Caídas y golpes

Todavía no ha cumplido los dos años y ya lleva las piernas llenas de cardenales y raspones.

El otro día, mientras le daba crema después del baño, iba mirando sus pobres espinillas de color morado y recordaba una foto mía, que guarda mi madre, en la que aparezco en la playa, más o menos a la misma edad que Jorge, metida dentro de una piscina de agua con las piernas llenas de tiritas. De tal palo…

Y es que, cómo no va a estar lleno de “heridas de guerra” si mete la mano en todo lo que pilla, corre como un loco y se sube a todos los columpios. Lo curioso del caso es que los cardenales aparecen sin que el niño se haya quejado lo más mínimo. Si yo me doy un golpe en la espinilla, se entera hasta mi primo el de Zamora, pero Jorge…, él sigue jugando como si nada.

En cambio, ha habido golpes que sí nos han puesto los pelos de punta. Hace unos días, mi marido y yo estábamos en la cocina y Jorge corría detrás de una pelota, cuando le vimos volar y estamparse contra el mueble de la entrada. No pude evitar soltar un grito, efectivamente lo peor que podía hacer, pero vi cómo el cuello se le doblaba mientras su cabeza golpeaba el mueble. Todo quedó en un susto, lloró un poquito, le apliqué la barrita mágica de los golpes y, diez minutos, después ni se acordaba.

Ha vivido otras aventuras: se ha quedado colgando de las cuerdas en un columpio, se ha caído de morros en la arena unas cuantas veces, suele chocarse con las esquinas de las puertas… Sin embargo, nunca, nunca se ha pillado un dedo. Le encanta abrir y cerrar cajones, puertas y correderas pero siempre retira los deditos cuidadosamente. Hay momentos en los que creo que se va a pillar y le aviso “¡los deditos, los deditos!” mientras corro a alejarle del peligro. Pero, antes de que llegue, él tiene controlada la situación.

Algunos amigos me han contado historias escalofriantes sobre caídas y trastazos de sus hijos, sólo espero que, si se ha de caer sea como hasta ahora. Porque, como padres, nos duele más que a ellos cuando sufren.

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