¿Te acuerdas?

La memoria es imprescindible para nuestra vida. Gracias a ella vamos almacenando conocimientos, vivencias y sentimientos que nos hacen ser lo que somos. Los bebés nacen con la capacidad de recordar, pero ¿por qué nadie tiene recuerdos de antes de los tres o cuatro años?

El bebé nace dotado de una estructura cognitiva que le permite procesar los estímulos que recibe. Es sorprendente la rapidez con la que aprende. Sus órganos de los sentidos, especialmente la vista y el oído, recogen la información del entorno y la envían al sistema nervioso central, donde se organiza y almacena para poder utilizarla de nuevo cuando la necesite. Esto es indispensable para aprender, para recordar el camino a casa, para formar nuevas ideas, para encontrar soluciones..., y por supuesto para relacionarse con los demás. Pero según sean las características personales, la motivación, el tipo de estímulo o las estrategias utilizadas para archivar los datos, se recordará con mayor o menor facilidad.

Comienza a archivar

Los cinco sentidos sirven de canal de entrada para que los estímulos del entorno impregnen al niño. Una caricia, la sonrisa de la madre, el olor de su perfume... activan sus neuronas, que van creando circuitos por los que encauzará esas informaciones. Aunque todavía su cerebro no alcanza a comprender todos los mensajes, se está preparando para hacerlo posteriormente de manera más eficaz. Su memoria se desarrolla lentamente durante el primer año de vida. La información que recibe del entorno le provoca sensaciones y percepciones para él inicialmente inconexas y difíciles de retener, pero que le están dejando una huella importante. Cuando el bebé va ajustando sus horarios de alimentación, reconoce a las personas, objetos o sonidos de su entorno, se inclina para mirar hacia abajo al tirar algo al suelo, busca un juguete que le hemos escondido, se asusta con los desconocidos o imita gestos o conductas es señal de que su memoria está funcionando. A medida que el niño madure, podrá retener las experiencias durante más tiempo y almacenar y recordar informaciones cada vez más complejas y distantes en el tiempo.

Subiendo escalones

Antes de que la memoria del niño alcance su madurez y sea capaz de guardar la información conscientemente para poder recordarla después, debe recorrer un camino que comienza con el reconocimiento. El reconocimiento es un tipo de memoria que requiere menos esfuerzo que la evocación y que se utiliza desde los primeros meses de vida. Incluso bebés de pocos días son capaces de reconocer estímulos simples presentados repetidas veces y crear asociaciones o realizar discriminaciones de forma instintiva. El contacto continuado con las mismas personas, objetos y sucesos, gracias a las rutinas cotidianas, hace que el niño empiece a abstraer ciertas regularidades de las situaciones y que pueda construir sus primeros esquemas o categorías semánticas. Ya los niños de dos a cuatro años realizan muy bien esta tarea de reconocimiento aunque se les presente la información una sola vez; en cambio, todavía les cuesta rescatar lo que acaban de ver cuando ya no está presente. Podemos decir que a partir de los cuatro años su pensamiento está bastante organizado para recordar sus propias experiencias diarias o historias sencillas. Son capaces de reproducir secuencias, pero siempre que se trate de sucesos habituales para ellos (desarrollo de una jornada en el cole, ir a casa de los abuelos, etc.) o de historias con un orden lógico y con claras relaciones causales (primero se presentan los personajes, luego le surge el problema al protagonista, trata de resolverlo, etc.). No son capaces de elaborar secuencias lógicas a partir de historias desordenadas hasta los seis o siete años, que es cuando poseen la habilidad de recordar utilizando conscientemente estrategias para organizar la información y planificar las actividades.

Facilitar el recuerdo

Fomentar la memoria desde los primeros años es vital para estructurar el pensamiento. En el caso del bebé, se trata de estimular todos los sentidos para crear el máximo de conexiones neuronales. Cuantos más circuitos se establezcan, mayor será el desarrollo intelectual y más eficaz será el recuerdo. Pero no toda la información que recibe le estimula. No sirve cualquier juguete ni cualquier actividad. Se trata de persuadirle con estímulos que le produzcan interés, bien porque sean atractivos (por su forma, color, sonido, etc.) o bien porque sean diferentes a lo que él ya conocía. La memoria está vinculada a la adquisición de conocimientos. El niño menor de 5 años es eminentemente práctico. Actúa en un principio de manera casual y en función del resultado, éxito o fracaso, consolidará o no las rutinas y memorizará o desechará los procedimientos. Y así va archivando datos y vivencias sin parar, pero el recuerdo será más eficaz a medida que emplee estrategias para retener la información. Las más utilizadas son la repetición, la organización de los datos en categorías y la elaboración de los mensajes cuando carecen de significado para el aprendiz. Pero antes de los cinco años el niño no suele utilizar estas habilidades, simplemente se limita a regular su atención. Entre los cinco y los siete años no las utiliza espontáneamente, pero sí lo hace de manera eficaz cuando se le enseñan. Y es a partir de los siete años cuando de forma natural elabora estrategias para facilitar el recuerdo, aunque las irá perfeccionando hasta la madurez.

Según y cómo

Cada uno posee su memoria particular. No todos tienen la misma capacidad, ni memorizan las cosas de la misma manera. Algunos tienen especial facilidad para recordar las fechas, otros para los idiomas. Hay quien tiene mejor memoria visual que auditiva. Y hay a quien le basta repetir algo varias veces y en cambio otros necesitan escribirlo o asociarlo con imágenes. Pero entre tanta diferencia individual hay alguna característica coincidente, como que la memoria infantil es eminentemente plástica, es decir, de carácter visual, razón por la cual dibujan más frecuentemente en esta etapa. Los niños recuerdan mejor los dibujos que las palabras, y los objetos mejor que los dibujos. Asimismo, recuerdan mejor los cuentos si la narración oral se acompaña de una escenificación con objetos. Hay muchos más factores que también influyen en la eficacia del recuerdo, como son la curiosidad y la capacidad de observación, la atención y concentración, la motivación, las emociones, los conocimientos previos, la comprensión y el dominio del lenguaje, el razonamiento lógico, las interacciones sociales, etc. Si todos ellos están bien potenciados y desarrollados, van a contribuir al buen desarrollo de la memoria entre otras capacidades.

Amnesia infantil

Es un hecho curioso que los niños en la primera infancia aprendan gran cantidad de cosas con rapidez y experimenten vivencias interesantes, y, a pesar de ello, no las recuerden años después. La memoria autobiográfica es muy temprana. Los niños, desde muy corta edad, son capaces de describir sus experiencias, pero, sin embargo, muy pocos adultos pueden recordar sucesos personales ocurridos antes de los tres años. Esta amnesia se produce por no poseer, en estos primeros años, las estrategias necesarias para almacenar las experiencias y procesarlas. Esto no significa necesariamente que se hayan olvidado. Están archivadas y de hecho han ejercido una influencia determinante sobre su vida futura. Sobre ellos se han basado los aprendizajes posteriores, pero son difíciles de rescatar, sobre todo si son anteriores a la adquisición del lenguaje. Si se almacenaron en forma de imágenes o sensaciones corporales en lugar de palabras, son más difíciles de evocar conscientemente pero, a veces, pueden aflorar de forma casi automática cuando se asocian a otras experiencias. Por ejemplo, un olor puede hacer revivir sensaciones de la infancia o traer a la memoria personas que no están presentes.

El lenguaje

Los recuerdos no suelen ser tan fidedignos como creemos. Generalmente, una vivencia se “enriquece” con sensaciones, percepciones, motivaciones... y va relacionándose con otras experiencias posteriores, lo que hace que el recuerdo sea distinto al original. A esto hay que añadirle la desbordante imaginación infantil, sus capacidades todavía incipientes, el paso del tiempo, la interferencia de otros acontecimientos, la presión de situaciones impactantes o la narración de terceras personas. Realmente, en muchas ocasiones, un mismo hecho relatado por personas diferentes tiene distintos matices. Incluso pueden incurrir en contradicciones, pero no porque mientan, sino porque la percepción de cada una es distinta. Vemos cómo los recuerdos en general, y especialmente los infantiles, sufren posteriores elaboraciones que pueden dificultar su recuerdo posterior, aunque, en la actualidad, la tecnología (cámara de vídeo, por ejemplo) permite inmortalizar numerosos momentos y verlos posteriormente en sucesivas ocasiones, lo que facilita su fijación en la memoria durante más tiempo y de forma mucho más fidedigna.

Gimnasia para la memoria

· En la primera infancia, la capacidad de recordar tiene mucho que ver con el desarrollo de la atención, la curiosidad y la observación, especialmente a través de los sentidos de la vista y del oído. La mayoría de las actividades han de fomentar la toma de conciencia de lo que le llega a través de los sentidos. Hay que hacerle notar todo lo que le rodea, ocultarle parcial o totalmente objetos y hacerlos reaparecer, jugar al cucú-tras... · Es muy importante el desarrollo del lenguaje para fomentar el pensamiento lógico, de forma que pueda verbalizar ideas, opiniones y sentimientos y llegar a conclusiones útiles. Son estimulantes los sonidos, canciones, cuentos... asociados con gestos que representen objetos y acciones (expresión corporal); las verbalizaciones de imágenes y objetos del entorno; fomentar el diálogo, etc. · La experiencia adquiere gran importancia en el proceso memorístico. Se recuerda más fácilmente lo que se hace que lo que nos dicen; la información que se maneja a menudo, que la que se usa una sola vez. Hay que darle la oportunidad de llevar a la práctica lo que va aprendiendo, de forma que impulse su curiosidad intelectual y la afición por aprender y conocer. · La habilidad motriz hace que pueda manejarse en el entorno y clasificar sus percepciones. Desplazarse, usar, manipular, agrupar objetos y materiales, hacer y equivocarse...le va a permitir comprobar, establecer semejanzas, diferencias... y constituir relaciones entre los nuevos conocimientos y los que ya posee. · Hay que potenciar las relaciones sociales para ejercitar habilidades como la conversación, la escucha, la creatividad, el razonamiento, etc. · Si el bebé no se interesa por alguna de estas actividades ahora, habrá que intentarlo de nuevo más adelante. Y a medida que vaya creciendo serán de gran utilidad el juego simbólico, las tarjetas de asociación, barajas de familias, puzles, ajedrez, adivinanzas, trabalenguas, aprender idiomas, el juego de Simón, juegos del tipo “de La Habana ha venido un barco”, el telegrama... Virginia González. Psicóloga

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