Piel de asno. Cuento tradicional para niños de Charles Perrault

Cuentos infantiles de siempre

Charles Perrault nació en 1628 en París en una familia parisina adinerada. La publicación del libro Cuentos de Mamá Ganso le dio a conocer como escritor y marcó el inicio de un nuevo género literario: el de los cuentos de hadas. Perrault escribió muchos cuentos conocidos para niños, como el Gato con botas, Cenicienta, Caperucita Roja, Pulgarcito y muchos más. 

Te invitamos a leer uno de los cuentos infantiles más conocidos de Charles Perrault, Piel de asno, una historia que enseña a los niños que, es preferible enfrentarse a las dificultades, antes que fallarse a uno mismo e ir en contra de las propias creencias. 

Cuento con moraleja de Charles Perrault: Piel de asno

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Había una vez un rey que era el gobernante más poderoso de todo el mundo conocido. Tenía una fiel esposa y una bella hija. Su magnífico palacio estaba lleno de cortesanos, y sus establos se jactaban de tener los corceles más impresionantes de todo el reino. Pero lo que sorprendía a todos al visitar los establos fue que el lugar de honor estaba ocupado por un burro con dos orejas grandes.

Un buen día, la reina enfermó y, ni los más eruditos médicos pudieron curarla. Cuando llegó su hora, la reina le dijo a su esposo:

- Prométeme que, cuando me haya ido, encontrarás a una mujer más sabia y más bella que yo y te casarás con ella.

Segura de que sería imposible encontrar a una mujer así, la reina creía que su esposo nunca se volvería a casar. El rey aceptó las condiciones de su esposa, y poco después ella murió en sus brazos.

Durante un tiempo el rey vivió inconsolable en su dolor pero, algunos meses después a instancias de sus cortesanos, acordó volver a casarse. La tarea no fue fácil ya que tenía que cumplir la promesa a su esposa y nadie cumplia los requisitos.  Solo su hija tenía un encanto y una belleza que ni siquiera la reina poseía.

Así, solo al casarse con su hija podría cumplir la promesa que le había hecho a su esposa moribunda, por lo que inmediatamente le propuso matrimonio. Esto asustó y entristeció a la princesa, y ella trató de mostrar a su padre el error que estaba cometiendo. Profundamente preocupada por este giro de los acontecimientos, buscó a su hada madrina que vivía en una gruta de corales y perlas.

- Estoy aquí para ayudarte y nada podrá hacerte daño si sigues mi consejo. No debes desobedecer a tu padre, pero has de decirle que para ello debes tener un vestido que tenga el color de el cielo. Ciertamente, nunca podrá satisfacer esa solicitud.

Pero él, en el momento en que escuchó su pedido, convocó a sus mejores sastres y les ordenó, sin demora, que hicieran un vestido del color del cielo, o podrían estar seguros de que los colgaría a todos. Al día siguiente se le mostró el vestido a la princesa. Era el azul más hermoso del cielo. Llena de temor, acudió de nuevo a su hada madrina:

- Pide un vestido del color de la luna. Seguramente tu padre no podrá darte esto, dijo el hada.

Tan pronto como la princesa hizo la solicitud, el rey convocó a sus bordadores y ordenó que se completara un vestido del color de la luna para el cuarto día. Ese mismo día estaba listo.

Pero aún así, su madrina la instó una vez más a pedirle al rey, esta vez un vestido tan brillante como el sol. Esta vez el rey convocó a un joyero adinerado y le ordenó que hiciera una tela de oro y diamantes, advirtiéndole que si fallaba, moriría. En una semana, el joyero había terminado el vestido, tan hermoso y radiante que deslumbró a los ojos de todos los que lo vieron.

Una vez más su madrina le susurró al oído. 

- Pídele la piel del burro en el establo real. El rey no considerará tu solicitud en serio.

Pero ella no entendía cuán extraordinario era el deseo del rey de complacer a su hija. Casi de inmediato la piel del burro fue llevada a la princesa.

Una vez más estaba asustada y una vez más su madrina acudió en su ayuda. 

- Finge ceder ante el rey, dijo. Prométele lo que quiera, pero, al mismo tiempo, prepárate para escapar a un país lejano.

- Aquí, continuó diciendo, hay un cofre en el que pondremos tu ropa, tu espejo, las cosas para tu baño, tus diamantes y otras joyas. Para ocultarte, utiliza la piel del burro como disfraz, porque cuando estés dentro de ella, nadie creerá que alguien tan hermoso podría estar escondido en algo tan espantoso.

Temprano en la mañana, la princesa desapareció como le aconsejaron. La buscaron por todas partes pero nadie la encontró.

La princesa, mientras tanto, se marchó lejos del reino. A todos los que conoció, les rogó que le dieran trabajo pero se veía tan poco atractiva en su disfraz de piel de burro que nadie quiso tener que ver con una criatura así.

Viajó cada vez más lejos hasta que finalmente llegó a una granjadonde necesitaban a alguien para lavar los trapos de cocina y limpiar los comederos de cerdos. Allí trabajó durante un tiempo expuesta a las bromas de todos los demás sirvientes por su lamentable aspecto.

Los domingos descansaba un poco, después de completar sus tareas matinales, iba a su habitación, cerraba la puerta y se bañaba. Luego abría el cofre, sacaba sus ropajes y se miraba al espejo con su vestido de luna, y también con aquel que brillaba como el sol y, finalmente, con su hermoso vestido azul. 

El hijo del rey de aquellas tierras a menudo se detenía en esta granja a su regreso de la caza para descansar y disfrutar de una bebida fría con sus cortesanos. Desde la distancia Piel de asno lo miraba con ternura y recordaba que bajo sus harapos todavía tenía el corazón de una princesa. 

Un día, el joven príncipe, llegó al oscuro pasillo donde Piel de asno tenía su habitación. Por casualidad puso su ojo en el agujero de la llave justo en el momento en que ella se probaba sus ropajes. El príncipe quedó sin aliento por su belleza.

Preguntó quién era esta hermosa doncella que vivía en esa miseria y le dijeron que era Piel de asno.

- Oh cielos, le dijeron, esta Piel de asno es solo una pobre sirviente. Y le obligaron a alejarse de ella.

Pero el príncipe enfermó al no poder tener a Piel de asno a su lado y, día tras día, perdía más el color y la energía. Sus padres llegaron a temer por su vida y así se decidió que el príncipe debía casarse.

- Me casaré solo con la persona a la que le corresponde este anillo, dijo enseñando un anillo que había caído del cofre de joyas de Piel de asno.

Y así, se inició una búsqueda de la mano en la que encajara la joya. Por el palacio pasaron princesas, duquesas y marquesas pero, aunque sus manos eran delicadas, no eran tan finas como para poder llevar aquel anillo. 

Finalmente, fue necesario recurrir a los criados, las cocineras, las doncellas y el personal de los establos, tampoco encajó el anillo en ellos. Solo quedaba Piel de asno y, a pesar de la reticencia de todos cuantos la conocían, los pajes del rey le llevaron el anillo. 

Todos se rieron de ella pero cuando sacó de debajo de la piel de burro una mano blanca como el marfil y el anillose colocó en su dedo y encajó perfectamente, todos quedaron asombrados.

Se prepararon para llevarla ante el rey de inmediato, pero ella pidió que se le permitiera cambiarse de ropa. Llegó al palacio con su hermoso vestido, cuya riqueza nunca había sido igualada, con su cabello rubio iluminado con diamantes y sus ojos azules dulces y atractivos y entonces incluso las elegantes damas de la corte parecían, en comparación, haber perdido todos sus encantos.

Los reyes accedieron a que su hijo se casara con aquella bella doncella e invitaron a la boda a otros muchos reyes de otros reinos, entre ellos el padre de piel de asno que, reconoció a su hija, entendió su error y le pidió perdón.

El príncipe y la princesa Piel de asno se casaron y vivieron felices para siempre.

Moraleja: es mejor sufrir las mayores dificultades en lugar de faltar a las creencias y valores de uno. 

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