Nunca le digas que es malo

Todos los padres queremos que nuestros hijos se comporten correctamente. Pero en el día a día, nuestra paciencia se pone a prueba en numerosas ocasiones y, a veces, decimos cosas para corregir su comportamiento que les pueden hacer mucho daño.

No siempre los niños se portan como uno desea. Enseñarles no es fácil. Por mucho que se los quiera, en numerosas ocasiones su comportamiento puede hacer que los padres se sientan impotentes y echen mano de enfados y reproches para conseguir modelar su conducta. Por ello cada día, sin darnos cuenta, podemos decir a nuestros hijos frases que realmente no pensamos y pueden hacerles más daño de lo que creemos. Antes de expresar alguna amenaza o expresión desagradable, es mejor tomarse algún tiempo para pensar lo que se va a decir.

Palabras que hieren

Hay que tener en cuenta que la opinión de los demás influye mucho en la imagen que cada uno tiene de sí mismo. Cuando el adulto sanciona al niño con frases del tipo “eres malo ...” o “por tu culpa...”, seguramente no tiene intención de herirle, solo está expresando su enfado o cree que así modelará en él una conducta adecuada. Pero mensajes como estos, son dolorosos para el pequeño ya que su mente y su espíritu son todavía muy vulnerables y frágiles. Él lo percibe como una falta de confianza y de cariño por parte de las personas que más quiere. Y cuando estos comentarios comienzan a ser usuales, el niño puede empezar a creer que estas afirmaciones son ciertas, lo que les genera sentimientos de desvalorización, baja autoestima e inseguridad personal. Esta inestabilidad emocional, además de minar las relaciones entre los miembros de la familia, limita las potencialidades de su desarrollo intelectual e incluso influye negativamente en su conducta. Hay que pensar, por tanto, en las consecuencias que puede tener lo que se le dice, aunque a veces sea en broma. Ningún niño, adolescente o adulto merece que le hagan sentir que es malo o que no vale nada. Estas palabras dejan huella.

No son malos

Los niños no son esencialmente malos. Si es verdad que muchas veces se comportan de forma molesta, peligrosa, hiriente, destructiva o poco colaboradora. Pero tienen sus razones. Los niños necesitan estimulación continua y aprenden por experimentación. Su gran curiosidad les hará meter la mano en el enchufe, tocarlo todo o alejarse demasiado para conocer el mundo. En otras ocasiones les falta la información acerca de las consecuencias que tendrá su conducta. Quizás desconoce que, si se esconden debajo de la mesa y tiran del mantel, se puede caer todo y ni siquiera se imagina lo que cortan los cristales. Tampoco conocen demasiadas formas adecuadas de interactuar con los demás. Muchas veces tienen deseos, frustraciones o sentimientos que no saben como expresar. Por ejemplo, pegar o morder los puede ayudar a liberar tensiones o conseguir cosas que todavía no les permite su incipiente lenguaje, como recuperar el juguete que le han quitado u obtener la atención de sus padres. Antes de afirmar que un niño es malo nos deberíamos poner en su lugar y tratar de comprender sus necesidades, su desinformación y sus sentimientos. Por supuesto, hay que detener los comportamientos no aceptables, pero no humillándolos.

Hay alternativas

Las normas siempre han de estar presentes y seguramente habrá que recordárselas en numerosas ocasiones. Cuando el niño las transgrede, hay que mostrarle nuestra desaprobación de una manera firme pero sin herirle. Hay que explicarle, mirándole a los ojos, que su actuación no ha sido correcta y hacerle ver las consecuencias. Pero también hay que indicarle cuál es la conducta adecuada. Prohibir a los niños continuamente no implica que aprendan los comportamientos correctos. Sólo sabe que pegar no está bien, pero desconoce cómo conseguir educadamente lo que desea. Hay que servirles de ejemplo para mostrarles nuevas formas de relación (utilizar el lenguaje para expresar sentimientos, respetar las cosas ajenas, escuchar al otro, establecer turnos, aprender a esperar...) y facilitarles el conocimiento del mundo, de modo que aprendan por ejemplo a hacer un uso adecuado de los objetos. Hay que practicar lo que uno promulga. Y por supuesto, hay que elogiarlos y prestarles atención cuando estén actuando de forma apropiada. De este modo, verá que valoramos su buen comportamiento y no tendrá que recurrir a conductas inapropiadas para conseguir que le hagamos caso. Y si aun así no lo hace bien, hay que darle la oportunidad de tener conductas reparadoras, es decir, pedir disculpas, recoger el zumo que se le ha caído, etc. La mejor forma de modelar las conductas es a través de una sana comunicación. El desarrollo del lenguaje y la comprensión serán fundamentales para conseguir el autocontrol, la confianza en sí mismo y la autoestima.

Expectativas razonables

Muchos padres se quejan de que libran cuantiosas y desmoralizadoras batallas (recoger juguetes, peleas, aseo, comidas, horarios...) y eso les hace perder la paciencia. Si escribiesen en una hoja los comportamientos que no les gustan, la lista seguramente sería interminable. Quizás demasiadas normas o unas excesivas expectativas. Hay padres que creen que su obligación es corregir al niño las 24 horas del día para mejorar su comportamiento. Y le censuran y censuran en muchos casos sin tener en cuenta sus necesidades, habilidades o madurez. No se trata de ser indulgentes, pero tampoco pedirles más de lo que pueden dar. Es importante que su comportamiento sea apropiado y que vaya erradicando las conductas inadecuadas. Necesitan saber lo que está bien y lo que está mal pero seguramente será más eficaz concentrar primero nuestras fuerzas en los aspectos más importantes –sobre todo los que implican seguridad– y establecer unos límites claros y bien definidos. Límites que han de ser coherentes y han de mantenerse a lo largo de las distintas situaciones, por todos y cada uno de los miembros de la familia. Por ejemplo, no se les permitirá saltar sobre la cama si la norma establecida lo prohíbe, aunque necesitemos que nos dejen un momento libre para hablar tranquilamente por teléfono.

Comportamientos inaceptables

Antes de perder la paciencia y recurrir a las descalificaciones se pueden tomar ciertas precauciones para tratar de disminuir al máximo los conflictos. Si no queremos llamarles la atención continuamente, lo primero es hacerles saber que los queremos y reservarles un huequecito en nuestra agenda para estar con ellos a solas. También hay que asegurarse de que el entorno en el que se mueven no entraña peligro. Ser padres con recursos les reportará continuo entretenimiento y no los dejará caer en el aburrimiento y tener ideas peregrinas. Confiar en ellos nos quitará trabajo y ellos se sentirán autosuficientes. Ser previsores y satisfacer sus necesidades básicas evitará que se vuelvan irascibles por estar excesivamente hambrientos, sedientos o cansados. Seguir rutinas les da seguridad, porque pueden anticipar lo que van a hacer a continuación. Explicarles con tiempo la alteración de esas rutinas (viaje, visita al doctor) evitará comportamientos imprevistos. Se suelen resistir a obedecer órdenes, suelen aceptar mejor las prohibiciones y las alternativas. Por supuesto, es imposible evitar todos los conflictos y para cuando se produzcan nosotros debemos estar ahí comprendiéndolos y recordándoles las normas una vez más, pero con PALABRAS AMABLES.

¿Y si ellos nos dicen “eres malo”?

Al niño cuando está enfadado le resulta difícil distinguir entre lo que decimos o hacemos y entre lo que somos. Cuando le contradecimos, podemos escuchar de sus labios “eres mala... ya no te quiero”, sobre todo si lo ha escuchado con anterioridad hacia él. En ese instante puede que nos odie, o que esté utilizando estas expresiones como una poderosa herramienta manipuladora. No debemos tomarlo como una afrenta personal, ni dejar que nos influya en nuestro amor propio de forma que nos provoque sentimientos negativos o que nos haga flaquear a la hora de ponerle límites. Simplemente reflejan su estado de ánimo en ese momento. La mejor manera de responder a este tipo de provocación es reconocer sus sentimientos y explicarle que se comprende su malestar, pero nunca ceder a sus demandas. Virginia González. Psicóloga

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