El abeto. Cuento de Navidad de Hans Christian Andersen

Cuento de Navidad para niños sobre la importancia de vivir el momento

Este cuento de Navidad: El abeto, fue escrito por Hans Christian Andersen y se publicó por primera vez en 1844. Cuenta la historia de un árbol está tan ansioso por crecer y lograr grandes cosas, que se olvida de vivir la belleza del momento. 

Es un relato navideño que podemos leer con nuestros y explicarles que deben valorar lo que tienen, en lugar de soñar en lo que no poseen; han de disfrutar del momento, en lugar de pensar en lo que ocurrió en el pasado o desear que llegue el futuro. Un cuento navideño para reflexionar en la importancia de vivir el momento.

El abeto: un cuento de navidad sobre la importancia de disfrutar el momento

El abeto, cuento de Navidad

En el bosque había un bonito abeto. El lugar que tenía era muy bueno; el sol brillaba sobre él, había suficiente aire fresco y a su alrededor crecían muchos árboles de gran tamaño. Los niños venían a menudo con una cesta llena de bayas y se sentaban cerca del árbol joven y decían: ¡Oh, qué lindo es! ¡Qué lindo abeto! Pero el abeto no solía estar muy feliz, no le gustaba ser más pequeño que los demás, ni le importaban los niños.

Al cabo de un año el abeto había crecido mucho y, al año siguiente, aun era más alto pero al abeto no le resultaba suficiente:

- ¡Oh, si yo fuera un árbol tan alto como los demás!, suspiraba. ¡Entonces podría extender mis ramas, los pájaros construirían nidos entre mis ramas; y cuando soplara la brisa, podría inclinarme con tanta majestuosidad como los demás.

Ni los rayos del sol, ni los pájaros, ni las bellas nubes rojas, complacían al arbolito.

En otoño, los leñadores siempre venían y talaban algunos de los árboles más grandes. Esto sucedía todos los años; y el abeto joven, que ahora había alcanzado un importante tamaño, tembló al verlos. Vio como algunos magníficos árboles cayeron a con un fuerte ruido y crujidos, las ramas fueron cortadas y los árboles quedaron largos y desnudos. Luego los pusieron en carros, y los caballos los sacaron del bosque.

- ¿No sabéis adónde las han llevado? ¿No las habéis encontrado en alguna parte?, preguntó el árbol.

- Sí, creo que lo sé; me encontré con muchos barcos mientras volaba aquí desde Egipto; en los barcos había mástiles magníficos, y me atrevo a afirmar que eran tus amigos, respondió una cigüeña.

Cuando llegó la Navidad, se cortaron árboles bastante jóvenes; árboles que a menudo ni siquiera eran tan grandes o de la misma edad que este abeto. Los colocaron en carros y los caballos los sacaron del bosque.

- ¿A dónde van? preguntó el abeto. ¿Y por qué estos conservan todas sus ramas?

- ¡Lo sabemos! ¡Lo sabemos! Les espera un gran esplendor, van a decorar las casas durante Navidad, los llenan de manzanas doradas, pan de jengibre y cientos de luces.

- Me encantaría saber si estoy destinado a una carrera tan gloriosa, pensó el abeto con regocijo.

El árbol quedó triste, no le complacía el aire fresco, ni la luz del sol, siempre encontraba pensamientos que lo entristecían.
Siguieron pasando las estaciones y el abeto creció y creció y estaba verde tanto en invierno como en verano.

Tan bello estaba que cuando llegó de nuevo la Navidad fue uno de los primeros en ser talados y fue transportado hasta un salón grande y espléndido. Era una bella e impresionante mansión y, al poco tiempo, unos sirvientes llegaron y lo decoraron.

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De sus ramas colgaron manzanas doradas, nueces, cirios azules y blancos, muñecos de nieve y, en lo alto, colocaron una gran estrella de oropel. Estaba espléndido.

- ¡Oh, pensó el Árbol, si llegara la noche! ¡Si las velas estuvieran encendidas! ¡Me pregunto si echaré raíces aquí, y el invierno y el verano estaré también cubierto de adornos!

Pero ocurrió algo inesperado, cuando los sirviente encendieron las velas de entre sus ramas, el abeto tembló tanto que uno de los cirios prendió el follaje y ardió rápidamente. ¡En qué estado se encontraba! Estaba tan intranquilo y desconcertado.

- ¿Qué va a pasar ahora?, pensó

El abeto estaba quemado, así que a los niños les dieron permiso para saquear el árbol y quitarle todos sus adornos. Se lanzaron con tanta violencia que todas sus ramas se partieron. Mientras los niños bailaban con sus hermosos juguetes: nadie miraba al abeto.

A la mañana siguiente, el abeto se despertó pensando que el esplendor comenzaría de nuevo y volvería a brillar y a decorar aquel imponente salón. Pero dos sirvientes lo sacaron a rastras y lo abandonaron en un rincón oscuro del desván, donde no había ni aire fresco, ni luz del sol.

- ¿Qué significa esto? pensó el Árbol. ¿Qué voy a hacer aquí?

Pasaron días y noches, y nadie subió; y cuando por fin llegó alguien, fue sólo para apartar unos grandes baúles en un rincón. Allí estaba el Árbol bastante escondido; parecía como si lo hubieran olvidado por completo. Tan solo tenía por amigos a un grupo de ratones que escuchaban sus viejas historias.

El abeto les hablaba del invierno, de la tierra cubierta de nieve y de la llegada de la primavera, del trino de los pájaros, del soplido del viento y del ir y venir de las nubes. Entonces se dio cuenta, aquellos habían sido tiempos muy felices, aunque no se diera cuenta en aquel momento. Había sido afortunado, lo había tenido todo, y ahora estaba viejo y roto.

Un buen día, los ratones también se cansaron de escuchar sus historias de tiempos pasados y le dejaron solo.

- Después de todo, fue muy agradable cuando los pequeños ratones se sentaron a mi alrededor y escucharon lo que les dije. Ahora eso también ha terminado. Pero tendré mucho cuidado de divertirme cuando llegue algo nuevo.

Pasaron los días sin que nada ocurriera pero, una mañana, llegó mucha gente al desván. Un hombre, tomó al abeto y lo arrastró hacia el patio donde vio brillar la luz del día.

- Ahora volverá a empezar una vida feliz, pensó el Árbol.

Sintió el aire fresco y el primer rayo de sol, había tantas cosas a su alrededor, que el abeto se olvidó de mirar para sí mismo. El patio colindaba con un jardín, y todo estaba en flor; las rosas colgaban tan frescas y olorosas sobre la balaustrada, los tilos estaban en flor, las golondrinas pasaban volando...

En el patio jugaban algunos de los alegres niños que habían bailado en Navidad alrededor del abeto y estaban tan contentos de verlo. Uno de los más jóvenes corrió y arrancó la estrella dorada que todavía tenía prendida.

- ¡Mira lo que todavía está en el viejo y feo árbol de Navidad!, dijo, pisoteando las ramas, de modo que todas crujieron bajo sus pies.

Y el Árbol contempló toda la belleza de las flores y la frescura del jardín; se contempló a sí mismo y deseó haberse quedado en su rincón oscuro del desván; pensó en su primera juventud en el bosque, en la feliz Nochebuena y en los ratoncitos que habían escuchado con tanto placer sus historias.

- Si me hubiera regocijado cuando tuve razones para hacerlo... ¡Pero ahora es demasiado tarde!

Y el muchacho del jardinero cortó el árbol en trozos pequeños y los lanzó a la chimenea. La madera se encendió espléndidamente y el abeto suspiró profundamente. Cada suspiro fue como un disparo.

Los muchachos jugaban en la cancha y el más joven llevaba en el pecho la estrella de oro que había tenido el Árbol en la noche más feliz de su vida.

Fin

Anatol Lapifia

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