¿Eres demasiado exigente con tus hijos?

Cuando los niños son demasiado buenos... ¡no están disfrutando!

En ocasiones nos encontramos con niños que no se manchan, comen toda la comida del plato sin quejarse aunque quizá les parezca demasiado, se van a dormir cuando les decimos y “sin rechistar”…

No obstante, esta actitud puede traer problemas, ¿qué ocurre cuando los pequeños están obsesionados con que todo les salga perfecto y apenas disfrutan?

Conviene reflexionar si nosotros, como adultos, estamos siendo demasiado exigentes con ellos… ¿estarán ansiosos por complacernos y agradarnos?

Su pensamiento está focalizado en “no decepcionar a sus padres” y tanta autoexigencia puede desembocar en estrés y/o depresión infantil. Creen que para ganarse el cariño de sus padres su comportamiento debe ser intachable.

Es prioritario mostrar que el amor hacia ellos es incondicional. El desarrollo de los niños va unido al juego y a la espontaneidad, incluso a las travesuras…

La educación que van recibiendo determina en gran medida su actitud. Los adultos podemos frenar o fomentar esta complacencia, nuestros comentarios pueden dar lugar a que ellos lleguen a pensar qué pueden hacer para que sus papás estén “mucho mejor”…

Es demasiado bueno/a si...

  • No manifiesta emociones agresivas: rabia, enfado…
  • Intenta hacer todo solo o sola (de forma autónoma) para que los demás se alegren y no tengan que prestarle ayuda.
  • Cede, se deja llevar y no sabe defenderse.
  • Tiene pocas habilidades de autoafirmación.
  • Se relaciona poco con otros niños y obedece siempre a los adultos.
  • Cuida de sus hermanos pequeños, primos… con total responsabilidad.
  • Está más pendientes de las necesidades de los demás y de los deseos ajenos que de los suyos propios.
  • Ejerce “de adulto” con una actitud muy protectora ante otros niños.

¿Qué hacer para enviar esa complacencia? 

Si es “demasiado bueno” será conveniente marcar unas pautas de actuación sencillas para evitar que los demás “se aprovechen de él”, o que sufra cuando los demás lo pasan mal. Es importante enseñarle a tener en cuenta sus propios sentimientos. ¿Cómo?

  1. Demostrarle que lo queremos siempre igual aunque se equivoque. Es nuestro hijo y por eso lo queremos tanto, no por cómo se comporte.
  2. Elogiarle por sus esfuerzos restando importancia a sus errores.
  3. Evitar responsabilidades que no corresponden a su edad.
  4. Escúchalo y pídele opinión.
  5. No reñirle en las pocas ocasiones que se atreve a decir lo que piensa, se enfada o lleva la contraria.
  6. No hablar de desgracias en su presencia y atenuar temas o asuntos que le pueden hacer sufrir o causar desasosiego.
  7. Enséñale y anímale a expresar sus emociones con el fin de romper su fondo de inseguridad.
  8. Hablar con él y estimularlo aunque no lo demande.
  9. Enseñarle a defenderse y a asumir la frustración que supone no poder hacer algo o no terminarlo (“no pasa nada”). Es importante que aprendan a diferenciar qué deben hacer y hasta dónde deben llegar.

Un libro: “The Price of Privilege” es un libro muy apropiado para este tema. Publicado por la doctora Madeleine Levine, nos explica cómo educar “hijos perfectos” en numerosas ocasiones implica hijos que están “desconectados de la felicidad”

Ana Roa, pedagoga y  psicopedagoga
www.roaeducacion.com
roaeducacion.wordpress.com/

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