Sexualidad infantil. Las cosas, por su nombre

Nacer niño o niña es el primer condicionamiento biológico para el desarrollo sexual. Pero a este factor, se suman inmediatamente influencias educativas y culturales. Factores biológicos, psicológicos y sociales configuran a lo largo de la vida patrones de conducta específicos en cada individuo.

El concepto de sexualidad infantil no es equivalente al de sexualidad adulta en el sentido de que no puede ser analizada bajo los mismos parámetros. El niño utiliza su sexualidad no solo como fuente de placer, sino sobre todo como fuente de conocimiento. Por ello no hay que ruborizarse cuando hablamos de la sexualidad de los niños.

Los padres eligen

Hoy en día la infancia está muy expuesta a todo tipo de información sobre el sexo. Los padres han de tener claro el tipo de orientación que desean dar a sus hijos y deben ser ellos los que se encarguen de su educación a todos los niveles. No deben delegar en otras personas. No se trata solo de informarlos sobre cuestiones físicas (diferencias anatómicas, procesos biológicos), sino también sobre aspectos emocionales y de relación humana (amor, respeto, sentimientos, generosidad, fidelidad). No todo el mundo tiene las mismas convicciones: la sexualidad infantil está íntimamente relacionada con el mundo cultural y las vivencias personales. Es necesario estar en continua comunicación con los hijos y propiciar un ambiente de confianza en el que se pueda transmitir y buscar información u orientación, aclarar dudas, hablar sobre lo que creemos correcto o no, ayudarlos a entender sus emociones sin estar influidos por lo que digan los demás y conversar sobre las responsabilidades y consecuencias de sus acciones.

Preguntas incómodas

Un día, cuando menos se espera, el niño comienza a hacer “grandes” preguntas: ¿Cómo nacen los niños?, ¿cómo entré en tu tripa?, ¿por qué yo no tengo lo mismo que mi hermano?... Muchas de ellas seguramente nos pillarán desprevenidos y no sabremos qué contestar. Hay que tratar de responderles con naturalidad en ese momento, con explicaciones claras y sencillas, adecuadas a la situación concreta de cada pequeño, sin abrumarlos con largos discursos. Hay que responderles con verdades ampliables y, si los vemos muy interesados, ir agregando más detalles. Y aunque la pregunta nos incomode, no hay que ridiculizarlo, avergonzarlo o regañarlo, ya que entonces dejará de acudir a nosotros y preferirá la información de sus amigos, información que generalmente suele ser incompleta o equívoca. Nunca es demasiado pequeño para conocer las respuestas de “esas preguntas”: si las hace, es que algo le inquieta y merece una respuesta precisa y sincera. Y si, además, motivamos preguntas futuras, mucho mejor (“es una buena pregunta”, “recurre a mí cuando quieras saber algo más”, etc.). Hay padres que creen que dar demasiada información a los hijos puede propiciar que lleven a cabo sus primeras experiencias sexuales. No es así: los niños que están mejor informados a la larga cometen menos imprudencias en sus relaciones, tienen menos riesgo de ser manipulados y valoran más la afectividad.

Un proceso continuo

El desarrollo de la sexualidad humana comienza cuando el bebé es acariciado con delicadeza y ternura. Este contacto corporal es necesario para sentirse querido y desarrollar un sentimiento de confianza en los seres que le rodean y en sí mismo. A partir de los 2 años, el niño sabe que es niño, y la niña, que es niña. Comienza a consolidar su imagen corporal gracias a las destrezas que va adquiriendo y a la valoración de su cuerpo. Se basa sobre todo en aspectos externos y visibles, como la ropa, el peinado o los accesorios, pero ya reconoce sus partes corporales y comienza a tener curiosidad sobre las diferencias anatómicas. En torno a los 3 ó 4 años empieza a adquirir la identidad de género. Se clasifica y sabe clasificar a los demás según su sexo. El género femenino o masculino es uno de los primeros contenidos que entran a formar parte del concepto de sí mismo y del conocimiento que tiene el niño de otras personas. Ser niño o niña es uno de los rasgos que más le identifican, pero todavía en función de atributos externos, con lo cual creen que si cambia, por ejemplo, la ropa, el niño se puede convertir en niña. Posee gran curiosidad por todo lo que le rodea, incluidos los genitales, por lo que cabe esperar que en algún momento se los toque, los exhiba e intente compararse con otros niños, o incluso con adultos. También es ahora cuando lanza sus grandes preguntas. A los 6-7 años, o antes si están familiarizados con las diferencias anatómicas, aparece la constancia del género, es decir, los niños saben que el sexo no se modifica aunque cambien los aspectos externos. Su actitud es más activa y es posible que en sus juegos imiten conductas sexuales semejantes a las del mundo adulto, pero con las restricciones individuales determinadas por la influencia de la familia. A partir de los 9 años, el niño sabe que el sexo se encuentra rodeado de secretos y así lo tratará en grupo, pero solo con sus amigos más íntimos. En la preadolescencia necesitan conocer los cambios que va a experimentar su cuerpo y, aunque no siempre nos pregunten, sería conveniente charlar sobre las relaciones sexuales y sus consecuencias. Este devenir refleja un desarrollo normal de su sexualidad, aunque haya ciertas actitudes o comportamientos que nos resulten incómodos. Teniendo esto presente, más que reprimir debemos servirles de guía.

¿Dónde están los límites?

Hemos visto que para cada edad existe un repertorio de conductas sexuales frecuentes, que deben cambiar o desaparecer con el desarrollo. Cuanto más pequeños son los niños, más desinhibición muestran en dichas conductas. Cuando los vemos explorar su cuerpo e intentan hacer lo mismo con el del prójimo, solo se puede explicar desde su condición de niños y no desde la visión de los adultos. Lo hacen para construir la imagen de su propio cuerpo, para investigar. Poco a poco, conforme vayan evolucionando, perderán el interés por estas conductas. Pero si no nos agradan, podemos indicarles de forma cariñosa ciertas restricciones que les harán valorar el sentido de la intimidad y el pudor. No obstante, aunque nosotros lo comprendamos, no podemos esperar que lo haga también el resto de los adultos que estén presentes. Siempre queda el recurso de proponerle al niño actividades atractivas que desvíen su atención en ese momento.

El pudor infantil

Y de repente un buen día, el pudor hace acto de presencia. Se resiste a que le cambien en presencia de otras personas, quiere estar solo en el cuarto de baño, ya no quiere bañarse desnudo en la playa o en la piscina. Es normal, es un rasgo propio de nuestra cultura y hay que respetarlo. Es un paso más en su evolución. No hay que reírse de él ni ridiculizarlo.

Ideas que ayudan

· Mostrar expresiones de cariño delante de los hijos. Nada mejor para el desarrollo de niños y jóvenes que las manifestaciones de afecto entre los padres. Los ayudará a mantener el equilibrio emocional. · Protegerlos psicológicamente. Es muy importante que aprendan a conocerse y a conocer a los demás respaldados por una buena autoestima y buenas dosis de cariño. · Educar en la igualdad de sexos. No existen tareas propias de hombres o de mujeres, ni existen ventajas o desventajas de un sexo respecto al otro. Y, por lo tanto, se hablará con niños y niñas por igual, independientemente de su sexo. · Comenzar a hablar de sexo cuanto antes. No se trata de hacerlo en cualquier momento, sino cuando ellos se interesen y en los mismos términos que ellos lo hagan. Pero si no lo hacen, buscaremos la ocasión. Esperar hasta la pubertad puede ser demasiado tarde. · Huir de los tópicos (“los niños los trae la cigüeña”) y llamar a cada cosa por su nombre. La cabeza es cabeza, el brazo es brazo y el pene es pene. Esto hará que el niño no se sienta confundido. · Un aprendizaje continuo. Las charlas o respuestas aisladas y esporádicas no son de gran utilidad. Los conocimientos se van apoyando unos sobre otros a lo largo de la vida, y no solo a nivel verbal, sino a través de la experiencia y el ejemplo. · Transmitir valores. Desde muy temprano, el niño debe entender que la sexualidad es también un conjunto de sentimientos y afectos, hacia uno mismo y hacia los demás. · No quemar etapas precozmente. Si sus entretenimientos o programas de TV no son acordes a su edad, los niños superarán etapas con demasiada rapidez y abandonarán los juegos infantiles para imitar a los adultos. · Hablar sobre las diferencias. Una sólida educación sexual ayuda a reforzar el concepto de familia, pero no está de más comentar los distintos modelos de familia alternativos que han ido surgiendo a partir de los cambios culturales. · Reconocer que no se sabe todo. Cuando el niño nos pregunte algo cuya respuesta desconocemos, no pasa nada por admitirlo. Es mejor buscar juntos una respuesta (en libros o personas del entorno) que darle una explicación errónea.

Algunas Situaciones

“Cuando sea mayor me casaré contigo” El niño quiere que su mamá sea exclusivamente de él. Quiere estar siempre a su lado y la llena de besos y abrazos. Es una promesa conmovedora, pero no hay que caer en la trampa y contestarle “sí, eres mi amor, mi maridito”, especialmente si se trata de madres solteras, divorciadas o que mantienen malas relaciones con su marido. El reconocimiento de esta alianza puede confundir al niño, ya que borra los límites de lo que social y culturalmente es aceptado. A la niña le sucede algo parecido con su padre. “Dormir con los padres” Dormir en la cama de la pareja, en medio de ambos, es algo que todos los niños intentan. Recurren a toda clase de excusas: miedo a la oscuridad, frío, dolor de tripa... Muchos padres hacen la vista gorda o son ellos mismos los que los invitan a compartir su cama. Si esto ocurre, debe ser en ocasiones excepcionales y hacérselo saber al pequeño. Los límites han de quedar claros, no debe convertirse en costumbre. “¿Y por qué yo no tengo papá?” A una madre soltera la respuesta puede parecerle complicada. No se puede dejar de hacer referencia a la presencia de un padre. Negar su existencia o no nombrarlo le puede originar confusiones al niño, se criará sin historia. Cada cual elegirá la explicación que crea más adecuada, pero aunque el padre no viva con ellos, el niño ha de tener la certeza de que su padre existe. “¿Me baño con mis hijos?” No existe una norma establecida. En principio, bañarse juntos puede ayudar a apreciar con naturalidad el propio cuerpo y el cuerpo de los otros. Pero si algún miembro de la familia desea mayor intimidad, no hay por qué forzar la situación, han de respetarse los deseos de cada uno. Virginia González. Psicóloga

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