La naturaleza, gran fuente de aprendizaje en los niños

A través de la naturaleza los más pequeños aprenden y descubren

Cuando paseamos en medio de la naturaleza con los chiquitines, nos enternece su capacidad de maravillarse con todo. ¿Por qué les fascinan las nubes, las flores, los árboles…? La psicóloga Anne Bacus nos explica las razones.

NaturalezaAprendizaje educacion niños

Cuando un niño vive de cerca la naturaleza, ¿qué despierta su entusiasmo?

En realidad, hay muchas cosas distintas que le fascinan. El niño tiene una enorme curiosidad, unas ganas inagotables de saber y de conocer. Y aborda el proceso de descubrimiento con toda su espontaneidad, con un espíritu tan alegre y positivo que, todo junto, da como resultado, inevitablemente, el entusiasmo. Cada pequeño descubrimiento le maravilla y le colma de alegría, exceptuando, por supuesto, lo que le pueda provocar miedo. Hay adultos que conservan intacta a lo largo de toda su vida esta capacidad de sorpresa tan propia de la infancia; es el caso de algunos grandes científicos, como el astrofísico canadiense Hubert Reeves que, a sus 80 años, sigue contemplando el cielo con el mismo interés y la misma fascinación de un chiquillo.

¿Por qué la naturaleza tiene ese poder de atracción para los niños?

En primer lugar, porque la naturaleza encarna el movimiento, y a los más pequeños les gusta lo que se mueve. Un pájaro que vuela, la hierba mecida por el viento, una fila de hormigas que avanza, las nubes desplazándose por el cielo, una hoja que cae… todo esto atrae su atención con mucha más fuerza que un libro, por ejemplo.

Por otra parte, la naturaleza es un universo completamente sensorial: se puede oler (los pinos, las flores, los excrementos de caballo…), se puede oír (el canto de los pájaros, el chapoteo de una corriente de agua…), se puede tocar texturas muy diferentes (la rugosidad de la corteza de un árbol, la suavidad de un pétalo…). Entre los doce meses y los dos años, el niño vive un estadio de su desarrollo muy marcado por el aspecto sensorio-motor y, en la naturaleza, encuentra estímulos que corresponden a sus necesidades.

¿Y es sensible a la estética de la naturaleza?

El sentido de la belleza no es innato en el ser humano. El niño se familiariza con esta noción, marcadamente cultural, al ver a su madre o a su padre embelesados ante un arcoíris o una mariposa. Pero la naturaleza, por el amplísimo abanico de paisajes y colores que exhibe, es una excelente vía de iniciación en la belleza.

¿Es determinante la actitud de los padres durante los paseos o las excursiones?

Si los padres son capaces de maravillarse al contemplar los pequeños tesoros de la naturaleza (incluso los más anodinos en apariencia, como una gota de agua en una hoja), pueden estar seguros de ayudar a su hijo a hacerse sensible y a no adoptar una actitud de indiferencia después de los 6 o 7 años.

Los padres pueden transmitir el respeto por las flores, por las plantas (no todo se puede arrancar en cualquier momento y en cualquier sitio), por los insectos (en ningún caso hay que pisarlos), y pueden fomentar una actitud de discreción (si quieres ver de cerca un pájaro, tienes que saber estar quieto y en silencio). Sin estos valores básicos, la naturaleza no se le «entregará».

¿La presencia de animales es una razón del éxito de la naturaleza entre los niños?

Pues seguramente. Hay una especie de complicidad entre los más pequeños y los animales, tal vez debido a que evolucionan en un registro no verbal y se comunican sin palabras.

El acercamiento a las gallinas o a los cochinillos en una casa rural o una granja escuela es para ellos toda una emoción. Y también les hará comprender que la misma palabra sirve para designar al cerdito rosa dibujado en un cuento y al enorme animal de carne y hueso. ¡Todo un avance en su aprendizaje!

Entrevista realizada por Isabelle Gravillon para la revista Popi

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