Beneficios para el bebé del juego del 'cucú-tras'

¡Cómo le gusta el juego del “cucú-tras”! ¿Sabes por qué?

Es el número uno del top ten de los juegos preferidos de los bebés. El “cucú-tras” hace furor en todas las latitudes… ¡también en tu casa! Te contamos las razones de su éxito.

Estás secando con mimo a tu bebé después de bañarlo cuando, bromeando, le cubres la cara con la toalla y, un segundo después, la levantas y pregonas: “¡Cucú, aquí estoy!”. Tu bebé, se echa a reír encantado. A veces, lo que ocultas es tu cara detrás de una chaqueta o de una cortina. Pero, independientemente de las variantes que introduzcas en el juego, tu pequeño siempre se entusiasma. Y lo demuestra riéndose una y otra vez.

No es casualidad que todos los padres y las madres de todas las épocas y países practiquen de forma espontánea este divertido juego del “cucú-tras”. Es una fuente de alegría y de muchos aprendizajes.

1. “Cucú-tras” para comunicarse

Tu bebé no tiene un pelo de tonto. Desde los 3 meses, comprende perfectamente el funcionamiento del juego del “cucú-tras” basado en la alternancia de roles. Primero es mamá la que hace el numerito. Luego él se echa a reír. Cada cual respeta su turno y no invade el terreno del otro. ¿Qué te sugiere? Es exactamente lo que ocurre en un diálogo: hay un tiempo para permanecer callado y un tiempo para expresarse. Gracias al juego del “cucú-tras”, tu bebé se va familiarizando con un principio básico de la comunicación. Así, poco a poco, generalmente hacia los 4 meses, el bebé deja de vocalizar mientras tú le hablas e introduce pausas en sus grandes discursos para darte la oportunidad de responder.

2. Para actuar

Para dialogar con el entorno, hay que poder tomar iniciativas, ir hacia los demás. No es algo fácil para un bebé que dispone de medios todavía muy modestos. Gracias a la excitación que provoca, el juego del “cucú-tras” incita al pequeño jugador a tomar la delantera. Con el paso de los días, solo quiere una cosa: volver a jugar. Fíjate cómo se mueve torpemente sobre el cambiador, con los ojos brillantes y la risa a punto de estallar en la comisura de los labios. Lo que está haciendo es pedirte una “partida” de “cucú-tras”, manifestando así su deseo de relacionarse. ¡No le hagas esperar!

3. Para prepararse a las ausencias

¡Uf, mamá no está! Desaparece… ¡y vuelve a aparecer! Cuando desapareces debajo de la manta y reapareces al cabo de un momento como por arte de magia, ¿ves a tu joven compañero de juego preocupado? ¡Desde luego que no! Porque tu bebé no piensa ni por un momento que te ha perdido o que te has marchado. Ya a los 3 meses, sabe perfectamente que estás debajo de la manta. Eso no impide que desee experimentar cualquier situación que le permita relacionarse con las nociones de presencia y ausencia, de separación y reencuentro. Sobre todo si esa experiencia tiene lugar en un contexto relajado y de placer compartido. Es un modo de almacenar confianza y seguridad para cuando lleguen las verdaderas separaciones, cuando tenga que decir adiós a mamá y quedarse con la niñera o en la guardería.

4. Para volverse paciente

Cuando tiene que esperar el biberón durante demasiado tiempo, tu pequeño no está precisamente de buen humor. Y sabe cómo demostrártelo con gritos y lágrimas. Nada comparable a cuando comparte contigo el juego del “cucú-tras”: tiembla de impaciencia esperando a que salgas de tu escondite y te dedica una enorme sonrisa que va de oreja a oreja. ¡Anda, resulta que a veces esperar es excitante! Es un buen descubrimiento que le ayudará a soportar con más filosofía todas las frustraciones que pueblan su pequeña vida. Y también le permitirá comprender que las frustraciones pueden originar placer si se es un poco paciente y se aprende a aplazar los deseos.

5. Para volverse inteligente

¿Hay mejor representación que el juego del “cucú-tras”? Uno: te escondes. Dos: apareces. Tres: te ríes. Cuatro: vuelves a empezar. Son secuencias simples, que siempre se producen en el mismo orden y se repiten hasta la saciedad. Es ideal para que tu bebé entrene su pequeño cerebro que está en plena formación. El pequeño memoriza ese encadenamiento, lo reproduce. E incluso lo anticipa, porque conoce el final de la historia. Es un modo de pulir sus conexiones cerebrales y poner a trabajar la materia gris. De hecho, pocas veces lo verás tan concentrado, escrutando tu cara y tu mímica, con el oído atento a tus cambios de entonación. No quiere perder ni un ápice de ese juego tan apasionante.

De paso, comprende un principio esencial: la relación causa-efecto. Si, por ejemplo, se le ocurre tirar de la toalla con la que disimulas tu cara, eres tú la que se echa a reír y le llamas pillín. Su acción ha producido una consecuencia, como si hubiera apretado un botón. Entonces descubre que puede actuar sobre el mundo, algo que le da seguridad.

6. Para crecer

Esconderse, desaparecer de la vista de los padres… ¿hay algo mejor? Sobre todo para los más pequeños, totalmente dependientes de los adultos que los rodean. Por una vez, es él el que decide y dirige el juego. ¡Aparece y desaparece cuando quiere! Y al darse cuenta de que lo buscas por todos lados y oírte decir “¿pero dónde se habrá metido?” con preocupación aparente, el pequeño no esconde su placer. Por supuesto, sabe que lo quieres y le tienes cariño. Pero está encantado de que le des pruebas con frecuencia. Claro que al principio tiene una manera muy personal de esconderse… Tapándose los ojos con las manos se imagina que nadie lo ve, puesto que él no ve a nadie. Hasta que cumpla 4 ó 5 años, no comprenderá que los otros no ven, ni piensan ni sienten exactamente lo mismo que él en el mismo instante. El día en que asimile que por su cerebro y por el de los demás pasan ideas muy diferentes, aprenderá a esconderse por completo y no se limitará a taparse los ojos.

Isabelle Gravillon con la colaboración de Agnès Florin, catedrática de psicología.

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