Las aventuras de Haroun-al-Raschid, califa de Bagdad. Cuento para niños de Las mil y una noches

Cuentos árabes para niños

Las aventuras de Haroun-al-Raschid, califa de Bagdad es un cuento recogido en Las mil y una noches, una recopilación de relatos árabes medievales que contiene distintas historias de califas, genios y lámparas, viajeros marinos y muchos otros relatos. Se trata de un hilo de cuentos ya que una vez que termina uno, de él surge otro nuevo.  

Distintos autores han versionado estos relatos, entre ellos el escritor Andrew Lang, quien los simplificó y acortó haciéndolos más adecuados para niños. De Lang recuperamos este cuento para niños que cuenta la historia de un califa que decide disfrazarse para darse un paseo por la ciudad para ver cómo se comportan sus súbditos. Conocerá a un misterioso y extraño personaje que pide limosna y además pide ser golpeado tras recibirla. 

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Las mil y una noches: Las aventuras de Haroun-al-Raschid, califa de Bagdad

Las aventuras de Haroun-al-Raschid, califa de Bagdad.

El califa Haroun-al-Raschid estaba sentado en su palacio, preguntándose si quedaba algo en el mundo que pudiera darle unas horas de diversión, cuando Giafar, el gran visir, su viejo y probado amigo, apareció de repente ante él. Giafar tenía algo importante que decirle al Califa, y no tenía intención de dejarse intimidar, así que con otra reverencia ante el trono, comenzó a hablar.

- Mi señor, dijo, me he propuesto recordarle a Su Alteza que se ha comprometido en secreto a observar por sí mismo la manera en que se hace justicia y se mantiene el orden en toda la ciudad. 

- Tienes razón, respondió el Califa, me había olvidado por completo. Ve y cámbiate de abrigo y yo cambiaré el mío.

Unos momentos después, ambos volvieron a entrar en la sala, disfrazados de comerciantes extranjeros, y atravesaron una puerta secreta para salir a campo abierto. Allí se volvieron hacia el Éufrates y, cruzando el río en una pequeña barca, atravesaron la parte de la ciudad que se extendía a lo largo de la orilla más alejada.

Muy complacido con la paz y el buen orden de la ciudad, el Califa y su visir se dirigieron a un puente que conducía directamente al palacio, y ya lo había cruzado, cuando fueron detenidos por un anciano y ciego, quien pidió limosna.

El Califa le dio una moneda y seguía adelante, pero el ciego lo agarró de la mano y lo retuvo.

- Persona caritativa, dijo, quienquiera que seas, concédeme otro deseo más. Golpéame, te lo ruego, un golpe. Me lo he merecido con creces, e incluso una pena más severa.

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El Califa, muy sorprendido por esta petición, respondió amablemente:

- Mi buen hombre, lo que me pides es imposible. ¿De qué serviría mi limosna si te tratara tan mal? Y mientras hablaba trató de soltar el agarre del mendigo ciego.

- Mi señor, respondió el hombre, perdona mi osadía y mi perseverancia. Recupera tu dinero, o dame el golpe que anhelo. He hecho un juramento solemne de que no recibiré nada sin recibir el castigo, y si supieras todos por qué, sentirías que el castigo no es una décima parte de lo que merezco.

Conmovido por estas palabras, y quizás más aún por el hecho de que tenía otros asuntos que atender, el califa cedió y le dio un leve golpe en el hombro. Luego continuó su camino, seguido de la bendición del ciego. Cuando estuvieron fuera del alcance del oído, le dijo al visir:

- Debe haber algo muy extraño para que ese hombre actúe así. Me gustaría averiguar cuál es la razón. Vuelve con él, dile quién soy, y ordenarle que venga sin falta al palacio mañana, después de la hora de la oración vespertina.

De modo que el gran visir volvió al puente. Le dio al mendigo ciego primero una moneda y luego un golpe, entregó el mensaje del Califa y se reunió con su amo.

Continuaron hacia el palacio, pero al atravesar una plaza se encontraron con una multitud que miraba a un hombre joven y bien vestido que empujaba a un caballo a toda velocidad por el espacio abierto, utilizando al mismo tiempo sus espuelas y su látigo tan despiadadamente que el animal quedó gravemente herido. El Califa, asombrado por este proceder, preguntó a un transeúnte qué significaba todo, pero nadie pudo decirle nada, excepto que todos los días a la misma hora ocurría lo mismo.

Todavía preguntándose, pasó, y por el momento tuvo que contentarse con decirle al visir que ordenara al jinete que también se presentara ante él al mismo tiempo que el ciego.

Al día siguiente, el Califa entró en el salón y fue seguido por el visir que traía consigo a los dos hombres de los que hemos hablado y un tercero, con quien no tenemos nada que ver. Todos se inclinaron ante el trono y luego el Califa les ordenó que se levantaran y le preguntaran al ciego su nombre.

- Baba-Abdalla, su alteza, dijo.

- Baba-Abdalla, respondió el Califa, tu forma de pedir limosna ayer me pareció muy extraña. Cuando sepa la razón, podré juzgar si se te puede permitir continuar practicándolo, porque no puedo evitar pensar que da un muy mal ejemplo a los demás. 

Estas palabras turbaron el corazón de Baba-Abdalla, quien se postró a los pies del Califa. Luego, levantándose, respondió:

- Pido humildemente su perdón por mi persistencia en suplicar a Su Alteza que haga una acción que a primera vista parece carecer de sentido. Sin duda, a los ojos de los hombres no tiene ninguno; pero lo veo como una leve expiación por un terrible pecado del que he sido culpable, y si Su Alteza se digna a escuchar mi relato, verá que ningún castigo podría expiar el crimen.

Sigue leyendo el cuento de las mil y una noches La historia del ciego Baba-Abdalla para saber qué ocurre.

Anatol Lapifia

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