El arte de comer bien

Importancia de una alimentación infantil variada y equilibrada

Después de una alimentación exclusivamente basada en la leche, el bebé llega a una época llena de novedades para su paladar. Aunque el pediatra sigue siendo el mejor consejero en materia de nutrición, la forma en la que se le introduzcan los nuevos alimentos, con diferentes sabores y texturas, y el ambiente en el que se desenvuelva la comida van a contribuir a fomentar el arte del buen comer.

El arte de comer bien

Durante el primer año de vida, el aparato digestivo del bebé va madurando para poder insalivar y digerir distintos tipos de alimentos aparte de la leche. A lo largo de su segundo año de vida, ya ha madurado lo suficiente como para aceptar gran variedad de alimentos y masticar correctamente, de manera que su dieta puede ser bastante similar a la de los adultos. Cuando introduzcamos un alimento nuevo, hay que ser prudentes y contar con la aprobación del pediatra, pero desde ese momento hay que ir mezclándolo con los ya incorporados y proponer al niño una dieta variada y equilibrada. Además hay que procurar que adquiera unos hábitos alimentarios adecuados.

Momentos importantes

Una vez que abandona su alimentación exclusivamente a base de leche, hay que empezar a incorporar nuevos alimentos, siguiendo las instrucciones del pediatra. Ya desde este instante empezarán a emitir su opinión particular. Hay que tener paciencia, aprender a comer lleva su tiempo. A partir de los 6 meses, con sus dientes incipientes, le encantará masticar. Poco a poco se deberá prescindir de las papillas de textura fina y homogénea. Muchas mamás prolongan los purés durante demasiado tiempo (“en el puré le meto de todo”).

La masticación es primordial, no solo para guiar la erupción de los primeros dientes, para evitar las malposiciones dentarias o para desarrollar el adecuado desarrollo mandibular, sino también para la correcta evolución del lenguaje. Además, una masticación adecuada permite saborear la comida, ya que permite que las papilas gustativas obtengan una valiosa información. De los 9 a los 12 meses, al mismo tiempo que incorpora sabores nuevos, quiere ser independiente y empieza a usar sus dedos para comer: ¡con la cuchara es muy difícil! Deberá aprender a manejarla, aunque la comida no siempre termine en el lugar correcto. Con un año, el niño ya puede sentarse a la mesa y compartir el menú familiar, aunque todavía hay que ser cautos a la hora de introducirle alimentos nuevos. Estos momentos son muy importantes para encauzar correctamente sus hábitos alimentarios. No se trata de engañarle para que coma (juguetes, tele, monerías) o regañarle continuamente, sino predicar con el ejemplo, alabar las conductas apropiadas (halagos, caricias y felicitaciones) y procurar que el momento de las comidas sea agradable. Los trucos ayudan de momento, pero no educan.

Más vale prevenir

Cuantos más sabores nuevos y variados se incorpore a su alimentación, más posibilidades existen de que se convierta en un niño capaz de probar y disfrutar con la comida. Pero no hay prisa: es conveniente introducir las novedades poco a poco y hay que cuidar mucho la forma de ofrecérselas. Si tiene hambre, la presentación es atractiva y la cantidad pequeña, seguramente será todo más fácil. Pero no todo les gusta siempre. Si en alguna ocasión rechaza algún plato, conviene no forzarlo y dejar pasar un tiempo, la próxima vez seguramente su capacidad para distinguir y valorar sabores habrá variado. También es importante establecer una serie de rutinas en torno al acto de comer. A los niños les da seguridad conocer el horario establecido y las conductas asociadas (“después del baño, me visten, me ponen el babero, me sientan en mi silla y en la mesa tengo mi vaso y mis cubiertos: ¡es la hora de cenar!”). Esto los ayuda a situarse y orientarse en el espacio y en el tiempo, y a tener puntos de referencia claros. Aunque no quiere decir que en alguna ocasión no podamos tener situaciones imprevistas (ir a un restaurante y comer en la sillita de paseo). Las excepciones también las entienden, si se las explicamos.

Recuperar el buen camino

Por supuesto que lo mejor es educar el paladar desde que dejan el biberón, pero si no se ha logrado, no es hora de lamentarse ni culpabilizarse, sino de ponerse manos a la obra y buscar los medios para hacerlo. Cuanto más pequeño sea el niño, más fácil será modificar las conductas inadecuadas. Muchos padres acuden a la consulta del pediatra en busca de ayuda, pero casi siempre la falta de apetito responde más a malos hábitos alimentarios que a trastornos físicos. A veces, el problema radica en utilizar unas estrategias equivocadas, como, por ejemplo, sentarle a comer cada día en un sitio distinto (en el sofá frente a la tele, en la alfombra mientras juega o, incluso, perseguirle con la cuchara por toda la casa), entretenerle para que no se dé cuenta de que le metemos la cuchara o alargar demasiado tiempo cada comida. Otras, en la forma de presentar los alimentos (poco atractiva, mezclando sabores) o una cantidad excesiva (recordemos, son niños y la ración ha de adecuarse a su peso). También puede ser que ingieran golosinas y refrescos fuera de horas, lo cual les quita el apetito. Y además puede ocurrir que ante la ausencia prolongada de los padres, los niños quieran llamar la atención. También existe la posibilidad de que los niños coman aparentemente bien, pero que su dieta no sea la adecuada (comida basura, carencias concretas de nutrientes o comer todo embadurnado en ketchup o mayonesa). No dan problemas, pero no los estamos convirtiendo precisamente en unos pequeños gourmets. Pero para poder modificar los malos hábitos, también hay que estar convencidos de que no son los correctos. Un niño que come adecuadamente, será un niño sano y será socialmente mejor aceptado. Una vez mentalizados, todas las personas que intervienen en su alimentación (padres, abuelos, cuidadores) han de seguir las mismas pautas y actuar con coherencia, constancia, imaginación y cariño.

Quizás en el “cole”

Una vez concienciados del problema, los padres pueden impacientarse porque no dan con la solución adecuada. Quizá sea una buena idea que el niño coma en el “cole”. El comedor escolar no es solo un lugar para comer, sino un lugar educativo donde se trabajan los hábitos alimentarios, higiénicos y sociales. Siempre se mantienen los mismos horarios y el mismo lugar, los menús están elaborados por especialistas y dentro del colegio se evita “picar” entre horas y tomar chucherías, de modo que suelen llegar con apetito a la hora de comer. Y no solo eso, la comida es un momento de reunión con los amigos, en el cual tienen la oportunidad de intercambiar historias e interiorizar una serie de normas sociales (manejo de cubiertos, comportamiento en la mesa, etc.).

Mejor todos juntos

El ritmo de vida actual hace que comer en familia sea casi una utopía. Sin embargo, es un momento muy positivo no solo para alimentarse, sino para educar y estrechar vínculos. Si se siguen unos horarios regulares, una alimentación variada y equilibrada y se consigue que sea un momento agradable y lleno de afectividad, el niño, por imitación, aprenderá con facilidad a comer correctamente, interiorizará normas sociales y de comportamiento y se fomentará un diálogo en torno a la educación alimentaria (por qué no se puede abusar de ciertos alimentos, técnicas publicitarias que se utilizan para venderlos), con lo que se podrán evitar ciertos problemas que a la larga pueden ser graves (obesidad, anorexia, bulimia). La comida en familia es importante, por eso cuando los niños comen en el colegio, es indispensable que los fines de semana se reúnan todos para comer y cenar.

Cada día, cinco comidas

Hay una serie de nutrientes básicos que el niño necesita para crecer y que le aportan los distintos grupos de alimentos. Lo ideal es que cada comida del día contenga las proporciones adecuadas de cada uno de ellos. Pero si no es posible, ha de lograrse el objetivo “ideal” al final de la jornada, con la suma de todas ellas. Se deben hacer cinco tomas de alimento al día, repartidas en tres comidas principales (desayuno, comida y cena) y dos más pequeñas (media mañana y merienda), evitando comer entre horas.

El desayuno es muy importante para afrontar con energía la jornada, puesto que el cuerpo lleva al menos 9 horas sin alimento. No basta con tomar un vaso de leche a la carrera, lo ideal es que todos los miembros de la familia puedan sentarse a la mesa y le dediquen al desayuno al menos 20 minutos, en un ambiente distendido. Si no hemos conseguido que el desayuno sea copioso, no puede faltar un tentempié de media mañana (si es una fruta mejor). El 20% de los niños suele realizar la comida en el colegio, y aunque sus menús están supervisados por profesionales y suelen ofrecer una dieta variada y saludable, los niños tienden a comer pocas cantidades. Los factores que más les influyen son: el sabor, el aspecto poco atractivo de los platos, la temperatura de los alimentos calientes y el tiempo disponible para comer. Por ello suelen coger la merienda con ganas. En la cena se debe tener en cuenta lo que ha comido a lo largo del día, para no repetir ningún alimento y ofrecerle otros que quizá no hayan estado suficientemente presentes.

Su opinión también cuenta

Los niños, como todas las personas, tienen sus gustos particulares. Si dejamos al niño, por supuesto querrá decidir cuándo, qué e, incluso, cómo comer. Está claro que los padres son los que ponen las normas y los que deciden el menú, pero tampoco está de más que él vea que tomamos en cuenta sus opiniones. No es lo mismo que tenga que comer siempre lo que le “imponen” en la mesa que tener algún poder de elección. Por ejemplo, a la hora del postre, siempre dentro de la opción de fruta, podemos dejarle elegir entre varias, o a la hora de ir a comprar los cereales del desayuno seguro que le encanta elegir unos nuevos. Si desde muy pequeño se impregna de unos buenos hábitos alimentarios, a medida que vaya creciendo, sabrá qué elegir para comer correctamente, e incluso podrá ir haciendo propuestas para decidir el menú de la cena o del fin de semana. Y si además puede colaborar en su elaboración, seguro que se lo come con más gusto. Existen en el mercado infinidad de libros de cocina con recetas que los mismos niños pueden preparar.

Ideas que ayudan

→ Se puede aprovechar el momento en el que el niño está hambriento para incorporar alimentos nuevos.

→ Al preparar los purés conviene utilizar las patatas y las zanahorias como base y añadir las otras verduras en distintas proporciones para ir variando cada día su sabor. El mismo aspecto y sabor todos los días puede provocar que el niño se canse y termine rechazándolo.

→ Igual que se les ofrece variedad de alimentos, hay que variar la forma de cocinarlos (fritos, hervidos, en puré, asados), así podrá ir descubriendo nuevos sabores y texturas. Por ejemplo, las verduras no son muy populares, pero en vez de ofrecérselas al niño siempre hervidas, se pueden disfrazar también en canelones, tortilla, pasteles...

→ Cuidar la presentación: la colocación en el plato e incluso el colorido los influye. Hay niños a los que no les gusta que se le sirvan en el mismo plato varios alimentos mezclados.

→ La temperatura también es importante. Muchos niños rechazan la papilla de frutas porque está fría.

→ Asegurarse de que las raciones sean las adecuadas para que no aborrezcan la comida ni tengan que “picar” entre horas.

→ Establecer unos horarios regulares y algunas reglas básicas para las comidas, de modo que se establezcan una serie de rutinas y que todos sepan lo que no está permitido hacer en la mesa.

→ Las salidas a restaurantes regionales o con cocina de otros países pueden ayudar a ampliar su cultura gastronómica. La novedad consigue que los niños prueben platos que no comerían en casa.

→ Los aperitivos son también una forma de introducir alimentos nuevos.

Evitar errores

→ No sustituir el plato que rechaza por otro que le guste más, pero tampoco ofrecerle el mismo plato recalentado en otra de las comidas (comida, merienda, cena...): podría asociarlo a un castigo.

→ No ofrecerle siempre el plato que le gusta, ni eliminar de su dieta los alimentos que no le gustan, ni enmascararlos con otros sabores.

→ Evitar en lo posible la comida basura: crea adicción. Pero si en alguna ocasión la toman, que nunca sea con carácter de premio o recompensa.

→ Evitar el consumo de refrescos. Es más conveniente ingerir un poco de fruta de la estación o un zumo. Esto evitaría el sobrepeso y las caries dentales que producen el azúcar refinado y los aditivos de los refrescos.

→ Procurar que en la alimentación del niño no falte ningún nutriente. Hay padres que no ofrecen a sus hijos aquellos alimentos que a ellos mismos no les gustan.

→ Predicar con el ejemplo. No se puede obligar al niño a comer un alimento del cual sus padres reniegan.

→ Evitar chantajear al niño con un premio o un suculento postre si se lo acaba todo.

→ Quitar importancia a sus llamadas de atención: hay que evitar en lo posible que se refuercen y que asocien el acto de comer con estrés y angustia.

→ Respetar el apetito del niño. No hay que obligarle a comer. Será el pediatra el que juzgue, a través de su peso y talla, si come lo suficiente.

Virginia González. Psicóloga

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