10 claves para tratar con niños egocéntricos

La obstinación infantil: el descubrimiento del “yo” y la propia voluntad.

Durante los primeros años, el hecho de que los niños sean efectivamente tan testarudos y egocéntricos no es más que una realidad constante en el desarrollo evolutivo de los pequeños, es algo natural pues se sienten el centro del universo y buscan su propio espacio en el seno familiar, por lo que lo mejor que podemos hacer es no tratar de eliminar permanentemente esa postura, sino que lo aconsejable es hacerle entender poco a poco que esa actitud no está bien, con paciencia, comprensión y ciertas dosis de firmeza.

Son muy numerosas las ocasiones en las que los padres se plantean por qué sus hijos de hasta tres años son tan testarudos y egocéntricos. Por qué tantas veces dicen que no a todo, por qué nunca están de acuerdo con las peticiones que se les hace, y sobre todo teniendo en cuenta lo buenos y obedientes que eran ellos mismos, los papás, de pequeños… la verdad es que no se entiende, al menos cuando esto empieza a ocurrir.

La Primera Edad de la obstinación

Ya hemos destacado que los comportamientos obstinados son parte inherente a esa edad; el niño aún no tiene demasiados recursos lingüísticos, pero aquellos que va alcanzando los domina a la perfección. Cuando conoce el término “No” y observa que cuando lo dice se producen ciertos cambios en el comportamiento de sus padres, empieza a sentirse seguro, a gusto consigo mismo y encantado de percibir que domina la situación. Es claro, por tanto, que su comportamiento terco tiene una relación muy estrecha con el desarrollo de sus habilidades, con el descubrimiento de su “yo” y simultáneamente de su voluntad, pero debe ser algo transitorio, no debiendo sobrepasar los 4 años de edad. De hecho, para el niño este es un periodo lleno de cambios, ya puede reflexionar sobre lo que quiere a pesar de no conocer sus limitaciones, y su voluntad y los resultados obtenidos tienden casi a ser lo mismo. Por esto, cuando no consigue lo que quiere, reacciona negativamente ante cualquier imposición o límite externo, se retrae sobre sí mismo y no quiere saber nada de nadie en primera instancia…y “resistiendo” a través de las famosas rabietas en segundo término.

Paciencia…

Si ya somos capaces de comprender lo “normal” de estas posturas tan tercas por parte del niño, nos será más fácil dotarnos de dosis extras de paciencia. Y esa paciencia adicional será consecuencia de nuestra capacidad de autocontrolarnos y de ver objetivamente la situación. Cuando no quiera sentarse en la trona para comer, cuando se ponga rígido como una viga cuando se le quiera sentar en el cochecito y cuando tire al suelo todo lo que esté a su alcance… paciencia sin ceder a sus deseos, y sobre todo sin alterarnos. Desde luego hay cosas que no pueden ser negociables y es bueno ser muy coherente y firme cuando se trata de ellas, en el fondo es nuestra responsabilidad como padres educar y proteger a nuestros hijos de forma adecuada y cariñosa. Pero también es cierto que hay otras en las que se puede ser más flexibles, como dejarles elegir el color de la camiseta que se va a poner o el tenedor con el que va a comer, o el muñeco que se va a llevar al parque; en estas sencillas elecciones, su voluntad estará presente, pero no en el hecho de decidir si nos da la mano o no por la calle o si hay que vestirse para salir.

¿Qué podemos hacer?

  1. Preparar el terreno: Si hay alguna actividad que rechaza especialmente pero que es necesario llevar a cabo, es conveniente ir avisando que vamos a ayudarle y dando por hecho que se hará con seguridad, creando un espacio de cambio que facilite la realización de la labor y ayudándole en ese periodo transitorio; puede ser, por ejemplo, empezar nosotros mismos guardando el primer juguete y animándole a que siga él, pues vamos a terminar así muy pronto.

  2. Ser muy claros y adaptarnos a su desarrollo lingüístico para evitar dudas: Al cruzar la calle, siempre ha de quedar muy claro que se ha de ir de la mano necesariamente.

  3. Prevenir adecuadamente: Si existe alguna situación o lugar evitable que le provoque especialmente, evitarlo.

  4. Ser flexibles y utilizar un número reducido de normas, pero muy claras y efectivas. Si no estamos seguros de algo, es mejor decirle al niño que le contestaremos después, evitando dar la imagen de inseguridad sobre algún aspecto, en su presencia.

  5. Explicar y exponer claramente por qué se hacen las cosas, pero sin que sea necesario su explícito acuerdo para realizarlas, podrá ir comprendiendo poco a poco.

  6. Ser pacientes pues ya conocemos que se trata de una etapa pasajera y que bien canalizada será positiva para el desarrollo del niño. Es muy importante quitar carga emocional y desdramatizar las situaciones desagradables.

  7. Desviar la atención del niño restando importancia a ciertas actitudes.

  8. Actuar coordinadamente con la pareja y no mostrando desacuerdos frente al niño. Los adultos deberán “negociar” aquello que sea necesario cuando el niño no esté presente, pues rápidamente es capaz de aprovecharse de los conflictos evidentes entre los mayores.

  9. Destacar las cosas buenas que hace y dejarle ir eligiendo en aquellas cosas intrascendentes para nosotros pero que para él supongan una reafirmación (el color de los calcetines, la gorra…)

  10. Predicar con el ejemplo, dejarle ver al niño que nuestras actuaciones se basan en el respeto, la bondad, la paciencia, y el resto de valores en los cuales queremos que sea educado

Lógicamente y en la línea de las pautas que venimos comentando, nuestra actitud debe de ser tan serena como cariñosa y firme, pues el niño necesita encontrar una serie de límites que le hagan comprender la diferencia entre lo que puede y no puede hacerse, entre lo que está bien y lo que no lo está… y esa es una de nuestras responsabilidades como padres y educadores.

Ana Roa, pedagoga y psicopedagoga
www.roaeducacion.com
roaeducacion.wordpress.com

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