Momotaro, el niño que nació de un melocotón. Cuento japonés para niños

Leyendas populares de Japón para leer con tus hijos

Momotaro es el protagonista de un cuento popular japonés, de hecho, es uno de los relatos más conocidos y tiene cientos de años de antigüedad. En esta historia se mezcla la realidad de pobreza en la que vivía mucha gente en Japón y la magia y personajes mitológicos que tratan de hacer daño a los buenos.

Momotaro, el niño que nació de un melocotón, había llegado a la Tierra para alegría de una pareja de ancianos que no había tenido hijos y, sobre todo, para librar a los pueblos de una malvada banda de demonios. ¿Lo conseguirá?

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Cuento japonés para niños: Momotaro

Momotaro, cuento popular japonés para niños

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Hace mucho, mucho tiempo vivían un anciano y una anciana. El anciano solía ir cada día a cortar pasto para los granjeros de los alrededores, y la anciana, hacía el trabajo de la casa y trabajaba en su propio campo de arroz.

Un día, mientras la anciana estaba ocupada lavando su ropa, un gran melocotón llegó dando tumbos por el arroyo. La anciana levantó la vista y quedó impactada, nunca había visto un melocotón tan grande como este.

Estiró el brazo para tratar de agarrarlo, pero estaba bastante fuera de su alcance. Miró a su alrededor en busca de un palo, pero no había ninguno a la vista, y si iba a buscar uno, perdería el melocotón.

Deteniéndose un momento para pensar qué haría, recordó un viejo poema. Ahora empezó a aplaudir para seguir el ritmo del rodar del melocotón río abajo, y mientras aplaudía cantó esta canción:

"El agua lejana es amarga,
el agua cercana es dulce;
pasa por el agua lejana
y entra en lo dulce".

Por extraño que parezca, tan pronto como comenzó a repetir esta pequeña canción, el melocotón comenzó a acercarse más y más al banco donde estaba parada la anciana, hasta que finalmente se detuvo justo frente a ella para que pudiera tomarlo en sus manos. Terminó de lavar la ropa y marchó corriendo hacia su casa para esperar a su marido y abrir juntos el enorme melocotón.

Cuando el anciano llegóm quedó asombrado con aquel melocotón gigante y miró el melocotón se asombró mucho y dijo:

- Comámoslo ahora, porque tengo hambre, dijo el anciano muy contento.

Sacó el cuchillo de cocina y, colocando el melocotón sobre una tabla, estaba a punto de cortarlo cuando, cosa maravillosa, el melocotón se partió en dos y una voz clara dijo:

- ¡Espera un poco, anciano!, y salió un hermoso niño pequeño.

El anciano y su esposa estaban tan asombrados que no podían pronunciar palabra.

- No tengáis miedo. No soy un demonio ni un hada. El cielo ha tenido compasión de vosotros. Todos los días y todas las noches os habéis lamentado por no tener un hijo. Vuestro llanto ha sido escuchado y he sido enviado para ser el hijo de vuestra vejez.

Los ancianos estaban tan felices que dedicaron la poca vida que les quedaba a cuidar a aquel pequeño muchacho que había salido de un melocotón. Lo criaron y educaron con cariño. Cuando creció Momotaro, que así se llamaba el niño, era más alto y mucho más fuerte que cualquier otro niño de su edad, tenía un rostro hermoso y un corazón lleno de coraje, y era muy sabio para su edad. 

Fue a sus quince años, cuando Momotaro les dijo a sus padres que quería marcharse: 

- Debes pensar que es extraño que quiera irme, dijo Momotaro,  pero lejos de aquí, al noreste de Japón, hay una isla en el mar. Esta isla es la fortaleza de una banda de demonios. A menudo he oído cómo invaden esta tierra, matan, secuestran y roban a la gente, y se llevan todo lo que pueden encontrar. No solo son muy malvados sino que son desleales a nuestro Emperador y desobedecen sus leyes.  Debo ir y vencerlos y traer todo el botín que han robado a esta tierra. ¡Es por esta razón que quiero irme por un corto tiempo!

Momotaro preparó una bolsa y pidió a su madre que le preparara unas albóndigas antes de partir. Después se despidió e inició su viaje.

Poco tiempo después de iniciar su camino, se le acercó un perro y le dijo:

- Qué llevas ahí en esa bolsa.

- Unas albóndigas, dijo Momotaro.

- Si me das una, te acompañaré en tu viaje, respondió el perro.

Momotaro accedió y continuó su camino con el perro. Poco después se le acercó un mono, y le propuso lo mismo, una albóndiga a cambio de acompañarle. Ya eran tres, y enconces llegó un faisán, que hizo el mismo trato y así Momotaro, y su pequeño ejército: el perro, el mono y el faisán caminaban rumbo a la isla de los demonios.

Cuando llegaron a la isla de los demonios, Momotaro avanzó sin miedo seguido de sus acompañantes. Lograron vencer a varios de ellos hasta que se topó de frente con el rey de los demonios. Tras una dura lucha, Momotaro logró derribarle. Entonces Momotaro ató al jefe demonio y lo entregó a cargo del mono. 

Habiendo hecho esto, fue a todas las habitaciones del castillo y liberó a los prisioneros y reunió todo el tesoro que encontró. El perro y el faisán se llevaron a casa el botín, y así Momotaro regresó triunfante a su hogar, llevándose consigo al jefe diablo como cautivo.

Las pobres doncellas secuestradas fueron llevadas a salvo a sus propias casas y entregadas a sus padres. Todo el país convirtió a Momotaro en un héroe en su regreso triunfal y se regocijó de que el país ahora estaba libre de los demonios ladrones que habían sido el terror de la tierra durante mucho tiempo.

La alegría de la pareja de ancianos fue mayor que nunca, y el tesoro que Momotaro había traído a casa les permitió vivir en paz y abundancia hasta el final de sus días.

Fin

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