Los niños ante las pantallas: ¿funciona...?

Reflexiones sobre la relación que se establece entre los niños y las pantallas

Televisor, ordenador, consola, móvil, tablet... En la última década,
 las pantallas se han multiplicado en nuestra vida. Reflexionamos sobre la relación que se establece entre los niños y las pantallas. 
Frente a las imágenes, ¿qué ocurre dentro de sus cabecitas?

Los niños ante las pantallas: ¿funciona...?

Ya no se trata de posicionarse a favor o en contra: las pantallas están por todas partes. Y son minoría las familias que aún se resisten al invasor. Los adolescentes y los adultos son los usuarios más frecuentes, pero los niños también los reclaman y se manejan bien con estos sofisticados aparatos. Por otra parte, algunos contenidos creados para estos soportes son imaginativos, lúdicos, interactivos y, a veces, ¡hasta poéticos! «Es normal que nuestro cerebro se deje conquistar por estos contenidos tan seductores, cuyos ingredientes son para él como caramelos que lo atrapan y lo activan», explica Elena Pasquinelli, especialista en Filosofía y Ciencias del Conocimiento, que ha participado en la creación del proyecto educativo "Las pantallas, el cerebro y los niños". «Los videojuegos, por ejemplo, son los mejores captadores de atención en el mundo audiovisual, porque movilizan estímulos visuales y sonoros, nuestro gusto por la resolución de problemas y por la acción, y nuestro interés por las relaciones sociales, ¡todo a la vez! De modo que, consola en mano, el tiempo vuela, lo que a veces simplifica bastante la vida de los padres», asegura.

Nada sustituye al mundo real

El psicólogo Yann Leroux, que se declara friki de la tecnología, afirma: «El trabajo psíquico que se realiza mediante objetos "de verdad" es fundamental». Al nacer, sólo el 10% de las neuronas están conectadas. Su desarrollo, que empieza en el útero materno, progresa durante, al menos, veinte años. Cuanto más variados sean sus campos de exploración, más se desarrollará el cerebro. Es cierto que los soportes interactivos hacen menos pasivos a los usuarios más jóvenes y que, con las pantallas táctiles, los niños desarrollan una desenvoltura que nos fascina. Pero, hilando más fino, está claro que no se puede comparar mover un dedo sobre una superficie lisa con la riqueza de informaciones que nos proporciona el sentido del tacto. Por lo tanto, durante sus primeros años, un niño debe descubrir a través de su cuerpo el mundo que le rodea. Moverse, saborear, tocar, medir su fuerza física, sentir el frío, el calor, el aire, el cansancio mental... experiencias reales que el mundo virtual no ofrece.
Yann Leroux está convencido: «Es mejor revolcarse en el barro que usar una aplicación lúdico-educativa; es mejor montar un puzle de verdad que hacerlo en la pantalla del móvil».

¿Qué pasa en la pantalla?

Comprenderlo no es fácil. Todos los padres lo han experimentado: el resumen de unos dibujos animados hecho por un niño de 3 años resulta... sorprendente. Y es que entender un guión es complicado, como explica Elena Pasquinelli: «Seguir una historia no es sólo comprender lo que pasa en la pantalla en el momento, sino también enlazarlo con lo que ha pasado antes». Pero la memoria a corto plazo no está muy desarrollada en los niños pequeños. Se comprueba en Primaria, cuando aprenden a leer: lo más difícil no es necesariamente descifrar las letras, sino recordar lo que acaban de leer. De modo que, ante una película o unos dibujos, el niño necesita a su lado un adulto que le ayude a enlazar las imágenes. Por eso las aplicaciones, los DVD y los juegos deben estar adaptados a la edad de los pequeños.

Antes de los 6 años

Se aconsejan dosis «homeopáticas» y bajo control. Claro que un niño menor de 6 años puede divertirse ante la pantalla, pero siempre que un adulto esté con él. Por suerte, son muchos los adultos que prefieren jugar con su hijo con un aparato electrónico que con las construcciones. Yann Leroux explica: «Los niños perciben que la tablet o el móvil son objetos de mayores. Y usarlos supone un "ascenso"». Para este especialista, el hecho de compartirlos es una de sus grandes ventajas: ofrecen la ocasión de vivir juntos experiencias y emociones. Y, para el niño, es un modo de conocer otra faceta de su padre o su madre: observar cómo defiende el juego limpio y, a la vez, cómo se enfada si pierde. ¡Es conocer su humanidad!
Yann Leroux opina que, a partir de los 6 o 7 años, los padres, si lo desean, pueden dejar un poco más de tiempo a sus hijos frente a las pantallas: los niños ya tienen mayor capacidad para seguir tramas fantásticas, para entender las reglas o para manipular los mandos.
El psiquiatra infantil Stéphane Clerget, que abordó en uno de sus libros el tema de los niños frente a las pantallas, ofrece unas pautas a los padres para ir graduando el tiempo: no más de una hora a la semana por cada año de edad, sumando todas las pantallas; es decir, 3 horas a los 3 años; 5 horas a los cinco años, 8 horas a los 8 años... Este tiempo debe repartirse en pequeñas dosis entre el fin de semana y los días de colegio. ¡Todo un reto cuando hay dos o más hermanos de diferentes edades!

Acompañar las emociones ante la pantalla

Pero sea cual sea la edad, Yann Leroux insiste en que nunca se debe dejar solo a un niño ante la pantalla o al final de un juego: «es fundamental que el niño pueda hacer partícipe a un adulto de su experiencia en el juego para poder asimilarla de verdad», al margen de que haya perdido varias veces o se sienta el rey del mundo por haber ganado. El adulto le escucha, le trae de nuevo a la realidad, le empuja hacia otros universos culturales, le explica que esos juegos están concebidos para perder más a menudo que para ganar... En resumen, entre los 4 y los 6 años, si se les da acceso a las pantallas, tenemos que compartir con los niños el tiempo que pasan frente a ellas. ¡Ni pensar en utilizarlas como canguros electrónicos!  

El tiempo, la medida imposible...

Tenemos en la cabeza las protestas permanentes sobre la duración de la partida: «¡Sólo cinco minutos más...!». El tiempo pasa volando cuando lo que hacemos nos apasiona. Elena Pasquinelli propone hacer una prueba con la familia: después de un trayecto en coche, preguntar a cada miembro qué tiempo cree que ha pasado en el coche. Los mayores pueden responder en minutos, los pequeños de forma más general: mucho tiempo, poco tiempo... Se comprobará que cada uno tiene una percepción diferente del paso del tiempo.
Para ponerse de acuerdo en torno al tiempo ante la pantalla, se puede utilizar un minutero. Pero hay que estar alerta, como precisa Yann Leroux: «prever que el niño se engancha, como muchos adultos cuando juegan al Candy Crush. Reñirle no sirve para nada: hay que estar con él y reconducirle para que pare el juego. No se puede esperar que él mismo se controle a la primera. Es como montar en bici: cuando ya empieza a pedalear solo, seguimos corriendo a su lado». Y si la agitación electrónica se apodera de los pequeños, ¿qué tal recurrir a... Caracola?

Texto: © Bayard Presse-Pomme d'Api parents 589. Anne Bideault-mars 2015

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