Tú trabajando, yo a la playa

Que en una familia las vacaciones del padre y la madre no coincidan es algo que empieza a ser habitual en los tiempos que corren. Pero de ello no hay que hacer un drama; de estas situaciones también se pueden extraer experiencias positivas.

¿Vacaciones por separado? ¿Son ésas unas vacaciones? ¿Y qué pasa con los niños? ¿Y con el perro? ¿Y qué vamos a comer? Son cientos de preguntas las que provoca una situación más habitual de lo que se cree en nuestros días: cuando ambos progenitores trabajan, es posible que las vacaciones de verano no coincidan en su totalidad, incluso que no coincidan de ninguna de las maneras. Y entonces se plantea la necesidad de programar el descanso estival de otra forma. Las familias cambian, sus miembros deben adaptarse a las nuevas situaciones, porque todo tiene remedio e incluso su lado bueno, aunque parezca lo contrario.

Pasó la época del “rodríguez”

En otros tiempos existían la madre, veraneando en la playa con los niños, y el padre –más conocido como “rodríguez”,– en la ciudad (supuestamente Badem Badem), pero más aburrido que una ostra. Una imagen de película española de los 60, cuando Alfredo Landa cogía el seiscientos los fines de semana para acercarse a la costa para estar con su familia y volvía mustio y deprimido para volver a trabajar el lunes. Ahora los veraneos ya no duran tres meses, porque no hay economía familiar que lo aguante y porque el trabajo se ha impuesto en padre y madre, que tienen un mes de vacaciones estivales. Y cuando las de ambos no coinciden, es cuando surgen los problemas.

Una aventura, no un drama

A todos nos gusta pasar las vacaciones tranquilos y en familia, o viajando todos juntos, y el hecho de tener que hacerlo separados puede desubicar a padres e hijos. Ante este contratiempo, hay que poner buena cara y aprovechar las ventajas que puede suponer, minimizando los inconvenientes y planteándolo más como una aventura que como un drama familiar. Para la experta psicóloga Mercedes Matons, la situación tiene sus ventajas y sus inconvenientes. “Por un lado, es bueno que los niños compartan el tiempo con cada uno de sus padres por separado, porque así fomentan el conocimiento mutuo y rompen el frente padre-madre, que aunque es muy importante, también lo es que de vez en cuando los hijos puedan ver a sus padres como personas individuales, con sus aficiones y personalidades distintas”.

Diferencias sustanciales

Una vez identificados los progenitores como entes aparte el uno del otro, surgen las diferencias entre los dos: Cuando una madre veranea sola con sus hijos, no hay mayores problemas de intendencia, ya que seguirá ocupándose de todo lo que se ocupa habitualmente: organización, limpieza, ropa, compra, comida, diversiones y demás actividades de tiempo libre. Podrá además relajarse en compañía de sus hijos, sin un marido al que también hay que atender. Cuando le toca al padre, sin embargo, ya es otro cantar. Algunos, los menos, están acostumbrados a ocuparse de sus hijos y de la casa y no se sienten perdidos ante una situación así, pero hay otros que no saben ni hacer un huevo frito. Lo que requieren las situaciones excepcionales es, ante todo, imaginación. “La primera vez que me llevé solo a los niños a esquiar, cuenta un padre, no tenían más de cinco y ocho años, y aun así nos organizamos estupendamente”. Tan estupendamente que todas las tardes los metía en la bañera junto con la ropa sucia y la lavaban entre grandes risas: “¡Si nos viera mamá!”.

También hay inconvenientes

De esta forma, dice Mercedes Matons, “los hijos ven al padre como alguien que también puede cuidarlos y atenderlos, mientras éste, por su parte, se relaciona más y mejor con sus hijos y puede conocer sus puntos de vista, con tiempo para convivir y para hablar todo lo que no se habla durante el curso”. Pero, por muy optimista que se sea, no hay que olvidar los inconvenientes de la situación: se rompe momentáneamente el núcleo familiar y esas vacaciones soñadas durante tantos meses van a resultar radicalmente distintas. “Es lógico que se eche de menos a la parte de la familia que falta y a ello hay que añadir la carga de la responsabilidad compartida, que en estos casos es solo de uno”. María, una joven madre de dos niños, recuerda el año que se fue unos días sola con ellos al norte. “Me pasaba horas y horas en la orilla o en el agua, sin perderlos de vista ni un momento. Una de mis mayores pesadillas era que les pasara algo por alguna distracción, que se los llevaran las olas, que los picara algún bicho, que se cayeran de la bici…”

Tiempo para uno mismo

Aunque esos miedos los sufren muchas familias monoparentales y no por ello dejan de disfrutar de las vacaciones con sus hijos; todo es cuestión de acostumbrarse, enfrentar el miedo, asumir la responsabilidad y aceptar que siempre hay un factor de riesgo incontrolable, por mucho que los padres quieran proteger a los hijos. Y en cuanto a la parte de la pareja que permanece en la ciudad trabajando, Mercedes Matons aconseja utilizar ese tiempo libre en uno mismo. “También el descanso mutuo y tener tiempo para tus cosas, para ver a los amigos, leer o ir al cine y disfrutar de esos días de soledad para ponerte las pilas de otra manera puede ser muy positivo para la pareja y la familia”. Beatriz Andrada

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