Lo que muchos padres hacen para calmar una rabieta y acaba empeorándola

Cuando intentar apagar el enfado solo consigue hacerlo más grande


Publicado por Patricia Fernández, bloguera y periodista
Creado: 31 de julio de 2026 08:42 | Modificado: 31 de julio de 2026 08:52


Empieza con un "no quiero", sigue con un grito, continúa con lágrimas y, en cuestión de segundos, todo el mundo está mirando. Puede pasar en casa, en el supermercado, en la playa, en una terraza o justo antes de salir por la puerta. Las rabietas infantiles tienen una habilidad especial para aparecer en el peor momento, cuando los padres ya están cansados y la paciencia va en reserva.

frenar las rabietas

Y, entonces, tras el cansancio, llega la reacción atropellada: razonar deprisa, prometer algo, amenazar, distraer a cualquier precio o decir "si paras, te compro...". Parece una salida rápida, pero muchas veces es justo lo que alimenta el problema.

El error que convierte una rabieta en una batalla

Uno de los errores más frecuentes es intentar cortar la rabieta como si fuera un interruptor: "cállate", "no llores", "si sigues así nos vamos", "te doy esto y paras". El niño puede dejar de llorar un momento, pero aprende que el estallido mueve a los adultos, cambia decisiones o consigue premios.

También empeora la situación intentar explicar demasiado cuando el niño está desbordado. En plena rabieta, su cerebro no está preparado para escuchar una charla sobre normas, respeto o consecuencias. Primero necesita bajar intensidad. Después vendrá la conversación.

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Además, en verano las rabietas pueden multiplicarse por factores muy básicos: cansancio, calor, hambre, sed, exceso de planes, sueño irregular o demasiados estímulos. A veces no hay un "niño maleducado", sino un niño pasado de rosca.

Qué hacer para calmar sin ceder ni perder el control

Calmar una rabieta no significa darle al niño todo lo que pide. Significa acompañar el enfado sin entregar el mando. La clave está en mantener un límite claro con una actitud serena: "entiendo que quieras eso, pero ahora no puede ser", "sé que estás enfadado, estoy aquí", "cuando te calmes, hablamos".

Funciona mejor hablar poco, bajar el tono, retirar al niño de un lugar muy estimulante si es posible y ofrecer presencia sin negociar la norma. Si tiene hambre, sueño o calor, conviene atender esa necesidad cuanto antes, pero sin convertirlo en premio por gritar.

Después, cuando todo haya pasado, sí llega el momento educativo: poner palabras a lo ocurrido, explicar el límite y pensar juntos qué puede hacer la próxima vez. "Te enfadaste mucho porque querías quedarte más. Mañana avisaremos antes de irnos".

Las rabietas no se eliminan de un día para otro. Forman parte del aprendizaje emocional. Pero la reacción adulta puede marcar la diferencia entre enseñar autocontrol... o convertir cada enfado en una negociación con gritos.

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