interés y curiosidad. También, los malos momentos pueden ser la ocasión para introducir cambios en la vida. Si el trabajo, los hobbies o las relaciones sociales que teníamos ya no nos resultan satisfactorios, podemos introducir cambios. Sin duda, los cambios asustan a las personas que carecen de resistencia, pero los psicólogos y psiquiatras saben que quienes intentan cambiar una realidad que no les complace comprueban a menudo que recuperan el control de sus vidas y que adquieren solidez frente a las dificultades. Un último consejo: observar a las personas que nos rodean para ver quiénes refuerzan los guiones negativos... y poner distancia con ellas. Si eso es imposible, por ejemplo, porque se trata de miembros de la familia, tendremos que aprender a ignorar sus comentarios destructivos o mirarlos con una pizca de humor benevolente. De hecho, la risa positiva, no la sarcástica ni despectiva, puede ser el principio de una nueva amistad con nosotros mismos y con la vida. Marisol Guisasola

Conoce las revistas para niños de Bayard

Comentarios

¡Sé el primero en comentar!