La importancia de la relación de los padres con la lectura

¿Y cómo va nuestra relación con la lectura?

Se dice con frecuencia que los niños no leen tanto como antes, que no leen, o que, al menos, no leen todo lo que deberían. De acuerdo. Pero ¿no se educa también con el ejemplo? A lo largo de toda su infancia, pedimos a los niños que hagan lo que los adultos también hacemos: cepillarse los dientes, hablar en vez de pegar, no tirar papeles al suelo, dejar la ropa sucia en el cesto… Es una tarea que lleva su tiempo pero, al cabo de diecisiete o dieciocho años, se tiene la esperanza de haberlo conseguido. ¿Y qué pasa con la lectura? ¿No les estaremos diciendo más bien «haz lo que digo y no lo que hago?».

Diversos estudios constatan que el número de buenos lectores disminuye significativamente en la adolescencia, en comparación con el de los niños de entre cinco y ocho años. Y una de las razones es el modelo parental: los padres lectores habituales constituyen una minoría, y los adolescentes a menudo tienen dificultades para orientarse sin ayuda entre la infinidad de libros disponibles. Muchos padres y madres se reconocerán sentados en el sofá delante del televisor, después de una jornada de trabajo agotadora, pidiendo a sus hijos que se vayan a su habitación a leer.

Parece que hacer de los niños buenos lectores es también un asunto de familia, y no sólo en términos de herencia (afortunadamente), sino también en términos de proyecto. Así que, ¿por qué no pasar de la tele de vez en cuando, sacar un buen libro y sentarnos con los niños a leer? ¿Y por qué no leer en voz alta con ellos uno de sus libros? Si nos dormimos antes del final del primer capítulo, no pasa nada: muy probablemente, tendremos bonitos sueños.

¡Que se note que nos gusta leer!

El placer de leer es muy contagioso, pero es necesario que lo vean. Leemos mayoritariamente por la noche, cuando los niños ya se han acostado. Y en los transportes públicos que utilizamos sin ellos para ir a trabajar. ¿Dónde están nuestros libros? ¿Bien alineados en la estantería o medio enterrados en el pequeño desorden cotidiano…? También conviene incorporar la lectura a la conversación diaria. En la mesa, nuestro interés por lo que ha pasado a lo largo del día en el colegio puede derivar en un interrogatorio agotador. ¿A que no nos gustaría que nos hicieran lo mismo con nuestra vida laboral? Así que, de vez en cuando, para variar, podríamos hablar del libro que estamos a punto de acabar o de ese otro que tenemos en lista de espera... ¿Necesita algún miembro de la familia algo de la librería o de la biblioteca? Ocasionalmente, podemos permitirles que se levanten de la mesa un poco antes para dejarles terminar el último capítulo del libro que se traen entre manos y que los tiene fascinados. Pequeños guiños parar hacerles comprender que la lectura es felicidad.

¡Vivan las vacaciones!

A lo largo del año, no es fácil ser los padres perfectos que todos soñamos ser. Siempre corriendo, a toda prisa, hacemos lo que podemos con el tiempo que no tenemos. Pero llegan las vacaciones. Y, para el tema que nos ocupa, son valiosísimas. En primer lugar, porque todos, padres y niños, tenemos más tiempo. Y también porque hay que establecer nuevas costumbres: nos acostamos más tarde; en la tienda de campaña, no hay televisión; en el apartamento alquilado o en la casa rural, a veces encontramos viejos libros para niños… La lectura puede ocupar algo más que el tiempo que sobra. ¿Un consejo? Tener todo esto en cuenta a la hora de hacer el equipaje. Celebrar el final del año escolar comprando a todo el mundo, incluidos nosotros mismos, un par de libros no está nada mal. Y no es tan caro: por el precio de unas buenas deportivas se pueden comprar unos cuantos libros de bolsillo… Y, aun sin dinero, no hay excusa: las bibliotecas hacen préstamos lo suficientemente largos para poder llevarse un libro durante las vacaciones.

Marie Lallouet
Texto extraído del libro 'A mi hijo no le gusta leer, ¿qué puedo hacer?'
© Bayard Éditions, 2007.

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