¡Es mi habitación!

Diga lo que diga el adolescente, su cuarto es una habitación más del domicilio familiar, no un estudio independiente. Os ofrecemos algunas claves para comprender lo que se cuece en ella y para negociar con vuestro hijo o vuestra hija el respeto a su libertad... sin sobrepasar determinados límites.

Prohibido entrar

Llega el día en que el adolescente decide que ya no se puede entrar libremente en su habitación. Si os ofrecéis a ayudarle a ordenar los cajones os contesta: “No, lo haré yo solo/a”. Si os sentáis en su cama para charlar, se le ponen los pelos de punta. ¿Os habréis convertido en unos seres indeseables? No exactamente, ¡os necesita tanto todavía! Pero esa necesidad de espacio personal demuestra que ha entrado en una nueva etapa que a menudo corresponde con la pubertad. El adolescente se vuelve más frágil: es tiempo de muda y tiene que revestirse con la piel del joven. Aún no sabe bien quién es y cualquier sensación puede afectarle enormemente. Un día fuera es una aventura agotadora. La habitación es el lugar donde puede encontrarse consigo mismo, una especie de burbuja protectora a resguardo de las miradas, incluidas las de los padres.

¿Se puede saber qué hace?

“¿No tienes deberes?”, “¿puedes poner la mesa?”, “¿qué tal has pasado el día?” Cuando un adolescente oye todo esto a través de la puerta entreabierta de su habitación a veces está a mil leguas del universo familiar o escolar y de sus obligaciones. Por eso tarda tanto en reaccionar. Pero ¿en qué piensa? En sí mismo, es decir, en alguien que no es ni el alumno ni el niño que ven sus padres. Y ese “yo” pasa por dos grandes pilares: sus amigos y sus pasiones. Su habitación es sinónimo de SMS, conversaciones en MSN, música, videojuegos, revistas que no quiere que caigan en manos de sus padres, contemplación ante el espejo (“Tengo los músculos más desarrollados”. “¿Bailo bien?”): el adolescente se sumerge en un universo que le permite encontrarse a sí mismo, algo vital para él.

La decoración: ¡viva el batiburrillo!

La decoración y la distribución del dormitorio de un adolescente no responden a un criterio estético, tal como nosotros lo entendemos. Si tiene posibilidad de decidir, la habitación se convierte enseguida en un verdadero “museo personal”. Las paredes se cubren de pósteres: es un modo de tapar la infancia sin hacerla desaparecer y tejer un “capullo”. Entre las camisetas y los CD, sobresalen algunos objetos viejos que se exhiben como trofeos: una nota escrita, una foto, una lata de refresco aplastada... Todo ello mezclado con recuerdos de infancia: peluches, maquetas de avión... El resultado es una habitación que vive en perpetua revolución, en la que se pueden leer los diferentes estratos de la vida. Es inútil criticar la decoración, seguro que se nos escapa el componente afectivo... Noélie Viallet.

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