La confianza en uno mismo, una baza para crecer bien

Tener confianza en uno mismo no es hacerse el chu­­lito, como suelen decir los niños, sino haber in­­teriorizado dos ideas clave: «soy un ser único y, como tal, valioso» y «soy capaz: tengo competen­­cias y puedo aportar algo a los demás». Pero la con­­fianza no es innata: se ge­­nera a partir de los lazos que se crean con los demás, en especial con los adultos del entorno cer­­cano, y mediante las ex­­­­periencias vitales. Tam­­bién influye la mirada (per­­cepción, atención) de los adultos hacia el ni­­ño. Por eso hay que identificar las actitudes positivas que le ayudan a generar autoconfianza.

1 Subrayar lo que está bien

Algunas personas siempre ven el vaso medio vacío. Como Marco, que sólo repara en lo que «no va»: «Mira, te has sa­­lido de la línea al colorear», «¡Has llenado toda la encimera de harina!». Sus dos hijos acaban rin­­­­dién­­­­dose y pensando que nunca estarán a la al­­tura de las expectativas de su padre.

Hay que conceder a los niños, y más si son pe­­queños, el derecho a equivocarse. A su edad, casi todo es nuevo y, para lograr algo, suelen tener que intentarlo varias veces. Podemos inspirarnos en el estilo de los entrenadores deportivos que, antes de abordar lo que es mejorable, hacen repaso de lo que sí se ha conseguido. Además, para interiorizar que es capaz de superar obstáculos, el niño ne­­ce­­sita oír lo que ya sabe hacer: «¿Te acuerdas del año pasado cuando llevabas ruedines en la bici?».

2 Restringir el uso de adjetivos

Cuando ha hecho una trastada, solemos reaccionar sin medir las pa­­labras: «¡Qué patoso eres!», «¡Ay, qué terca!».

✶ Se debe calificar el acto o el comportamiento, no a la persona: «Está mal que siempre tires el va­­so de leche», «Me irrita tener que repetir varias ve­­­­ces que te vistas». Y es importante ofrecer una vía de reparación: «Te doy un paño y lo limpias, ¿vale?».

3 Escuchar su punto de vista y sus emociones

«Siempre tengo miedo de que mi hijo se enfríe. En realidad, la friolera soy yo. Y sé que puede coger el anorak y ponérselo si lo necesita». Hay que con­­siderar su punto de vista. Para ello, debemos ayudarle a expresar lo que siente («Estás en­­fa­­da­­da», «Veo que te sientes triste»), o lo que le interesa («Te gusta ju­­gar fue­­ra y necesitas salir», «Te en­­cantan los in­­sec­­tos…»). Todo ello le ayuda a co­­no­­cerse mejor y le legitima ante los demás.

✶ Expresar con palabras sus emociones ayuda al niño a superarlas. Decirle «Estás enfadado porque no te apetece...» puede contribuir a calmarlo y ayu­­darle a asimilar que su deseo no se vea sa­­tisfecho. Por supuesto, escucharlo no significa ple­­garse a sus deseos: no va a estar sucio porque no le apetezca ducharse, pero sí se le puede proponer un lavado de gato y dejar la ducha para el día siguiente.

4 Confiar en él

Marga es la pequeña y sus dos hermanos saben hacer muchas más cosas que ella. Pero hay que hacerla sentir que tiene sus propias capacidades y sus funciones.

✶ Hay que asignarle tareas a su medida: poner las servilletas, llevar el pan, etc. para integrarla en el grupo como un miembro más de la familia, con sus derechos y con sus obligaciones. Y agradecerle su ayuda, aunque nos haya supuesto un poco más de trabajo: «Esta vez hemos preparado más rápido la ensalada. ¡Gracias!».

5 Animarle a descubrir

A todos se nos escapa alguna vez: «¡Cuidado, que te caes!». Pero no se puede aprender a montar en bici si no se corre el riesgo de caerse. ¿Cómo va a descubrir el mundo si nunca se suelta de la mano del adulto?

✶ Conviene evaluar los riesgos y no frenar en exceso la curiosidad y el impulso vital de los niños. Podemos ayudarlos de otro modo: «¿Has visto que hay muchas piedrecitas y que podrías derrapar? Ve con cuidado y… ¡adelante!». Del mismo modo, hay que evitar romper sus ilusiones: «¿Para qué haces una casa para los caracoles? No sirve para nada porque nunca van a vivir en ella». Y, desde luego, contenernos de hacer las cosas en su lugar porque «es más rápido». Es una prueba para nues­­tra paciencia pero, si les abrochamos el chaquetón, les anudamos los cordones, les servimos el agua... acabarán pensando que no son capaces de hacerlo.

6 Ser positivos no es suficiente

Óscar le enseña un dibujo a su madre y ella le dice rápidamente: «¡Precioso! ¿Lo has hecho hoy en el cole?». El niño responde decepcionado: «Es el que te enseñé ayer». El «precioso» ha perdido todo su valor…

✶ En vez de emitir un juicio de valor («bien/mal») sobre el resultado, es preferible subrayar la inten­­ción y la atención dedicada a hacerlo. De es­­te modo, el niño no dependerá de la opinión del adulto y se centrará en lo que ha disfrutado y el esfuerzo que ha hecho para realizarlo. No se crece para recibir cumplidos: se crece para uno mismo. Podemos centrarnos en observaciones sobre el pro­­ceso: «Has estado un buen rato coloreándolo», «Veo que te gusta mucho este color»… Y, así, tal vez nos evitemos una situación in­­cómoda: «¡Qué caballo!», «Papá, es una bruja…». Hay que considerar dos aspectos más: evitar las compa­­raciones y valorar los intereses del niño como se merecen.

7 Evitar las comparaciones

Una niña silabea los nombres escritos sobre el perchero a la entrada de la clase, del que la profesora ha quitado hace poco las fotos de los niños. Una mamá se vuelve y le dice a su hijo: «Mira, tu compañera lee todos los nombres y tú no lees ni el tuyo».

✶ Tengamos presente que cada niño tiene un ritmo de desarrollo. No debemos compararle con los de­­más, sino consigo mismo: ¿qué hacía anterior­­men­­te?, ¿cómo se ma­­ne­­­­ja­­ba? Y, ante una dificultad o un fracaso, animarlo: «Esta vez no lo has logrado pero vas a practicar y, la próxima vez, lo conseguirás».

8 Valorar lo que le interesa

Todas y cada una de sus ocupaciones y, en especial de sus juegos, mere­­cen nuestra consideración: el juego es una activi­­dad que los ayuda a crecer y que influye de forma decisiva en su desarrollo. Disfrazarse, jugar a los papás y las mamás, recortar, jugar al fútbol, cons­­truir una torre de cubos… Jugar es una necesidad fundamental como comer y dormir.

✶ Se le debe prevenir unos minutos antes de inte­­rrumpir sus actividades: «Ya vamos a comer. Dentro de cinco minutos tienes que dejar de jugar». Y, si el espacio lo permite, conviene dejarle disfrutar un po­­co de sus montajes: ¿no es descorazonador tener que recogerlo todo rápido, después de haber construido un edificio de piezas de plástico o de haber organizado un aula con los muñecos?

© Bayard Presse-Pomme d'Api parents 612; texto: Anne Bideault-février 2017.

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