Reglas de homeopatía para bebés y niños

Aprende cómo aplica la homeopatía para la salud de tus hijos.

¿Te atrae la idea de utilizar los gránulos blancos para curar a tu hijo? Pues sigue esta guía y sabrás cómo hacerlo lo mejor posible. Como todas las terapias, la homeopatía tiene sus reglas.

Primero, acude al homeópata

Antes de probar la automedicación –atención, exclusivamente para enfermedades benignas que tu hijo ya haya padecido-, tienes que acudir a un médico homeópata varias veces.

Si estás atenta al modo en que lleva a cabo la consulta y a las preguntas que te hace y guardas las recetas que expende, enseguida aprenderás a hacer lo apropiado.

Si no estás familiarizada con la práctica homeopática, estrénate con dolencias de poca importancia, como una rinofaringitis, por ejemplo. Y, cuando dudes, llama al médico para pedirle consejo.

Es importante encontrar un homeópata en el que confíes totalmente, con el que te entiendas bien. Es una de las características de esta medicina: el diálogo con el paciente ocupa casi todo el tiempo de la consulta. No te sientas incómoda por las preguntas del médico, por la manera en que las plantea o por cómo reacciona a tus respuestas.

También tienes que estar en la misma longitud de onda en cuestiones esenciales como, por ejemplo, las vacunaciones. Si un homeópata se niega a vacunar a tu hijo, existe peligro: acude a otro homeópata.

Cada niño tiene su propio perfil homeopático

Como todos los médicos, el homeópata examina al niño, lo ausculta y se interesa por los síntomas –mocos, garganta roja, etc.- para hacer un diagnóstico.

Pero el proceso no acaba ahí: también intenta determinar la forma específica cómo reacciona tu hijo a esa enfermedad. Dos niños que tengan los mismos síntomas y la misma enfermedad no tienen por qué tomar el mismo medicamento, porque no reaccionan de la misma manera. Por eso se suele decir que la homeopatía se basa en un planteamiento global e individual de la persona: el enfermo es indisociable de la enfermedad y del medicamento.

¿Qué hay que observar exactamente en un niño que está acatarrado o tiene diarrea? Primera información útil: ¿en qué circunstancias se puso enfermo?, ¿cuál es la causa de su enfermedad? ¿Se mojó bajo la lluvia o cogió frío en la tripita? La respuesta orientará al médico.

Otras síntomas son las reacciones personales de tu hijo. ¿Tiene sed cuando le sube la fiebre, se vuelve antipático y agresivo cuando generalmente es un niño tranquilo? ¿Suda mucho? Y si es así, ¿en qué parte el cuerpo es mayor la sudoración? ¿Su sueño es tranquilo o agitado? ¿Tiene apetencias alimentarias poco habituales?

Evidentemente, habrá que dar importancia también a los síntomas mismos: ¿ha empezado en un solo lado (por ejemplo el dolor de garganta)?, ¿la mucosidad es traslúcida o tiene color? Toda esas reacciones permiten definir el perfil homeopático de tu hijo. En el futuro, sabrás que su fiebre cede mejor con Belladonna que con Nux vomica. En cambio, a su compañero de guardería le pasa al revés.

Las formas de administración

  • Antes de los 12 meses, es mejor disolver los gránulos en un poco de agua en el fondo del biberón (no en leche ni en zumo de fruta).
  • Si tu bebé sigue un tratamiento de dos o tres medicamentos distintos en cinco tomas, puedes disolver todos los gránulos del día a la vez en 100 ml de agua. Diez minutos antes de cada comida, agita bien el líquido y dale a beber 20 cl.
  • Los medicamentos homeopáticos siempre se pueden mezclar.
  • A partir de los 12 meses, puedes darle los gránulos igual que a un adulto para que los deshaga bajo la lengua. Este modo de administración sublingual es eficaz porque, en ese lugar, las bolitas blancas están en contacto estrecho con el sistema venoso. Así el paciente se beneficia de una absorción digestiva e intravenosa.
  • Es importante que tu hijo no mastique los gránulos ni se los trague enteros.
  • No le des los gránulos justo después de cepillarle los dientes. La menta que llevan muchos dentífricos provoca una vasoconstricción local que disminuye el calibre de los vasos sanguíneos bajo la lengua, limitando la absorción de los gránulos.
  • Último consejo: no toques las bolitas con los dedos, utiliza el cuenta gránulos. No es porque la eficacia del tratamiento disminuya si se toca (la impregnación de los gránulos tiene lugar en el centro y no en la superficie), sino para evitar contaminarlos si las manos no están totalmente limpias.

Si los síntomas persisten, acude a un médico alópata

Conviene volver a recordarlo: la automedicación tiene sus límites. Si de 24 a 48 horas después de iniciado el tratamiento homeopático no se ha producido ninguna mejoría, acude a tu médico de inmediato. Con mayor motivo si el bebé es menor de un año o si tiene fiebre alta, dificultades respiratorias o diarrea. En los bebés más pequeños el peligro de deshidratación es mayor, porque pierden peso rápidamente.

¿Por qué no ha funcionado? Seguramente te has equivocado en la elección del medicamento: o el diagnóstico de la enfermedad no era el adecuado, o el medicamento escogido no correspondía con el perfil de tu hijo. También puede ocurrir que las defensas inmunitarias del niño estén desbordadas. En ese caso, hay que subir un peldaño en la respuesta terapéutica. Tu médico decidirá si ha llegado la hora de los antibióticos. Existen patologías graves, como la meningitis, un ataque agudo de apendicitis o una septicemia que no hay que intentar curar con homeopatía. Es una cuestión de sentido común.

Pero puedes asociar esta medicina suave a un tratamiento alopático duro y relativamente tóxico.

La homeopatía como preventivo

Una de las grandes ventajas de la homeopatía es su carácter preventivo. Se ha demostrado que es eficaz en la prevención de infecciones recurrentes (rinofaringitis, bronquitis o infecciones otorrinolaringológicas), de alergias, de enfermedades de la piel como el eccema y para calmar el nerviosismo y la ansiedad.

En enfermedades crónicas no se puede aspirar a alcanzar una curación definitiva, pero sí a espaciar las crisis y a disminuir su intensidad.

Para afinar el tratamiento de base de tu pequeño, tu médico homeópata deberá establecer su “campo”.

Un tipo de medicina complementaria

La homeopatía no es una medicina exclusiva: puede asociarse a la alopatía, con la que a menudo se complementa muy bien.

El hecho de que un niño siga un tratamiento aleopático no significa que no sea receptivo a la homeopatía. Claro que si consume cortisona durante meses para combatir un eccema o toma antibióticos cada quince días desde que nació, necesitará un periodo de transición de dos a tres meses para que su organismo “se limpie” y el médico vaya bajando progresivamente las dosis de los medicamentos alopáticos.

Por último, la homeopatía casa bien con otras medicinas suaves como la fitoterapia, los oligoelementos o la nutrioterapia. Pide consejo a tu médico homeópata que probablemente conozca bastante bien esas terapias.

¿Qué diluciones debes escoger?

¿Más bien bajas (de 1 a 5 CH) o altas (de 9 a 15 o hasta 30 CH)? ¿Es mejor administrar una dosis en glóbulos una sola vez o gránulos en tubo (dos o tres por toma) varias veces al día? Al principio de la enfermedad, es mejor dar al bebé una dosis única de 9, 15 o 30 CH. Eso puede bastar para detener el proceso. Si esa medida de choque no funciona, opta por los gránulos. Hay dos escenarios posibles:

Tienes un conjunto de pistas muy amplio además de los síntomas: por ejemplo, conoces la causa de la enfermedad, tu hijo tiene un comportamiento desacostumbrado, o se vuelve agresivo. Opta por diluciones altas. Y es que cuanto más cercanos son los síntomas del enfermo a aquello que cura el medicamento, más elevada debe ser la dilución.

En cambio, si la información que tienes se limita a los síntomas, es mejor escoger diluciones bajas. Es lo que suele ocurrir con más frecuencia.

¿Qué posología?

En cuanto a la posología, la homeopatía no impone límites al número de tomas. Si ves que tu bebé lo está pasando muy mal por la erupción dentaria, puedes darle tres gránulos cada diez minutos durante una hora. Luego espacia las tomas hasta darle los gránulos solo tres veces al día.

Por lo general, hay que pasar a tres tomas al día en cuanto los síntomas remitan y continuar el tratamiento entre 24 y 48 horas después de la desaparición de los síntomas. Los dos problemas que puedes tener son que suspendas el tratamiento demasiado pronto o que lo prolongues demasiado.

Isabelle Gravillon
© Enfant Magazine

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