¿Cómo se comportan los adolescentes ante la lectura?

Edad ambivalente en la que se juega a ser mayor cuando aún se es pequeño, paso incómodo e impreciso de la infancia a la edad adulta, la adolescencia es un periodo delicado, tanto para los niños como para sus padres. Hay que desprenderse de la infancia y proyectar un futuro al mismo tiempo deseable e inquietante. En muchas ocasiones, la literatura ayuda a poner palabras a todo esto, incluso si buen número de niños lectores se convierten, ante nuestros decepcionados ojos, en adolescentes poco lectores…

Entre la infancia y la edad adulta, el adolescente busca nuevos modelos que ya no son sus padres. Es la edad en que los consejos son mejor recibidos si vienen de «fuera» de la relación padres-hijos. Si preguntamos a los chicos de entre doce y diecisiete años sobre el modo en que eligen los libros que leen, su primera respuesta, a gran distancia de las demás, es el consejo de sus amigos. En segundo lugar, lo que encuentran en las tiendas y, en tercera posición, el consejo de sus padres. Los padres siguen desempeñando su papel, relegados, pero no ausentes. Y, si se hacen las cosas bien, este periodo de la vida en que empezamos a intercambiar los libros que nos gustan entre los miembros de la familia es delicioso, aunque el conjunto parezca un caos informe en que se cruzan Stephen King, P.rez Reverte y Harry Potter. Y nunca ponderaremos bastante la oportunidad que facilitan las vacaciones para este vaivén de lecturas.

Pero no sólo hay lectura en la vida, y menos aún en la de los adolescentes. Entran en la edad de oro del 'ocio de tribu': pasar tiempo con los amigos (en persona, por tel.fono o por internet), escuchar la misma música que ellos, elegir una emisora de radio que cree lazos entre individuos de una misma generación... Les gusta ir al cine, y suele ser la primera salida en solitario que autorizan los padres. Y, hablando de preferencias, las revistas están a veces por delante de los libros. ¿Os desespera que no les quede tiempo para leer? Quizá les queda para escribir…sin que vosotros lo sepáis. Los diarios personales y los blogs son una nueva forma de entrar en contacto con la literatura, esa inagotable fuente para poner palabras a las vicisitudes de la existencia.  

Al mismo tiempo, en la adolescencia, la lectura se convierte en un objetivo académico importante. Tras el paso por la Educación Primaria superada sin demasiados tropiezos, una reunión con el profesor de Lengua puede sacarnos de nuestra ignorancia: si nuestro hijo no se pone en serio con la lectura, puede encontrarse con problemas. En términos de referencias y conexiones culturales, de riqueza de vocabulario, de escritura… la lectura es irreemplazable, todo el mundo está de acuerdo en este punto. Los estudiantes de ESO y Bachillerato descubren también que su programa de Lengua y Literatura ignora casi todo lo que, como lectores, les ha procurado placer hasta ese momento.

De hecho, los chicos aprenden durante estos años a hacer coexistir dos universos: las lecturas que se eligen por gusto y los libros que es obligatorio leer para los trabajos escolares. Y la selecci.n de lecturas del profesor facilita (o no) que esos dos universos se encuentren: con buen tino, los profesores de Literatura pueden llevar a los adolescentes a ampliar el campo de sus lecturas… Pero también pueden provocar la reacción contraria si eligen novelas que los alumnos no están preparados para leer y que les llevan a la convicción, durante años, de que los clásicos son solo imposiciones. ¡Y más cuando, después de haberlos leído, hay que estudiarlos para comprender cómo están construidos! Pero es así como más de uno ha descubierto la modernidad alegre de Molière o el sufrimiento de Antígona, que tiene bastante que decir a los adolescentes del siglo XXI.

Nuestro papel como padres es alentar a los adolescentes, a menudo bastante propensos a quejarse de todo lo que les imponemos los adultos. Y quizá releer a los clásicos que tuvimos que 'sufrir' a su edad, para redescubrirlos a la luz de nuestra perspectiva adulta. La vida es sueño no es la misma historia a los dieciséis que a los cuarenta años, y comprender a los cuarenta todo lo que ni siquiera habíamos sospechado a los dieciséis es un auténtico y profundo tema de conversación con nuestros adolescentes protestones. Porque todas esas obras no son útiles únicamente para los resultados escolares: ayudan, en un sentido amplio, a entrar en la edad adulta.

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