Guía de supervivencia para padres de hijos adolescentes

Consejos para afrontar la pubertad en familia

La adolescencia es una etapa muy difícil para los hijos, pero también para los padres. La dinámica familiar cambia de forma repentina y muchos padres no saben cómo enfrentarse a la nueva situación ni cómo dialogar con los adolescentes. Aquí tienes una pequeña guía con consejos para hacer que estos años sean más sencillos. No olvides la importancia de buscar el equilibrio entre la autoridad y el diálogo.

Guía de supervivencia para padres

Guía de supervivencia para padres 

1.- Prepárate. El padre que sabe lo que le espera está mejor preparado para afrontar esta etapa convulsiva del desarrollo de su hijo, con sus altibajos de estado de ánimo y los conflictos inherentes a su búsqueda de su lugar en el mundo. Informarse, leer y recordar la propia adolescencia (lo que pasaba por nuestra cabeza, nuestra perplejidad por los cambios físicos, la preocupación por nuestra apariencia…) serán de gran ayuda para entender a los hijos.

2.- Infórmale. Dejar las conversaciones sobre sexo y los cambios físicos de la pubertad para cuando los hijos ya los han experimentado es llegar demasiado tarde. A los niños hay que responderles cuando hagan las primeras preguntas a ese respecto, pero sin saturarlos con detalles, así estarán sobre aviso cuando les llegue el momento; un momento, además, en el que la mayoría suele cerrarse en banda.

Cuanto antes se hable abiertamente de esos temas con ellos, más posibilidades habrá de mantener ese canal de comunicación abierto durante la adolescencia. En esta etapa, que suele ser de experimentación, lo que conduce a veces a asumir comportamientos de riesgo, los padres no deben eludir temas relacionados, por ejemplo, con las drogas, el alcohol o el tabaco, pero de nuevo antes de que el adolescente se exponga a estos riesgos para que pueda actuar responsablemente cuando llegue el momento.

3.- Comunicación. Pretender que los adolescentes cuenten a sus padres todo lo que hacen es una batalla perdida de antemano. Las conversaciones con ellos pueden reducirse a un interrogatorio cuyas respuestas no pasen de meros monosílabos, pero no por ello los padres deben desistir.

Hay que hacerles ver que nos interesa lo que hacen, porque además necesitan saber que nos preocupamos por ellos. Hay que buscar ocasiones para conversar, procurando hacer preguntas cuyas respuestas puedan ir más allá de un conciso “sí” o un rotundo “no”; aprovechar las ocasiones que se nos presenten, como las comidas familiares, los viajes, la espera en la caja del supermercado, y observar algunas normas:

-  Hablar con (y no a) él: evitar los sermones y el tono condescendiente.

- Evitar las discusiones sobre las ideas del adolescente y en su lugar argumentar y usar expresiones como “yo tengo otra opinión”, “yo creo que…” o “así es como yo lo veo”.

- Expresar los mensajes de forma clara y concisa.

- Pensar previamente en lo que queremos decirle y cómo.

4.- Elige las batallas. Es normal que el adolescente trate de poner a prueba las normas establecidas y desafiar las restricciones paternas. Además, les gusta sorprender a los adultos, pero estos no deben permitir que cada menudencia se convierta en una confrontación, porque ello podría conducir a una pérdida total de su influencia sobre los chavales.

Las normas innegociables deben reservarse para cuestiones importantes (alcohol, drogas, etc.) pero, si decide raparse el pelo, vestir de forma estrafalaria o pintarse las uñas de negro, es preferible pensar que son cosas inofensivas y temporales antes que hacer de ellas un motivo de discusión. Es siempre mejor establecer pocas normas y hacerlas cumplir con firmeza que muchas que no se puedan mantener.

5.- Negociar. Los padres tienen que ayudar a sus hijos a hacer la transición desde la disciplina familiar a la autodisciplina. ¿Cómo? Enseñándoles a negociar y a resolver problemas e involucrándolos en el establecimiento de normas y límites, sin perder la calma ni los nervios aun cuando la situación parece superarnos. Los pasos a seguir son identificar el problema, buscar entre todos las posibles soluciones y, una vez elegida la más adecuada, comprometerse a respetarla.

En la negociación no hay que perder de vista que el objetivo a largo plazo es ayudar al adolescente a que tome buenas decisiones por sí mismo. Y, como una de las características de la edad es su escasa experiencia y menor capacidad para anticipar acontecimientos, los padres deben enseñarles a prever las posibles consecuencias de su decisión: “¿Qué podría suceder si hago esto?”.

6.- Las expectativas. Pese a las apariencias, los adolescentes necesitan saber que sus padres se preocupan lo suficiente como para esperar determinadas cosas de ellos. Pero las expectativas de los padres deben ser realistas (comportarse correctamente, rendir en los estudios, respetar las normas en casa…), así los chavales intentarán estar a la altura de las mismas. Necesitan creer en sí mismos y la mejor forma de ayudarlos a lograrlo es hacerles saber que se confía en ellos. Por eso, es importante también reconocer sus esfuerzos o felicitarlos por sus buenas cualidades, enviándoles el mensaje de que, aunque nos desconcierten, siempre estaremos a su lado.

7.- Respeta su intimidad sin bajar la guardia. Hay que saber siempre dónde está y con quién –para ello es fundamental conocer a sus amigos y mantener una relación fluida con los padres de éstos–, pero no se puede esperar que un hijo adolescente comparta con sus padres todos los detalles acerca de lo que hace.

Del mismo modo, su dormitorio, su correspondencia y sus llamadas telefónicas deben ser un territorio privado, que los padres solo deberían invadir si detectan alguna señal de alarma y ello les permite llegar al fondo del posible problema. Eso no significa, sin embargo, que no haya que estar al tanto de lo que leen, de los programas que ven en televisión, de las páginas que visitan en Internet o con quién chatean a través de la Red. Además de estar atentos, los padres no deben temer poner límites al tiempo que dedican sus hijos a estas actividades.

8.- Señales de alarma. Al comienzo de la adolescencia los padres piensan que aquello va a ser un infierno imposible de aguantar pero, tras los primeros años, a medida que el adolescente va ganando en tolerancia, estabilidad emocional y comunicación, la convivencia se hace agradablemente llevadera. Sin embargo, ante determinados comportamientos la intervención debe ser inmediata y enérgica en el ámbito familiar o, si fuera necesario, recurrir a la ayuda de un especialista. Éstas son algunas señales de alarma:

- Aumento o pérdida extremos de peso.

- Problemas de sueño.

- Malas notas de forma reiterada.

- Apatía, tristeza o abandono.

- Cambio repentino de amigos.

- Cambios drásticos y rápidos en su personalidad.

- Carácter explosivo, sin control, o agresividad y violencia contra padres o hermanos.

- Hablar, e incluso bromear, sobre el suicidio.

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