Cómo hablar con un adolescente: lo que tú dices y lo que tu hijo entiende.

Cuando parece que hablamos idiomas diferentes.


Publicado por Alba Caraballo, editora de Conmishijos.com
Creado: 27 de julio de 2026 12:23 | Modificado: 27 de julio de 2026 12:48


«¿Con quién vas?», «Avísame al llegar», «Vuelve a tu hora», «¿Qué te pasa?»... Son frases habituales en cualquier casa con adolescentes. Para madres y padres pueden significar preocupación, protección o interés. Sin embargo, a sus hijos pueden llegarles traducidas como control, desconfianza o intromisión.

Buena parte de los conflictos cotidianos de esta etapa tienen que ver precisamente con esa diferencia entre lo que los padres quieren transmitir y lo que los adolescentes interpretan.

Cristina Cuadrillero, psicóloga y creadora del perfil de Instagram @miadolescenteyyo, propone mirar algunas de estas situaciones desde los dos lados. Porque durante la adolescencia los hijos reclaman más autonomía, intimidad y confianza mientras los padres afrontan una tarea nada sencilla: seguir cuidándolos mientras aprenden, poco a poco, a soltar.

Y en medio de ese proceso, no siempre hablamos el mismo idioma.

Cómo hablar con adolescentes

1. Cuando preguntas: «¿Con quién vas?»

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Tu adolescente puede interpretar: «Ya quiere saberlo todo. Siempre controlando.»

Cuando lo que realmente quieres decir es: «Si ocurre algo, necesito saber quién está contigo.»

Saber con quién sale un hijo adolescente es razonable. Pero hay una diferencia entre pedir la información que necesitamos y someterle a un tercer grado: con quién, dónde, quién más va, qué vais a hacer, quién te lleva, quién te trae...

Explicar por qué se pregunta puede cambiar la forma en la que recibe el mensaje.

«Solo necesito saber con quién vas y dónde vais a estar aproximadamente. Si ocurre algo, quiero saber dónde localizarte.»

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No garantiza que desaparezca el resoplido adolescente, pero sí deja más claro que detrás de la pregunta hay preocupación y no un deseo de controlar cada movimiento.

2. Cuando dices: «Vuelve a tu hora»

Tu adolescente puede interpretar: «No me dejan hacer nada.»

Cuando lo que realmente quieres decir es: «Aún hay situaciones en las que necesitas límites, y ponerlos también es una forma de cuidarte.»

Y entonces suele aparecer uno de los grandes clásicos de la adolescencia: «¡Pero a todos mis amigos les dejan!»

Ese misterioso colectivo de padres que permite absolutamente todo parece existir en todas las familias.

Los adolescentes necesitan conquistar progresivamente mayor autonomía, pero autonomía y límites no son conceptos incompatibles. Los horarios pueden evolucionar a medida que crecen y demuestran responsabilidad, e incluso negociarse en determinadas ocasiones.

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El mensaje no es tanto «yo mando y tú obedeces» como «a medida que puedes asumir más responsabilidad, también puedes tener más libertad».

3. Cuando preguntas: «¿Qué te pasa?»

Tu adolescente puede interpretar: «Qué pesada/o. Otra vez interrogándome.»

Cuando lo que realmente quieres decir es: «Hace días que te noto diferente y no sé cómo ayudarte.»

La escena resulta familiar:

-¿Qué te pasa?
-Nada.
-Algo te pasa.
-Que no.
-Pero si yo te conozco...
-¡¡¡QUE NO ME PASA NADA!!!

Y quizá el problema no sea la pregunta, sino el momento y la insistencia. Si un adolescente no quiere hablar, repetir la pregunta difícilmente conseguirá que ese «nada» se transforme en una conversación profunda.

Puede ser más útil dejar una puerta abierta:

«Te noto diferente estos días. No tienes que contármelo ahora, pero si necesitas hablar, estoy aquí.»

Y permitir que sea él quien decida cuándo cruzarla.

hablar con adolescentes

4. Cuando dices: «Estás todo el día con el móvil»

Tu adolescente puede interpretar: «Qué manía con el teléfono. Siempre igual.»

Cuando lo que realmente quieres decir es: «Echo de menos hablar contigo, reírnos y verte disfrutar también de otras cosas.»

El móvil se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla familiares. Pero detrás de un «deja ya el móvil» pueden existir preocupaciones muy diferentes: que duerma poco, que haya abandonado actividades, que interfiera en sus estudios o que todo su ocio haya terminado reducido a una pantalla. Incluso puede haber algo mucho más sencillo: sus padres echan de menos compartir tiempo con él.

Por eso es preferible hablar de aquello que realmente preocupa:

«Últimamente pasas mucho tiempo con el móvil y me preocupa que estés dejando de hacer otras cosas que antes disfrutabas.»

Y, antes de pronunciar la frase, quizá convenga comprobar dónde está nuestro propio teléfono. Los adolescentes tienen un radar extraordinariamente eficaz para detectar incoherencias adultas.

5. Cuando dices: «Avísame al llegar»

Tu adolescente puede interpretar: «No confían en mí. Siempre vigilándome.»

Cuando lo que realmente quieres decir es: «Hasta que no sé que has llegado bien, no puedo quedarme tranquilo/a.»

En esta conversación padres e hijos pueden estar hablando de dos cuestiones diferentes. El adolescente habla de confianza. El adulto habla de seguridad.

Pedir que avise cuando llegue no tiene por qué significar querer saber qué hace cada diez minutos. Explicitarlo ayuda:

«Confío en ti. Solo necesito que me escribas cuando llegues para saber que estás bien.»

Probablemente la respuesta sea un maravilloso «Ya». Dos letras. Información suficiente para el adolescente y, para sus padres, permiso oficial para dormir.

6. Cuando dices: «No me contestes así»

Tu adolescente puede interpretar: «No puedo decir lo que pienso.»

Cuando lo que realmente quieres decir es: «Puedes decir lo que piensas, pero no necesitamos hacernos daño para hacerlo.»

Este matiz es especialmente importante. Que un adolescente tenga derecho a enfadarse, discrepar o considerar injusta una decisión no significa que cualquier forma de expresarlo sea válida.

Se puede reconocer la emoción y mantener el límite:

«Entiendo que estés enfadado y quiero saber qué piensas, pero podemos hablar sin insultarnos.»

Y la norma debe funcionar en ambas direcciones. Los adultos tampoco pueden exigir una comunicación respetuosa mientras responden con gritos, desprecio o ironía.

¿Podemos aprender a "traducirnos" mejor?

No se trata de dejar de poner límites, dejar de preguntar dónde están nuestros hijos o mirar hacia otro lado cuando algo nos preocupa. Se trata de ser conscientes de que la intención con la que decimos algo y el mensaje que recibe nuestro adolescente no siempre coinciden.

Como señala Cristina Cuadrillero, detrás de muchas discusiones cotidianas hay dos necesidades que chocan: unos hijos que necesitan ganar autonomía y unos padres que todavía tienen la responsabilidad de protegerlos.

Explicar el motivo de una norma, preguntar sin interrogar, escuchar sin convertir cada conversación en una conferencia, respetar su intimidad y reconocer nuestros propios errores puede ayudar a acortar esa distancia.

También podemos empezar a decir en voz alta algunas cosas que muchas veces damos por supuestas:

  • «Confío en ti.»
  • «Entiendo que quieras más libertad.»
  • «No necesito saber todo lo que haces.»
  • «No estoy enfadado contigo; estoy preocupado.»
  • «Puedes contarme algo aunque sepas que no me va a gustar.»

Porque quizá padres y adolescentes no hablan idiomas tan diferentes. A veces solo necesitan mejorar la traducción.


Cristina Cuadrillero es psicóloga y creadora de @miadolescenteyyo, un perfil dedicado a la adolescencia y a la relación entre padres e hijos durante esta etapa.

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