¿Hay que 'vigilar' las lecturas de los niños?

Todos los autores de literatura infantil y juvenil que conozco son profesionales que parten de un gran respeto por su público. Pueden tener opiniones distintas y tomarse más o menos libertades; querer conmover a sus lectores, hacerlos reflexionar o incluso asustarlos; quizá prefieran hacerlos soñar, o todo a la vez, pero han elegido deliberadamente dirigirse a ellos, a ese público concreto, y acatan un principio poderoso y no negociable: no transmitir desesperanza. Pueden llevar al lector por senderos un poco escarpados, pero el punto de llegada siempre es respetuoso con ese compromiso de esperanza. Precisamente, es ese compromiso el que marca la diferencia entre la literatura infantil y juvenil y la literatura para adultos, en la que la relación autor-lector se establece entre iguales que consienten.

Además, hay que tener en cuenta que la percepción de un libro pasa obligatoriamente por un esfuerzo de lectura, esfuerzo que sirve de quitamiedos si un lector se aventura demasiado lejos. Si no estamos a gusto con un libro, siempre podemos bajarnos en marcha, porque la lectura es un tren que circula despacio. No es como una película, un programa de televisión o de radio o un videojuego. Esta diferencia es muy clara en el caso de la actualidad: un periódico no representa para los lectores el mismo riesgo que un informativo de televisión para los espectadores. El texto siempre es menos violento que la imagen, porque marca una distancia.

Sin embargo, no se trata de eliminar por completo nuestra presencia. Hasta los siete años, más o menos, lo leemos todo para ellos y con ellos. En la adolescencia, los estudiantes empiezan a descubrir la literatura general, que a menudo hemos descubierto a la misma edad que ellos. Pero ¿y entre estas dos etapas? Pues, en la práctica, entre los ocho y los trece años, los niños se encuentran bastante solos ante sus lecturas. Es una pena. Quizá no sea necesario «vigilarlas» inquisitivamente pero, si las compartimos, sus lecturas ganan. Hablar de un libro es darle valor, poner palabras a una experiencia. Este diálogo enriquece la lectura en sí, tanto en casa como en el colegio. Y, además, para que este intercambio pueda tener lugar, hay que leer el mismo libro. A veces, los niños vienen a leernos en voz alta un pasaje que les hace reír, pero también vemos que, a veces, sufren con otras lecturas, y eso debería empujarnos asimismo a compartirlas. A los niños a menudo les cuesta asociar la lectura con la idea de conmoción, de reflexión, de seriedad. Es obvio que no se lee igual el Diario de Ana Frank que las aventuras de Los Cinco. Sin embargo, es el mismo idioma y casi el mismo objeto. Y, aunque quizá descubrieron con nosotros, hace mucho tiempo, cuentos profundos y muy serios, este redescubrimiento, ya como lectores autónomos, puede resultarles duro. Pero es necesario, porque les permite convertirse en lectores en el sentido pleno de la palabra.

Y, en este punto, no estamos hablando solo de lectura, sino también de educación y del significado que queremos dar a esta palabra. La infancia es, a la vez, un periodo de la vida que se debe proteger del trabajo, de la violencia, de la enfermedad…, y un tiempo que debe preparar para el mundo de los adultos, para su violencia y su dureza. Proteger y curtir: no es fácil conciliar estos dos verbos opuestos y no es prudente separarlos… La literatura, el cine, la televisión y la radio inciden a menudo en la dificultad de casar este deseo de proteger y esta necesidad de curtir.

El síndrome Helen Keller

Helen Keller (1880-1968) se quedó sorda y ciega a los diecinueve meses. Condenada, en principio, a una existencia de aislamiento, consiguió leer y hablar, gracias a la ayuda de una educadora excepcional, y se convirtió en la primera universitaria con discapacidad de los Estados Unidos. Su vida ha sido retratada en varias películas y también en libros, algunos de ellos para niños. Figura ejemplar de la cultura infantil, su destino extraordinario ilustra una oposición muy presente en la literatura juvenil. Desde la perspectiva del niño, puede interpretarse como una formidable metáfora de la infancia que, poco a poco, gana su lugar en el mundo a fuerza de coraje, de obstinación y también de ayuda (su educadora, Ana Sullivan, fue fundamental en la historia de Helen). Como adulto, puede percibirse, sobre todo, como una terrible desgracia que nos destrozaría si le ocurriese a nuestros seres queridos. Padre o madre e hijo no pueden enfrentarse a esta historia de la misma manera. La experiencia de la revista infantil que dirijo, me demuestra que los textos que se centran en la compasión por destinos dolorosos son los más difíciles de publicar, porque los padres, por lo general, tienen el reflejo de rechazarlos. Sin embargo, son necesarios y edificantes. Lo que marca a los niños no es el sufrimiento de Helen, sino su valor a la hora de superarlo y la fuerza de su victoria.

«Hacemos muchas cosas a la vez, y cada vez dedicamos menos tiempo seguido a lo que hacemos. [...] El universo cultural de los jóvenes está sometido más que nunca a máquinas que, en las relaciones interactivas que establecen, imponen ritmos y velocidades que descalifican la lentitud y el tiempo que reclama la apropiación personal de un libro.»

Christian Baudelot, sociólogo

Marie Lallouet
Texto extraído del libro 'A mi hijo no le gusta leer, ¿qué puedo hacer?'
© Bayard Éditions, 2007.

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