El placer de leer en familia

Lograr que la afición por la lectura arraigue de forma duradera en la vida de un/a niño/a es una tarea delicada en la que la familia tiene un papel decisivo. Contarles cuentos, leer con ellos, ir a la biblioteca o visitar librerías son actividades que pueden favorecer ese objetivo.

La lectura, dicen los expertos, constituye un instrumento necesario para la transmisión de la cultura, la formación y el desarrollo madurativo de los menores. Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, suele recordar que, además de una actividad irreemplazable para la configuración del ciudadano en una sociedad democrática, es uno de los más estimulantes y enriquecedores quehaceres. “¡Qué sería de nuestra sociedad sin la lectura!”, exclama Teresa Corchete cuando se le interroga por la importancia de leer y de cultivar el gusto por los libros. Esta especialista en fomento de la lectura y diseño de programas dirigidos a familias y niños está más que convencida de que es una actividad que influye positivamente no solo en nuestra formación cultural, sino también en los aspectos que van configurando nuestra ‘arquitectura’ afectiva y emocional. “A través de la lectura”, afirma, “los niños empiezan a conocer el mundo que les rodea, aprenden a expresarse y a relacionarse”. Que un niño o una niña lleguen a convertirse en lectores es un fenómeno muy complejo que depende de un cúmulo de circunstancias. “Un factor clave es ver leer en tu entorno inmediato. O, cuando aún no se sabe leer, que te lean en voz alta, que te cuenten”, sostiene Pedro C. Cerrillo, catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha y codirector de un máster sobre promoción de la lectura y la literatura infantil que ya tiene 15 años de existencia. En la consecución de ese futuro lector, otro elemento importante debería ser, añade, una buena separación entre la lectura obligatoria –“escolar, tan obligatoria como otros estudios o saberes”– y la lectura voluntaria –“en la que hay que incidir, sobre todo en los primeros momentos”–.

En esa tarea, la familia tiene asignada una misión fundamental. Cerrillo habla de su importancia en los primeros momentos, pero otorga a la institución escolar una responsabilidad más duradera. Pese a ello, advierte, tampoco convendría responsabilizar a la escuela de la fragilidad de los hábitos lectores. “La escuela enseña a leer y escribir –entre otras cosas–, pero la adquisición del hábito lector no es responsabilidad exclusiva suya”. A su juicio, debe haber una implicación de las instituciones, que deberían formar adecuadamente a los mediadores, facilitar la selección de los libros y, sobre todo, “dar a la lectura un valor que no siempre se le da”.

Una ruta propia

Desde una librería emblemática para el libro infantil en Madrid, La Mar de Letras, Clara Porras subraya el papel “esencial” de la familia. A su juicio, para que un niño o una niña puedan llegar a formar parte de la nómina de los buenos lectores deben empezar por disfrutar con un libro en las manos. “Si leer no te proporciona placer, difícilmente le dedicarás tu tiempo libre”, asegura. Además, es necesario acceder a lecturas que sean buenas por sí mismas, y no por sus pretendidos objetivos didácticos; tener al alcance una oferta diversa para poder probar y establecer una ruta lectora propia y, sobre todo, no presionar a los niños para forzarles a una lectura autónoma. “Es frecuente”, considera Porras, “que la prisa por que adquieran técnica lectora desemboque en dificultades con la lectura comprensiva, lo que limita el interés de los textos a los que acceden ellos solos”. Pero, antes que nada, lo más importante es que esa lectura vaya “acompañada de entusiasmo por parte del entorno”.

También Teresa Corchete le adjudica a la familia un papel “fundamental e insustituible”. “Los niños que crecen en el seno de un hogar en el que la lectura es algo cotidiano muestran mayoritariamente más interés por ella a medida que crecen”, apunta. “Yo intento transmitir a los padres la importancia que tiene hacer en casa cosas tan sencillas como contar cuentos o leer en voz alta, y les invito a que intenten hacerlo todos los días. Se necesita poco tiempo y los resultados son muy evidentes”. Esta experta comparte la opinión de que lo primero es demostrarles a los pequeños que la lectura importa a los mayores y que nos proporciona cosas buenas. “Los niños son imitadores por naturaleza. Si nos ven leer querrán hacerlo también, y la acción por réplica pasará pronto a ser un hábito propio”. Leer con ellos desde pequeños, visitar librerías o acudir a la biblioteca son acciones cotidianas que contribuyen a afianzar el gusto por la lectura. “Y si a la hora de elegir los libros y las historias, los padres se dejan aconsejar por especialistas –bibliotecarios o libreros–, mucho mejor”, asegura.

Cambio de hábitos

Con todo, el que los pequeños disfruten de la lectura no es garantía de que, al crecer, lo sigan haciendo. Hay dos momentos en los que pueden sentirse extraviados: el paso de Primaria a Secundaria, y de esta a Bachillerato. “Confluyen factores que no solo tienen que ver con la lectura”, atestigua Pedro C. Cerrillo, “sino también con la evolución psicológica de las personas”. A partir de los 12 años, certifica Clara Porras, se modifican de forma clara las pautas de lectura y los hábitos: “En muchos casos se abandona, y en otros se retoma con pasión”. Cambian la forma de acceder a los libros, el asesoramiento y, en especial, los temas de interés.

Al llegar a esas edades, Teresa Corchete sugiere que las familias no hablen de la lectura como de una obligación y que no la pongan como rival de otras actividades, se llamen apps , videojuegos o películas. Y, sobre todo, que muestren respeto hacia esos nuevos gustos e intereses. Si esa afición lectora que tan arraigada parecía durante la infancia empieza a debilitarse al acercarse a los 12 o los 13 años, su consejo es seguir haciendo cosas juntos: ver películas, acudir a espectáculos, compartir lecturas. “Muchas veces abandonamos a nuestros hijos en su tiempo de ocio y nos despegamos de sus gustos e intereses”, opina. “Con esta actitud se crean distancias que no favorecen la comunicación y que con el tiempo desacreditan a los padres como prescriptores fiables”. Por el contrario, sugiere, si se comparte el gusto por la lectura, si se puede hablar con ellos de libros o de la película que han visto, “será más fácil conocer sus preferencias y sugerirles cosas nuevas”.

Vargas Llosa, infatigable defensor de las bondades de la lectura, no pierde la ocasión, en sus artículos y conferencias, de animar a leer buenos libros y de enseñar a leer –en la familia, en la escuela, en los medios de comunicación– a las nuevas generaciones, porque los libros, dice, los buenos libros, impregnan y enriquecen la vida.

Javier Sanz. Periodista
Guía "La aventura de la lectura" ©Bayard Revistas S.A.

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