¿Para que sirve ejercer la autoridad sobre tu hijo?

Cómo imponer prohibiciones a un niño y por qué es necesario

Para lograr imponer prohibiciones a tu hijo y hacer que las respete, hay que estar convencido de su legitimidad. En esta entrevista, la psicoanalista te explica por qué la autoridad es absolutamente indispensable en la educación.

¿Por qué un niño no puede crecer sin autoridad?

El niño está destinado a convertirse en un ser civilizado, capaz de vivir con los demás, feliz y sin crearles problemas. Pero, al principio, el cachorro humano empieza con mal pie. Se rige por tres principios que no facilitan precisamente la vida en sociedad.

En primer lugar, actúa por impulsos: si alguien se cruza en su camino, lo empuja; si quiere algo, lo coge. Luego, es víctima del principio del placer: hace solo lo que le gusta y rechaza todo lo que le produce el más mínimo disgusto, es decir, principalmente el esfuerzo y las obligaciones. Y, por último, está convencido de su omnipotencia: se cree el rey del mundo, el centro de todo, especialmente de la familia.

Para que un niño renuncie a estas actitudes iniciales, los padres deben educarlo. Ante la inmensidad de la tarea, no tienen más remedio que echar mano de una herramienta a la altura de la misión: la autoridad.

¿Qué efectos tiene la prohibición en el psiquismo del niño?

El niño tiene una postura ambivalente frente a las prohibiciones. Evidentemente, las rechaza, porque van en contra de sus impulsos, de su búsqueda del placer y de su sentimiento de omnipotencia. Pero, intuitivamente, siente que las necesita y por ello las busca.

Tomemos por ejemplo a esos niños a los que se les deja que hagan lo que quieran: saltan por todos lados, se suben a los muebles, lanzan la pelota al otro extremo de la habitación… y, al final, se hacen daño. Como los adultos no le han trazado una frontera, se dan de bruces ellos solos con el límite, en este caso por medio del cuerpo.

De modo que, aunque al niño le disgusten las prohibiciones, ¡no le van a traumatizar! Todo lo contrario, darán coherencia a su vida, le ayudarán a encontrar la dirección correcta. Si cada vez que se siente tentado de seguir sus impulsos, su placer y su omnipotencia se encuentra una señal de dirección prohibida, se verá obligado a buscar los medios para comportarse de otra manera.

Las prohibiciones permiten al niño llevar a cabo el enorme trabajo que recae sobre él: transformarse interiormente para convertirse en un ser civilizado. Porque la educación no consiste en hacer que un niño entre en un molde por la fuerza, sino en darle los medios para que cambie y se adapte a la civilización. En cambio, si las señales de dirección prohibida no están bien visibles o si no se sostienen en pie, el niño seguirá adentrándose más y más por las vías inadecuadas que, de todos modos, no le llevarán a ser feliz conviviendo con los demás.

¿Qué hacer para colocar esas señales de forma sólida y juiciosa?

Primero hay que formular la prohibición: “No se pega en la cabeza a un niño del parque para quitarle el cubo”.

Luego hay que explicar el sentido de esa prohibición: “Si todo el mundo pudiera pegar a los demás, entonces cualquier persona que pasa por la calle podría pegarte y el mundo sería insufrible”.

Por último, es fundamental hacerle entender que no es el único que está sometido a esa prohibición, que lo mismo les ocurre a las demás personas, también a los adultos. “A papá a lo mejor también le gustaría tener el coche del vecino, pero si le pegara para quitárselo, iría a la cárcel”.

La base de una autoridad justa (cosa muy distinta del autoritarismo) está ahí, en la legitimidad de la prohibición que tiene un verdadero sentido y que se impone a todos, no solo a los niños. Es la gran diferencia entre obligar a tu pequeño a ponerse un impermeable porque llueve o exigirle que se ponga un impermeable verde porque nos gusta ese color.

Otro paso obligado para ejercer la autoridad es sentirse legitimado para hacerlo, estar intrínsecamente convencido de la importancia de ese papel y firmemente decidido a no claudicar. Esa convicción es la que nos da la autoridad ante el niño que sabe que, pase lo que pase, no le dejaremos hacer lo que está prohibido.

¿El niño querrá menos a sus padres si estos ejercen su autoridad?

El niño nunca se equivoca. Inconscientemente, sabe diferenciar el límite que se le impone de manera justa del impuesto por el adulto solo porque le place. En el primer caso, no tiene motivo para estar resentido. Y, además, enseguida descubre las ventajas de las prohibiciones. Un niño que aprende a no pegar a todo el mundo, se hace amigos. Tiene que renunciar a la satisfacción inmediata de pegar, sí, pero descubre el enorme placer de la comunicación y del juego.
 
Es cierto que hay que atravesar por fuerza una etapa ingrata, cuando el niño tiene que someterse a las prohibiciones sin haber empezado a disfrutar de las ventajas. Igual que cuando, en el futuro, aprenda las tablas de multiplicar o haga escalas en el piano. Esas frustraciones forman parte de la vida, es algo que sabemos perfectamente los adultos ¡y no nos hemos muerto! Los padres pueden estar tranquilos: la autoridad es un acto de amor y su hijo lo percibe plenamente. Además, en las familias donde se ejerce una autoridad normal, reina un clima de serenidad que propicia una buena relación. Cuando un niño ha asumido que tiene que acostarse a las 20 h y que rebelarse diez veces no sirve de nada, lo más probable es que el momento de antes de acostarse sea agradable.

¿A partir de qué edad se pueden empezar a imponer las primeras prohibiciones?

El contenido de los límites y la manera de explicarlo variarán en función de la edad del niño. La misión civilizadora de los padres empieza desde el nacimiento. Así, cuando una madre explica a su bebé que llora porque quiere pasar la noche entera con ella que no solo es su mamá, sino también la mujer de su papá y que quiere dormir con su pareja, está ejerciendo su autoridad. Le explica cuál es su lugar, le indica dónde están los límites.

Educar a un niño es un trabajo particularmente agotador. Pero los conflictos son solo transitorios: frente a una voluntad firme, el niño admite rápidamente que algunas cosas no se hacen. Sería una pena dejar para mañana el ejercicio de autoridad al considerar que el niño es demasiado pequeño para soportar las frustraciones. ¡Es un error! Cuanto más se tarda, más complicado es corregir el rumbo…


Isabelle Gravillon con la colaboración de Claude Halmos, psicoanalista.

© Enfant Magazine

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