Violencia escolar: pequeños matones

Burlas, bromas pesadas, alguna agresión física... forman parte del comportamiento del conocido como el "matón de la clase", tras el que suele esconderse un niño de carácter tan inseguro como el de su víctima.

Alberto vuelve tarde del colegio. Sale el último para evitar encontrarse con Javi que, desde hace un tiempo, le insulta, le quita el bocadillo y le rompe los cuadernos. No quiere ir a clase, a veces prefiere no salir al recreo y no tiene ganas de hacer los deberes. Pero sus padres no lo saben. Javi se divierte haciéndose el fuerte frente a Alberto y demostrando ser el ?matón• de la pandilla. Así se siente diferente. No tiene ganas de volver a casa, ni de estar en el colegio, muchas veces se siente solo e inseguro. Pero sus padres tampoco lo saben. Lo que les ocurre a Javi y a Alberto no es una situación aislada. Se reproduce día tras día en muchos colegios. Los niños a menudo participan en actos que implican cierta agresión, como bromas pesadas, peleas, etc. Sin embargo, algunos de estos comportamientos, que suelen darse en una etapa temprana, si no son corregidos a tiempo pueden llegar a convertirse en costumbre y degenerar en un problema bastante más serio.

Violencia en la escuela

Los últimos estudios evidencian el aumento de la violencia, tanto física como verbal, en muchas de nuestras escuelas. Y si hasta hace poco los primeros síntomas que delataban a estos niños ?maltratadores• o ?matones• despuntaban hacia los 10 años de edad, ahora se empiezan a vislumbrar hacia los 8. Tan sólo en una década, los casos de violencia en las aulas han aumentado de un 17 a un 40%. De ahí la necesidad de saber hacer frente de manera adecuada a estas situaciones. Una de las características que suele definir tanto al niño que agrede como al que se convierte en víctima de sus agresiones es que ambos tienen problemas en el desarrollo de la autoestima. El primero actúa de forma violenta o molesta frente al resto de los compañeros para fortalecer su identidad, y el segundo, que no sabe cómo defenderse, se siente cada vez más inseguro. Muchos de estos ?matones• se sienten en realidad rechazados y tienden a buscar una pandilla de amigos violentos con quienes reforzar sus acciones.

El ambiente familiar

Las investigaciones al respecto han demostrado que la mayoría de los niños que ejercen la violencia se sienten rechazados. En muchos casos, viven en un ambiente familiar excesivamente permisivo que favorece su escasa tolerancia a la frustración. Como en la escuela han de respetar unas normas de convivencia, intentan hacer valer sus opiniones imponiendo la ley del más fuerte. Pero también una familia conflictiva o en la que el menor se siente excesivamente dominado o ridiculizado puede provocar que, en la escuela, intente reproducir esos patrones mediante el hostigamiento a sus compañeros. Un maltrato constante hacia los otros que puede ser físico o verbal y en el que la exclusión ?que suelen ejercer mucho más las chicas• se convierte también en una forma de asedio. En general, puede decirse que estos chicos tienen un rendimiento escolar más bajo, un alto grado de fracaso y poco interés por la escuela. Muchos de estos síntomas se dan también en los llamados niños hiperactivos, que suelen ser desobedientes, irritables, caprichosos, se distraen fácilmente, y en general, no son muy conscientes de las normas. Por tanto, existe la posibilidad de que muchos de esos ?matoncillos• sean, en realidad, niños hiperactivos que precisarían ser tratados de manera adecuada por un psicopedagogo. En ellos confluyen los problemas del matón y de la víctima.

Las víctimas

A menudo resulta difícil saber cuándo los niños tienen problemas con los compañeros. Para los padres, es fundamental observar si manifiestan cambios de conducta, como no querer ir al colegio, mayor timidez o una ansiedad que antes no era habitual. Además, en determinados casos, algunos pequeños llegan a enfermar al somatizar la tensión y la angustia que están viviendo. La mayoría de las víctimas suelen ser niños tímidos, con algún tipo de peculiaridad (llevan gafas, están delgados o gordos...) y poseen un rendimiento académico mayor que el agresor, un rendimiento que puede bajar a medida que se va sintiendo más frágil y dominado. Algunos de estos pequeños pueden llegar, a su vez, a convertirse en agresores de otros y utilizar el maltrato como mecanismo de defensa ante la propia inseguridad.

¿La solución?

Cuando un niño confiesa a sus padres que es víctima de otro u otros en el colegio, la reacción de los progenitores suele ser inmediata: se presentan en el centro educativo para exigir una solución rápida del conflicto. No es ésta, sin embargo, la medida más adecuada. Una reacción impulsiva no es la mejor solución, como tampoco lo es tomarse la justicia por su mano y pedirle cuentas al menor que molesta o a sus padres, y mucho menos recomendar a la víctima que responda al trato que recibe con la misma moneda. Sobreprotegerlo, permitiendo que se quede en casa y falte al colegio tampoco es recomendable. Antes de tomar cualquier decisión hay que valorar la situación. Es preciso hablar con el niño para conocer sus relaciones dentro del centro y tratar de averiguar las causas por las cuales se siente víctima de un compañero. Es importante hablarle en un tono tranquilizador y comprensivo porque la mayoría de los pequeños que se sienten agredidos temen comunicar a sus padres su problema. Si la situación se agudiza es aconsejable hablar con el tutor del niño y, en casos extremos, con el Consejo Escolar o la Asociación de Padres del centro.

Características y prevención

Los estudios realizados en las dos últimas décadas sobre la violencia entre escolares, denominada en inglés bullyng (de bull, matón), reflejan que los niños que desempeñan el rol de matones se caracterizan por: • Una situación social negativa en el colectivo de la clase: son rechazados por una parte de sus compañeros, pero cuentan con algunos que les siguen en su conducta violenta. • Una acentuada tendencia a abusar de su fuerza (suelen ser físicamente más fuertes que los demás), alta impulsividad, escasas habilidades sociales, baja tolerancia a la frustración, dificultad para cumplir normas, relaciones negativas con los adultos y bajo rendimiento. • Una capacidad de autocrítica escasa, lo que explica el que, a pesar de los problemas anteriores, su autoestima sea media o incluso alta. • Entre los principales antecedentes familiares suelen observarse: dificultades, en los adultos encargados de su cuidado, para proporcionar una relación afectiva cálida y segura, así como para enseñar a respetar límites, ya que combinan la permisividad ante conductas antisociales con el empleo del castigo físico. Para prevenir o detener los problemas anteriormente descritos sería conveniente: • Eliminar las situaciones de exclusión que, con frecuencia, se producen en el aula, empleando métodos de enseñanza que ayuden a conseguirlo, como el aprendizaje cooperativo en equipos heterogéneos. • Enseñar a rechazar toda forma de violencia, para lo cual, los adultos deben renunciar a emplearla entre ellos o con los niños a los que deben educar. • Ayudarles a desarrollar habilidades sociales y crear contextos educativos en los que los niños puedan expresar la tensión y resolver los conflictos sin violencia. • Enseñar a respetar límites a través de una disciplina coherente, basada en la comunicación, que permita al niño comprender las consecuencias que la conducta antisocial produce en los demás, arrepentirse de haberla utilizado y reparar el daño que ha causado. • Eliminar la asociación sexista de los valores masculinos con el dominio y el control absoluto de los demás, ayudando a rechazarla de forma generalizada.

Charo Barroso

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