La inteligencia en los niños

En los primeros meses de vida, el niño establece su relación con el medio a través de sus padres, cuya función educativa, sostiene el Dr. Campos, es esencial para que el niño alcance un nivel de maduración óptimo.

El término inteligencia se ha venido utilizando como expresión de la capacidad de abstracción, aprendizaje y adaptación a nuevas situaciones, que permite la adquisición de la habilidad para juzgar, comprender y razonar. En la última mitad del siglo XX se ha cambiado el término de inteligencia por el de organización cognitiva, cuya medida sería la llamada capacidad mental, y constituiría una serie de capacidades de carácter simbólico estrechamente relacionadas entre sí. La maduración cerebral es la que permite al niño alcanzar, en las distintas etapas cronológicas de su evolución, el máximo grado de perfección funcional a través del aprendizaje, permitiendo su organización general y, de manera particular, la cognición y la autoconciencia.

Los padres: primeros estímulos

En los primeros meses de vida la conducta genética es la predominante, y el niño establece una relación con el entorno a través de sus padres que instintivamente le proporcionan los estímulos iniciales esenciales para los aprendizajes especializados de los distintos circuitos funcionales. De esta manera, las primeras experiencias cognitivas se limitan a sensaciones de placer o displacer, gratificación o frustración, pero ya desde el primer mes de vida, es capaz de organizar de manera elemental su espacio al percibir visualmente aferencias del exterior a través de la información que le proporcionan los órganos de los sentidos (visión, tacto y audición principalmente, pero también el olor y el gusto), y los padres son los responsables de que estos estímulos lleguen adecuadamente en esta etapa precoz de la percepción del mundo externo en diversas situaciones, como por ejemplo, en las distintas posturas que al manipularle le permiten adoptar en el espacio.

Capacidad de abstracción

Estas experiencias precoces permiten estimular el fenómeno de la atención, al paso que, a través de los mecanismos primitivos de la memoria, proceder a crear engramas cerebrales (registros o impresiones estructurales que dejan las experiencias en las neuronas) para su nueva utilización y perfeccionamiento. En esta etapa precoz, en el segundo trimestre de vida, el niño ya es capaz de abstraer.

Adquisición de Conciencia propia

En el primer año de vida se posee una capacidad cognitiva general, y obtiene unos instrumentos que le permiten pensar, relacionarse socialmente, adquirir un lenguaje y, finalmente, utilizar la inteligencia para adquirir una conciencia propia que le permitirá utilizar aquellos instrumentos de manera independiente.

Cerebro INTELIGENTE y cerebro SOCIAL

Junto a la competencia cognitiva, el cerebro del niño adquiere una capacidad para entender y manejar con habilidad los diversos acontecimientos sociales que se producen en su entorno, a través de la maduración de unas funciones especiales, que permiten categorizar, entender y recordar el mundo social. Las habilidades sociales permiten al niño, entre otros aspectos, el compartir experiencias con sus semejantes, la capacidad de imitar y representar, el desarrollo de la afectividad y la empatía o la capacidad de atribuir creencias a sí mismos o a otros. Estas habilidades son las auténticas responsables de la conducta social. Los padres deben estar concienciados de la importancia de su función educativa, y ello desde las primeras etapas de la vida del niño para que alcance un nivel de maduración óptimo, siendo responsables del mismo. De manera implícita serían los centinelas que descubrieran de manera precoz alteraciones en la misma, y por ende la aplicación de normas autocorrectoras que podrían determinar su normalización o –en su defecto– su minimización.

Dr. Jaime Campos Jefe de Neurología Pediátrica del Hospital Clínico de San Carlos de Madrid

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