El cachete ¿es por su bien?
La bofetada, el azote… son algunos de los métodos utilizados para reprender a los niños. Algunos padres consideran que pegar a los hijos de vez en cuando es imprescindible para corregirlos. A otros, aunque están en contra de esa práctica, se les escapa la mano de forma involuntaria cuando la situación los sobrepasa.
Las últimas tendencias educativas, basadas en la tolerancia y la libertad, recomiendan el diálogo como forma de modelar la personalidad del niño, pero algunos padres no renuncian al azote o la bofetada para imponer la disciplina. Por otro lado, la actitud desafiante de los menores deja en muchos casos a los padres desarmados para hacer que cumplan las normas. ¿Qué hacer?
Situaciones que crispan
Sara no tiene más de tres años y, sin embargo, está intentando manejar a su madre en un concurrido centro comercial, con una de sus habituales rabietas. No deja de chillar, pero le da tiempo a mirar a su alrededor y controlar a su público. Su madre en un principio le repite con calma: “Vale, Sara”. La niña no para de patalear tirada en el suelo y la madre, visiblemente nerviosa, va elevando su tono de voz. No sabe qué hacer ante su terquedad. Sus labios se estrechan, sus hombros se tensan y, por último, termina por darle un azote y llevársela a la fuerza cogiéndola fuertemente de un brazo.
El azote o el cachete son todavía elementos presentes en muchas escenas cotidianas. Los padres generalmente se arman de paciencia, pero son muchas las situaciones que les hacen perder los nervios: “¡Come de una vez! ¡Deja en paz a tu hermano! ¡Te has vuelto hacer pis! ¡Te lo avisé y aun así lo has roto!, ¡No repliques! ¡Te lo he dicho mil veces!...”.
Carolina, madre de dos niños de 2 y 4 años, nos dice: “Ya sé que pegarles no es “socialmente correcto” y que hay que actuar de otra manera. Pero los niños son muy impulsivos y no siempre puedes razonar con ellos. Solo con hablar no puedes controlarlos. Hay algo que nuestros padres hacían y que hoy se ha perdido, porque los niños de hoy son muy caprichosos y se nos van de las manos”.
Posibles causas
Hay que tratar de averiguar las razones que puede haber detrás de un comportamiento difícil. Puede ser simplemente que se haya alterado su rutina y que el niño tenga hambre, esté cansado, aburrido, o incluso sobreexcitado; o puede ser que esté atravesando por una situación que le puede provocar ansiedad (nacimiento de un hermano, separación de los padres, cambio de colegio, etc.). Estas son cosas que se pueden prevenir fácilmente. Pero en muchos casos las razones son más profundas.
La llamada educación liberal, caracterizada por la tolerancia –como huida desesperada del sistema autoritario anterior– ha confundido permisividad con ausencia de normas y ha conseguido desconcertar a los padres. La supresión total de límites ante el temor de producirles traumas también tiene fallos. Inculcar la disciplina como un ejercicio de autocontrol no siempre funciona. La clave está en que la mayoría de los padres dudan a la hora de actuar frente a ellos, no saben exactamente qué es lo más correcto y desconocen los desafíos evolutivos por los que va atravesando su hijo.
No existen fórmulas magistrales para conseguir personas equilibradas, respetuosas, con espíritu de superación, serviciales… en un ambiente de buena relación. Cada persona y sus circunstancias son diferentes y, en muchas ocasiones, las tensiones y los problemas logran desbordarnos. No es fácil mantener la compostura ante las continuas situaciones de desafío.
Posibles consecuencias
Juan comentaba: “Si los azotes dejasen secuelas, nuestra generación sería una panda de tarados”. Es verdad que un pescozón aislado no traumatiza, pero hay que procurar que no ocurra. Por supuesto, si en alguna ocasión se da un azote –se preguntarán que quién no lo ha hecho alguna vez–, no hay que considerarse un maltratador, pero hay que tender a erradicar esta práctica. El castigo físico ni es terapéutico para el que lo produce, ni pedagógico para el que lo recibe. Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo.
El bofetón es desaconsejable porque, aparte de humillar al niño y dañar su autoestima, le proporciona un modelo a imitar y del que aprender. No le enseña por qué suceden las cosas ni cómo hacerlas correctamente. Este tipo de conducta genera además violencia, rebeldía, temor y falta de confianza en los padres. El niño acaba obedeciendo por miedo al castigo, pero sin comprender el motivo de la sanción en la mayoría de los casos. Y por supuesto, termina por impedir la comunicación entre padres e hijos.
Firmeza y coherencia
Está claro que es imprescindible firmeza para que el niño aprenda a respetarse a sí mismo y a los demás. Pero aprender a “someterse” sin coherencia le puede confundir. No entiende por qué a los niños se les puede pegar y a los adultos, no; por qué él no puede chillar y los mayores sí; por qué no puede mentir y a veces, cuando a sus padres les conviene, le piden que lo haga; por qué lo que hoy le permiten hacer, mañana se lo prohíben…
Se puede llevar a cabo una disciplina positiva siendo justos y haciendo lo correcto. Para establecer su autoridad, los padres tienen que tener las cosas claras. Tienen que saber cuáles son los comportamientos inaceptables, qué es lo justo y lo correcto y hacerlo cumplir.
Es importante marcar los límites a los hijos, pero también hay que ayudarlos a crecer. Hacerles saber lo que se espera de ellos, adoptar actitudes positivas recalcando las formas correctas de actuar y no censurar continuamente los errores; tomar en lo posible las decisiones contando con la opinión de todos, pero sabiendo y aceptando que la última palabra la tienen siempre los padres; compartir y disfrutar juntos de aficiones comunes; proporcionarles un entorno rico en posibilidades (juegos, lectura, música, naturaleza, etc.)… El castigo físico, aunque sea moderado o esporádico, es incompatible con todo lo anterior.
Depende de la edad
Todos sabemos que no existe una única manera de educar a los niños y que, por lo tanto, los modelos teóricos no sirven de mucho. Pero es importante saber el momento evolutivo por el que está pasando tu hijo para poder ajustar las exigencias y los límites a cada edad. No causará el mismo efecto un “¡vete a tu habitación!” en un niño de dos años, que suele tener miedo a separarse de sus padres y a la oscuridad, que en un niño de 12, que está deseando estar solo en su habitación para poder jugar con la videoconsola.
Si tratamos de comprender y reconocer sus capacidades y habilidades, no pensaremos que es malo un niño de dos años que lo toca todo, porque está en plena fase de exploración; un niño de tres que no quiere compartir sus juguetes, porque está en la etapa egocéntrica; uno de cinco que compite continuamente con sus hermanos, ya que necesita mostrar lo que es capaz de hacer… La conducta de cada niño está relacionada con su etapa evolutiva, por lo que algunas de las normas y exigencias hay que irlas adaptando a sus capacidades.
Cuidado!
Hay padres que justifican el uso de la fuerza para evitar situaciones de peligro. Por supuesto hay que proporcionar al niño un entorno seguro, pero no se consigue con amenazas o azotes. Es de gran utilidad acondicionar la casa para pequeños exploradores o asegurarse de que van de nuestra mano en espacios abiertos o con peligros potenciales, por lo menos hasta que sean conscientes de los riesgos.
Alternativas a los cachetes
1.- Palabras que expresen con claridad nuestros sentimientos pero sin atacar al niño. Conviene usar frases cortas aunque firmes: “Estoy muy enojado/a…”. Según las circunstancias, añada una pequeña frase acerca de sus expectativas: “Espero que cuelgues el abrigo nuevo y no lo dejes tirado por el suelo”. No conviene decir nada sobre el carácter del niño o de su personalidad (“eres un desastre”). Podemos decir cómo nos sentimos, pero sin necesidad de insistir en lo “malo” que es el niño.
2.- Irse. La mejor palabra de cuatro letras para cortar una pelea subida de tono. El alejarse de la escena ofrece la posibilidad de serenar el ánimo y pensar en lo que debemos decir cuando estemos otra vez con el niño.
3.- Hacer las paces cuando la tormenta ha pasado. Los padres pueden volver a mostrarse cariñosos y hacer saber a sus hijos que su enfado, por muy fuerte que parezca, es pasajero.
Nancy Samalin. “Con el cariño no basta”. MÉDICI.
En el colegio está claro
Eran otros tiempos cuando, en el colegio, por mala conducta caía el clásico “caponcillo”. Las cosas han cambiado en el entorno educativo. Desde 1985 existen claras normas de comportamiento entre el menor y sus maestros. El Ministerio establece que “todos los alumnos tienen derecho a que se respete su integridad física y moral y su dignidad personal, no pudiendo ser objeto de tratos vejatorios o degradantes. Tampoco podrá ser objeto de castigos físicos o morales”.
Los profesores pueden ser sancionados por ello, aunque en muchos casos tienen serias dificultades para imponer disciplina en sus clases. Muchos padres se quejan de los maestros pero, según el Ministerio de educación, los padres de más de un millón y medio de menores tienen acusada tendencia a emplear el castigo físico.
Virginia González. Psicóloga.
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Jueves 24 de Mayo de 2012
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