Entrevista a Ester Lázaro Lázaro

Experta en biología molecular del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA)

"Somos mucho más que nuestros genomas"

Ester Lázaro Lázaro es la autora de un libro fascinante: La vida. Un viaje hacia la complejidad en el Universo, ilustrado por María Lamprecht Grandío y publicado por la editorial de la Fundación Sicomoro, una entidad sin ánimo de lucro que se dedica al desarrollo y la difusión de la Teoría General de los Sistemas. 

Esta doctora en Ciencias Biológicas, con casi 20 años de experiencia como investigadora en el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), ha logrado acometer una labor encomiable: reunir todos los avances de la ciencia de los últimos años para intentar explicar, con la mayor claridad posible, los principios que rigen la evolución biológica. 

El resultado es este nuevo libro que, como ella misma comenta, “está dirigido a cualquier persona con curiosidad por conocer lo que le rodea”, a fin de que pueda extraer información muy interesante y contrastada, pero también aplicable en su día a día. 

"Me conformaría con que mi libro invitara a la reflexión y a la formación de cierto espíritu crítico, especialmente entre las nuevas generaciones". 

La vida es la esencia de una familia, prácticamente, su razón de ser: la transmisión de la herencia genética… ¿Por qué sabemos tan poco, entonces, de una cuestión tan vital para todos los seres humanos? 

Con la vida sucede algo curioso y es que, según cómo abordemos esta cuestión, podemos pensar que sabemos casi todo sobre ella o, lo contrario, que no sabemos apenas nada. Actualmente existe una grandísima cantidad de información referente a moléculas biológicas, reacciones metabólicas, estructuras, genes, genomas…, lo cual puede hacernos sentir muy optimistas respecto al grado de conocimiento que tenemos sobre la vida. Sin embargo, un poco de reflexión nos hace ver que hay cuestiones sobre las que aún tenemos una gran ignorancia, como por ejemplo el número de especies que habitan nuestro planeta, qué es lo que determina que unas veces los genes se expresen y otras no o cuáles son los límites físico-químicos de la vida. De todas esas incógnitas, hay una que perdura desde que el hombre comenzó su andadura en este planeta y es la de cuál es la fuerza que ha favorecido la aparición de la vida en la Tierra y su posterior multiplicación y diversificación hasta colonizar prácticamente todos los ambientes. Obviamente, la pregunta siguiente es si esos mismos procesos no podrían haber sucedido, o estar sucediendo, en otros lugares del Universo. En este libro nos hacemos esas preguntas e intentamos reflexionar sobre ellas a la luz del conocimiento científico. 

"En mayor o menor medida todos somos mutantes y portamos en nuestros genomas distinta información que la que portaban nuestros padres". 

En tu libro, empiezas hablando de la diversidad de la vida en nuestro planeta y de nuestro lugar en el Universo. Y de que, según las últimas investigaciones científicas, toda la vida que existe en la Tierra procede de un ancestro común: LUCA, un único organis

mo o un grupo de organismos que realizaban un metabolismo compartido y que vivió hace entre 3.800 o 3.500 millones de años. ¿Cómo se ha podido pasar de lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande? ¿En qué lugar se encuentran los seres vivos? 

La respuesta está en la evolución, algo que fue expuesto por Darwin hace ya más de un siglo. La vida se ha diversificado gracias a que todos los seres vivos, antes de reproducirse, tienen que copiar su material genético. Y no hay sistema de copia que esté libre de error. Esto que, en una lectura superficial, podría parecer un defecto de la vida, en realidad es una gran ventaja, ya que permite que las poblaciones no sean uniformes, sino que estén formadas por individuos distintos entre sí. En mayor o menor medida todos somos mutantes y portamos en nuestros genomas distinta información que la que portaban nuestros padres. Esa variedad de organismos es el sustrato sobre el que actúa la selección natural, permitiendo que los que se reproducen mejor estén más representados en las poblaciones. La capacidad de la vida para generar variación, unida a la diversidad de ambientes que existen en nuestro planeta, es lo que ha hecho posible que, a pesar de que todos procedamos de un mismo antepasado, presentemos características tan diferentes. 

"Los humanos hemos mejorado notablemente nuestra capacidad de supervivencia en base a la habilidad de aprender de forma consciente".

Destacas la inquietud del ser humano por saber si podría haber vida en otros lugares del Universo. Frente a la visión humana de la vida extraterrestre apuntas que deberíamos fijarnos en la vida microscópica, ya que puede que sea la que predomine en el Universo. ¿Qué signos de vida se están buscando en Marte o en otros planetas de dentro y fuera del sistema solar? ¿Por qué se habla tanto ahora de los organismos extremófilos? 

Nuestro planeta tiene unos 4.600 millones de años. Las primeras formas de vida podrían tener una edad de unos 3.800 millones de años y corresponderían a formas microscópicas, predecesoras de las bacterias actuales. Los primeros animales no surgieron hasta hace unos 650 millones de años. Y nuestra especie, el Homo sapiens, no lleva más que unos 250.000 años sobre la Tierra. Así que, en realidad, somos unos recién llegados a este planeta. Las bacterias nos llevan mucho adelanto. Además, la vida microscópica ha demostrado una capacidad inmensa para desarrollarse en condiciones que hace unas décadas nos parecían impensables: temperaturas de más de cien grados, pH muy bajos o muy ácidos, escasez de agua, presiones tan elevadas como las que existen en el fondo de los océanos… Estos organismos que viven en condiciones tan duras son los extremófilos y nos están demostrando que la vida, al menos la microscópica, es muy robusta. Ante esta situación, no es extraño que pensemos que la vida más probable en otros lugares del Universo deba ser muy  similar a esos microorganismos que están presentes en prácticamente todos los lugares de nuestro planeta y, además, desde hace mucho más tiempo que cualquier otra forma de vida más compleja. 

En Marte se están buscando signos de vida de distinto tipo. Ya en los años setenta, las misiones Viking intentaron comprobar si en el suelo marciano existía “algo” que fuera capaz de llevar a cabo un metabolismo, es decir un aprovechamiento de la energía y la materia externas en provecho propio, como hace la vida. Actualmente se está haciendo un gran esfuerzo en la detección de biomarcadores, es decir, moléculas que sean el resultado de la actividad biológica. En este caso, lo realmente difícil es encontrar una molécula que solo pueda formarse por la acción de la vida y no como resultado de procesos que no tengan que ver con ella. Por ejemplo, a veces hemos oído en las noticias que se ha detectado metano en la atmósfera marciana y que eso podría ser un signo de vida. La base para esa conexión es que en la Tierra hay un tipo de bacterias, las metanógenas, que producen metano como un subproducto de su metabolismo. Por tanto, la existencia de bacterias similares en Marte podría ser una explicación para la presencia de metano en su atmósfera, un gas que es muy poco estable y que desaparecería muy pronto si no hubiera una fuente continua de emisión. Sin embargo, hay otros procesos que también podrían dar lugar a la formación de metano sin implicar la actuación de microorganismos. Así que vemos que hay que ser muy cautos con la interpretación de este tipo de resultados indirectos, antes de asegurar que son una prueba de vida. 

"En una era en la que tenemos toda la información al alcance de un simple clic de nuestros dedos, lo importante es aprender a pensar y a ser críticos".

Creo que la lectura de tu libro ayudaría a muchos padres y madres a comprender mejor muchas cuestiones que se les van a plantear a lo largo de su vida, especialmente durante la educación de sus hijo, y también a estos últimos, a partir de Secundaria. ¿Te has planteado la trascendencia que puede llegar a tener tu trabajo? 

Yo me conformaría con que mi libro invitara a la reflexión y a la formación de cierto espíritu crítico, especialmente entre las nuevas generaciones. Es muy importante que los jóvenes no den nada por supuesto, que se cuestionen las cosas que vienen en los libros de texto y que vayan más allá. Para mí es mucho más importante preguntarse cómo podría ser la vida en un planeta distinto de la Tierra o reflexionar sobre qué es la esencia de la vida que saberse de memoria todas las reacciones que transforman la glucosa durante el metabolismo, por poner un ejemplo. En una era en la que tenemos toda la información al alcance de un simple clic de nuestros dedos, lo importante es aprender a pensar y a ser críticos. Ese es el espíritu que me gustaría despertar en quiénes lean mi libro. 

"Las células son la unidad mínima de la vida, pero la vida solo puede surgir cuando los componentes celulares interaccionan entre ellos de forma adecuada". 

Planteas la puesta en cuestión actual de la definición universal de la vida: sus propiedades en lo que respecta a composición y organización. Pero también a sus procesos. Partiendo de las interacciones que ocurren en la material viva, hablas de la necesidad de “entender la vida en términos de procesos”, de las propiedades de las redes complejas y de su aplicación a las redes biológicas. Llegas a la conclusión de que, según una nueva visión de la complejidad de los organismos, la vida es una gigantesca red de redes. ¿Se va acercando cada vez más nuestra forma de pensar y actuar al mecanismo intrínseco de nuestra propia vida? 

Es tremendamente importante definir cuáles son los procesos esenciales que tiene que llevar a cabo la vida para que pueda ser considerada como tal. Porque podría ser que gran parte de lo que conocemos sobre la vida de la Tierra no sean más que las soluciones que ha adoptado para poder desarrollar esos procesos en las condiciones particulares de nuestro planeta. En ese sentido, las proteínas, los ácidos nucleicos, la organización de nuestras células, todo eso que nos parece tan importante, en realidad puede que no lo sea tanto y, en otro planeta, con condiciones ambientales diferentes, podría ser sustituido por otras moléculas y otros tipos de estructuras que llevarían a cabo los mismos procesos de la vida terrestre. 

Respecto a la cuestión relacionada con la complejidad, estoy convencida de que la vida solo podrá ser entendida si se tienen en cuenta las interacciones entre sus componentes. La dificultad es que tanto el número de componentes –incluyendo moléculas, reacciones, genes y estructuras, entre otros– como el número y tipo de interacciones que se establecen entre ellos es elevadísimo, tanto que hasta hace poco no podíamos abordar su estudio con las herramientas que teníamos a nuestro alcance. Por ejemplo, pensemos en las proteínas. Estas están formadas por cientos o miles de aminoácidos que interaccionan entre ellos, siendo esas interacciones las responsables de la función de cada proteína concreta. Demos un gran salto y vayamos a las células. Las células son la unidad mínima de la vida, pero la vida solo puede surgir cuando los componentes celulares interaccionan entre ellos de forma adecuada. Cada uno de esos componentes no es vida, pero todos ellos juntos en interacción sí lo son. Y si seguimos, llegamos hasta los tejidos, los órganos, los organismos, los ecosistemas y, finalmente, a la biosfera completa. Múltiples niveles en los que lo importante son las interacciones que se establecen entre sus elementos y cómo estas se regulan en base a las señales que se reciben del ambiente. 

"Cada vez hay más evidencias de que los genes de nuestras bacterias son responsables de muchos de los procesos que ocurren en nuestro interior". 

Otra propiedad que señalas de la vida es que evoluciona. Parece que ya no están tan claras las contradicciones entre la hoy denostada propuesta del naturalista Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) y la ampliamente respaldada teoría de Charles Darwin (1809-1882). Eres muy valiente al intentar rescatar la figura de Lamarck frente al consenso general. ¿Qué está pasando con la teoría de la evolución a la luz de los nuevos descubrimientos? ¿Sigue la especie humana rigiéndose por las reglas de la evolución darwiniana? 

Lo que estamos descubriendo es que muchos de los cambios evolutivos son el resultado de procesos bruscos, más que graduales como proponía Darwin. Estos procesos pueden implicar el intercambio de genes entre organismos, en ocasiones de especies distintas, que pueden así compartir innovaciones ventajosas. Respecto a nuestra propia especie, lo que sucede es que hace tiempo que dejamos de regirnos exclusivamente por las reglas de la evolución darwiniana. Por un lado, los avances en medicina y los cuidados a nuestros semejantes impiden que la selección natural actúe libremente. Por otro lado, las nuevas  tecnologías, como las derivadas del sistema CRISPR-cas, ya nos permiten manipular nuestros genomas e introducir en ellos mutaciones ventajosas, incumpliendo así la primera regla de la evolución darwiniana, que dice que la variación genética surge por azar. Por último, no podemos olvidarnos de que los humanos hemos mejorado notablemente nuestra capacidad de supervivencia en base a la habilidad de aprender de forma consciente, algo que nos ha permitido modificar el ambiente en un grado no alcanzado por ninguna otra especie, de modo que ahora la adaptación a las circunstancias adversas no reside en nuestra mejor dotación genética, sino en nuestra habilidad para crear condiciones que nos sean favorables.

"Ahora sabemos que los genomas no son textos planos e inmutables, sino dinámicos y complejos". 

A lo largo de nuestra vida nos vamos a encontrar muy a menudo con cuestiones relacionadas con los genes. Parecía que el haber logrado secuenciar el genoma humano iba a ser la panacea para entender nuestro cuerpo y curar la mayoría de las enfermedades, pero no ha sido así,  ya que el genoma es mucho más que un conjunto de genes. Se puede leer, pero resulta muy difícil su transcripción. ¿Por qué? 

Hasta hace no mucho tiempo se consideraba que la secuencia de bases de cada genoma era una especie de programa que determinaba con una precisión casi absoluta como sería el individuo portador de ese genoma. Por supuesto que se sabía que el ambiente y el estilo de vida influían en las características personales que íbamos adquiriendo a lo largo de la vida, pero solo en las últimas décadas hemos empezado a ser conscientes de hasta qué punto es eso cierto. Ahora sabemos que los genomas no son textos planos e inmutables, sino dinámicos y complejos, cuyo significado puede cambiar en base a las interacciones que  establecen algunas de sus regiones con ciertas moléculas que existen en nuestras células y que informan de las necesidades que estas tienen en cada momento. La prueba más clara de esta versatilidad de los genomas es que en los organismos pluricelulares hay células de distinto tipo y que realizan distintas funciones, a pesar de contener un genoma idéntico.  Pero incluso dentro de las células de un mismo tipo, no todas expresan los mismos genes, como tampoco lo hace la misma célula a lo largo de toda su vida. 

"Hay estudios fascinantes que sugieren que el azúcar que toman los padres puede hacer obesos a sus hijos o que la mala alimentación de los abuelos perjudicaría la salud de sus futuros nietos; todo ello explicable a través de modificaciones en los genes inducidas por el ambiente y transmitidas a la descendencia". 

Lo sorprendente de tu libro es que es abordable para una persona ajena a la biología y una herramienta muy útil para el experto en ella porque resume una pluralidad de conocimientos dispersos. La vida es celular, es química, es metabolismo (el conjunto de reacciones químicas catalizadas por enzimas que ocurren en la célula), es electricidad, es información (los genes y su expresión, la llamada epigenética; el famoso ADN y el menos popular ARN…). Se sabe todavía muy poco sobre la herencia epigenética. ¿Por qué está todavía en debate? ¿Nos puedes poner algunos ejemplos? ¿Por qué somos tan parecidos y tan diferentes los seres vivos y los humanos en particular? 

Ya hemos hablado de lo importante que es la regulación de la expresión de los genes para que podamos tener células de distinto tipo, como células epiteliales, células nerviosas o células óseas. También hemos comentado que la célula es capaz de alterar la expresión de sus genes para así funcionar de la forma más adecuada en cada momento. En parte, esa regulación es posible gracias a ciertas marcas, o modificaciones, que, a lo largo de la vida, se introducen en los genes y que cambian su expresión. Estas marcas son las marcas epigenéticas y son las responsables de que, aun teniendo el mismo genoma, nuestras células puedan funcionar de forma distinta. Lo inquietante es que existen factores ambientales, –entre los que se encuentran algunos tan dispares como las interacciones sociales, la actividad física, la dieta o la temperatura– que pueden actuar de detonantes para que se generen nuevas marcas o se borren algunas de las que ya había. El resultado es que cada individuo posee su catálogo particular de marcas epigenéticas, determinado en gran parte por la vida que ha llevado. Incluso los gemelos que poseen genomas idénticos difieren en sus epigenomas y, puesto que estas diferencias son acumulativas, lo que suele suceder es que gemelos que se parecían mucho de niños son muy diferentes de adultos.

La pregunta que podemos plantearnos es que, si estas marcas surgieran en las células reproductoras, ¿podrían transmitirse a la descendencia? Hay estudios fascinantes que sugieren que el azúcar que toman los padres puede hacer obesos a sus hijos o que la mala alimentación de los abuelos perjudicaría la salud de sus futuros nietos; todo ello explicable a través de modificaciones en los genes inducidas por el ambiente y transmitidas a la descendencia. Por el momento, la herencia epigenética no está demostrada, al menos en organismos complejos como los humanos. Aun así, lo que parece claro es que somos mucho más que nuestros genomas. 

"Lo inquietante es que existen factores ambientales, -entre los que se encuentran algunos tan dispares como las interacciones sociales, la actividad física, la dieta o la temperatura- que pueden actuar de detonantes para que se generen nuevas marcas o se borren algunas de las que ya había". 

Otras sorpresas que nos desvelas se refieren a nuestros inseparables compañeros de viaje en la vida: las bacterias y los virus. Dos ejemplos: “Se calcula que poseemos del orden de 20 millones de genes bacterianos frente a los aproximadamente 23.000 genes específicamente humanos”. “El genoma humano está compuesto por una gran cantidad de ADN de virus, procedente de infecciones pasadas que afectaron a nuestra especie o, incluso, a nuestros ancestros”.  ¿Por qué nuestro cuerpo humano es un gigantesco ecosistema que incluye nuestro propio organismo y un vastísimo conjunto de microorganismos y virus? 

Nuestro cuerpo, además de las células típicamente humanas, también contiene una gran cantidad de microorganismos, pertenecientes a diferentes especies y que, en conjunto, poseen más genes de los que existen en nuestro genoma. Las interacciones que se establecen entre estos microorganismos, los productos de sus genes y nuestras células son fundamentales para el correcto funcionamiento de nuestro cuerpo, y sus alteraciones pueden ser responsables de múltiples trastornos. Cada vez hay más evidencias de que los genes de nuestras bacterias son responsables de muchos de los procesos que ocurren en nuestro interior, contribuyendo de forma decisiva a modular nuestro estado de salud o de enfermedad. El tipo de microbiota que tenemos depende de la edad, el género, la dieta, de dónde vivimos, de si hemos tomado antibióticos o medicamentos…, en definitiva, de los contactos que hemos tenido con los microbios desde nuestro nacimiento, y con los que hemos establecido interacciones que, a pesar de lo que se ha creído hasta ahora, en la mayoría de los casos son de cooperación más que de competición. 

"Las enfermedades con una base genética raramente surgen solamente como consecuencia directa de una anormalidad en un gen, sino que resultan de la interacción de ese gen con todo el conjunto de factores que afectan a su expresión". 

En el libro se da respuesta a algunos misterios sobre el genoma: ¿Por qué, por ejemplo, las amebas poseen unas doscientas veces más ADN que los seres humanos? ¿Por qué algunos peces, aves y anfibios poseen genomas mayores que los mamíferos, siendo estos últimos el grupo de organismos más complejos que existen? ¿Por qué los humanos solo tenemos algunos genes más que la lombriz intestinal? ¿Puedes explicarnos todas estas aparentes contradicciones de nuestro organismo? 

Actualmente parece claro que la complejidad de los organismos no está relacionada con la longitud del genoma. Tampoco con el número de genes. Lo que importa es el número de combinaciones posibles que pueden obtenerse con esos genes, algo que está determinado por el número de moléculas encargadas de regular su expresión. Cuanto mayor sea el número de esas moléculas, mayor será el número de tipos celulares que pueden existir en un organismo y mayor será también el número de respuestas al ambiente que se pueden producir. En este sentido, los seres humanos, a pesar de no tener un número de genes muy elevado, poseemos la capacidad de combinar su expresión en formas muy diferentes, de modo que nuestras células se han podido especializar en multitud de funciones. Puede que no tengamos muchos más genes que la lombriz intestinal, pero con ellos podemos hacer muchas más cosas, gracias a que contamos con sistemas de regulación mucho más sofisticados.

"Puede que no tengamos muchos más genes que la lombriz intestinal, pero con ellos podemos hacer muchas más cosas, gracias a que contamos con sistemas de regulación mucho más sofisticados".

También abordas una cuestión de suma importancia: la nueva visión de la salud y de la enfermedad: ¿Debemos seguir clasificando las enfermedades en base a sus síntomas o como resultado de alteraciones en las redes de interacción intracelulares? ¿Cuáles son las relaciones con "nuestros microrganismos"? ¿Cómo influyen la comunicación, la cooperación, e incluso de altruismo, y la competición entre las bacterias? ¿Por dónde irán las futuras terapias? 

Definir las enfermedades por sus síntomas puede conducir a confusión, ya que hay muchos trastornos que presentan síntomas similares, como la inflamación o la presencia de hemorragias. En décadas recientes, la identificación de las causas moleculares de muchas enfermedades ha supuesto un gran avance, al permitir sustituir las estrategias terapéuticas basadas en el reconocimiento de síntomas por otras diseñadas a corregir el defecto molecular o sus efectos en el organismo. A pesar de esto, lo cierto es que no existe un tratamiento específico para cada defecto molecular concreto, ya que las enfermedades con una base genética raramente surgen solamente como consecuencia directa de una anormalidad en un gen, sino que resultan de la interacción de ese gen con todo el conjunto de factores que afectan a su expresión. 

La influencia de nuestros microorganismos (la microbiota) en nuestro estado de salud está determinada en gran parte por los productos que metabolizan. Por ejemplo, los microoganismos de la microbiota intestinal pueden fermentar el almidón y la fibra soluble de la dieta, produciendo un tipo de ácidos grasos que influyen en las relaciones de nuestro cerebro con el intestino. También se han encontrado claras relaciones entre algunas enfermedades y las alteraciones en la diversidad de la microbiota, lo que se conoce como disbiosis. Entre estas enfermedades se encuentran la diabetes, la obesidad, diversas enfermedades del sistema nervioso, algunos tipos de cáncer e incluso varias enfermedades mentales. Y el número no deja de crecer…, aunque en ocasiones sea difícil saber si la alteración de la microbiota es la causa o el efecto del trastorno observado. 

“Cada individuo posee su catálogo particular de marcas epigenéticas, determinado en gran parte por la vida que ha llevado". 

Y acabas el libro volviendo al tema inicial, aún no resuelto, sobre el origen de la complejidad biológica a partir de la materia inerte… ¿Cuándo surgió la vida en la Tierra? ¿Cómo se ha producido la transición de los organismos unicelulares a los pluricelulares? ¿Cuáles son los constituyente básicos de la materia viva? ¿Podemos crearla en el laboratorio? ¿En qué consiste la biología sintética?… Muchas preguntas hasta llegar al Antropoceno, la nueva era geológica marcada por la huella del impacto de la actividad humana en la Tierra.  ¿Cuál crees que podría ser el futuro de la vida y nuestro destino evolutivo? ¿Este futuro incluye la búsqueda de vida en otros planetas y lunas, como Marte, Europa, Encélado, Titán... o, mejor aún, algún exoplaneta, cuando la tecnología lo permita? 

Poco después de la formación de nuestro planeta, este sufrió dos oleadas de bombardeo de meteoritos que hicieron prácticamente imposible cualquier intento de originar vida en esas etapas iniciales. El segundo bombardeo meteorítico acabó hace 3.850 millones de años y, sin embargo, tenemos evidencias de vida fósil de hace tan solo 3.500 millones de años. Por tanto existe un margen muy estrecho, de unos 350 millones de años, durante el cual tuvieron que tener lugar todos los procesos que permitieron la transición entre la materia inanimada y la materia viva. La llamada biología sintética intenta recrear vías posibles para que esos procesos puedan tener lugar. No ha logrado crear vida en el laboratorio, pero sí ha podido identificar reacciones y condiciones ambientales que permiten la síntesis de muchos de los componentes de la vida. Incluso se ha logrado integrar esos componentes en compartimentos que pueden dividirse y realizar algunas funciones muy sencillas. Si se consiguiera que esos compartimentos evolucionaran por selección natural es cuando realmente estaríamos cerca de poder crear vida. 

El futuro de la vida va a estar en parte determinado por la acción del ser humano. Aunque los humanos llevamos modificando la Tierra desde el mismo instante en que  comenzamos cultivar vegetales, no ha sido hasta la Revolución Industrial cuando los cambios han comenzado a hacerse más globales y rápidos, debido en parte al uso de combustibles fósiles y al enorme crecimiento que ha experimentado la población humana a partir de esa época. No cabe duda de que nuestra mente nos lleva a hacer lo que hacen todas las especies desde que surgió la vida, que es competir por los recursos que existen. Y eso lo hacemos con tal eficiencia que nos ha conducido a un extremo en el que podría ser que nuestro propio éxito fuera también nuestra mayor derrota. El ser humano tiene que tomar conciencia de su responsabilidad con el planeta y con los seres vivos que contiene. La vida microscópica conseguirá sobrevivir a cualquier alteración ambiental que causemos, pero eso no está tan claro para nuestra propia especie y otras similares en grado de complejidad.

Lo que es seguro es que la curiosidad del ser humano, y quizás la necesidad de encontrar otro hogar en caso de que nuestro planeta se vuelva demasiado inhóspito, nos llevará a continuar con la exploración del espacio que casi acabamos de iniciar. Igual que nuestros antepasados no se conformaron con quedarse en África, posiblemente nuestros descendientes no se conformarán con quedarse en la Tierra. Nuestro destino está en nuestras manos. Ojalá que este sea el mejor posible. 

Eva Frutos Lucas. Periodista y Exredactora Jefa de Bayard Revistas. Foto: cortesía de la autora y de la editorial.

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