Dichoso catarro

El primer resfriado del bebé suele ser alarmante para los padres

Durante su primer año, Jorge se libró de virus, mocos, fiebre y demás molestias. Mientras mi marido y yo caíamos como moscas, el niño estaba fresco como una lechuga y se iba librando de los resfriados como si tuviera una barrera protectora a su alrededor.

Sin embargo, debe ser que la inmunidad se le ha terminado y el pobre ha hecho su introducción en el “maravilloso” mundo de los catarros otoñales. Todo comenzó una noche en que comencé a oírle toser, me extrañó y al acercarme a la cuna para tocarle, entré en estado de pánico… ¡el niño está hirviendo!

Cual madre primeriza corrí alarmada con el niño en brazos a avisar al padre. Afortunadamente, mi marido puso la templanza que a mi me faltó y con voz tranquila comentó, ‘no pasa nada, le damos Apiretal y nos vamos al hospital’.

¿Dónde está el Apiretal? ¿Y las llaves del coche? ¡Ah! Tengo que cambiarme las zapatillas de estar por casa y coger los zapatos... Yo corría como una loca por toda la casa, y me terminé de desencajar al ver el termómetro, el niño tenía 39,5 de fiebre.

Qué mal se pasa cuando tu hijo no está bien, es una sensación nueva, inquietante y muy muy dolorosa. Cuando aparecimos en el hospital no éramos más que otros padres que llevaban a un niño con un proceso vírico, están tan acostumbrados a ver estos casos que después de mirarle y descartar otras enfermedades nos mandaron a casa con el Santo Apiretal.

Mientras volvíamos a casa pensaba que siempre me había tenido por una persona de sangre fría y, sin embargo, un poco de fiebre del bebé me habían descompuesto en extremo. Esto de la maternidad está poniendo a prueba todas mis capacidades. La primera vez que se cayó Jorge, me puse a llorar como una tonta, claro que se pegó uno de esos trompazos que hacen historia.

Jorge pasó unos días con mocos, fiebre, tos y malestar. Durmió mal, perdió el apetito y por último hizo su aparición la diarrea. Y, cuando él comenzó a levantar cabeza, caímos todos a su alrededor, desde los abuelos pasando por los tíos y primos. Lo increíble de todo esto es la capacidad de recuperación que tienen los niños. Unos días después corría y gritaba como si nada hubiera pasado.

Y en cuanto a mi, ya estoy preparada para vivir los próximos catarros sin descomponerme a la primera de cambio. O al menos, eso espero.

¿Te diste también un buen susto con el catarro de tu peque?

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