Televisión, escuela y familia.

La reorganización de la distribución de la responsabilidad educativa entre televisión, escuela y familia es una cuestión clave de nuestro tiempo. Las familias parecen estar declinando sus responsabilidades educativas y estar transfiriéndolas, de modo consciente, a la escuela y, latentemente, a la televisión. La escuela parece dejar buena parte de la educación en manos de la televisión. Y, por su parte, la televisión parece querer desentenderse a toda costa de su responsabilidad educativa.

Todo este proceso está conduciendo a cambios y conflictos. Ni las escuelas, ni las familias se sienten seguras y de acuerdo con sus nuevos roles, y, por su parte, la televisión parece dedicarse, como Penélope, a destejer por la noche lo que la escuela está tejiendo de día. De lo que se trataría, en esta situación, es de intentar equilibrar y armonizar las influencias educativas y las responsabilidades formativas de la familia, la escuela y la televisión.

Familias con menos tiempo

¿Por qué aumenta la importancia de la escuela y de los medios audiovisuales en la educación? Entre otras cosas, porque la escuela y la televisión ocupan cada vez más tiempo en la vida de los jóvenes y de los niños. En el caso de la escuela la razón es evidente. Las familias tienen cada vez menos tiempo para atender a sus propios hijos e intentan transferir la responsabilidad educativa a los centros educativos. Las familias, tradicionalmente, tenían que procurar a los niños un entorno que, como mínimo, les asegurase la adquisición de la herencia cultural, el aprendizaje de las habilidades y saberes elementales y la custodia y la tutela. Pero las familias han ido, paulatinamente, debilitándose como espacio de tutela y protección en la medida en que perdían recursos humanos y, sobre todo, el recurso tiempo. Los abuelos difícilmente conviven ya con los nietos; muchos hogares son monoparentales y, si a ello añadimos el crecimiento que ha experimentado el tiempo consagrado al trabajo, se comprende que es normal que tienda a aumentar el tiempo-escuela en detrimento del tiempo-familia. Del mismo modo, a medida que se reduce el tiempo-familia, y el tiempo-escuela alcanza su tope, el tiempo-televisión tiende a ocupar ese tiempo-vacante. El Libro Blanco: la educación en el entorno audiovisual, del Consejo Audiovisual de Cataluña, señalaba este proceso: “La televisión es la tercera actividad en importancia de los niños tras la de dormir y la de asistir a la escuela. Pero, siendo precisos, la televisión ocupa, generalmente, más tiempo que la escuela. En función de los datos de audiencia registrados en España durante los últimos años, el consumo anual de horas de televisión de un niño/a, de entre 4 y 12, es de unas 990 horas de televisión. En ese mismo período –calculando 5 horas de clase al día, 1 hora de estudio y multiplicando esas horas por unos 160 días lectivos– se deduce que un niño/a dedica 960 horas a la escuela. Esto es, dedica al año 30 horas más a ver la televisión –990 horas– que a la escuela. Pero, si se tiene en cuenta que todas esas horas de consumo televisivo –a diferencia de las escolares– se reparten tanto entre los períodos lectivos como en los vacacionales, se comprenderá la influencia continua y perenne que puede tener la televisión en la formación de los niños y jóvenes frente a la más esporádica de la escuela”.

Escuela: nuevas exigencias

Ha crecido el tiempo–escuela y simultáneamente las exigencias que se le plantean al sistema escolar no son ya las tradicionales. En general, se tiende a esperar y a exigir de las escuelas que sean un espacio de custodia y permanencia de los niños más que un ámbito de instrucción y aprendizaje. Lo importante parece ser –tal como se percibe en la gestión de los centros educativos– custodiar a los niños en los centros educativos mientras sus padres y madres trabajan. Antes, ese deber de custodia, siempre necesario, se situaba en un segundo plano y se constituía en un medio para alcanzar el fin de aprendizaje y formación. Pero hoy en día se está convirtiendo en un fin en sí mismo. Esto ha hecho que la función instructiva de la escuela esté decayendo, lo mismo que la educativa. Mientras la función de custodia o de permanencia –pocas veces reconocida, pero siempre latente– tiende a aumentar.

Las funciones de la televisión

La función de la televisión también está cambiando. En sus primeros tiempos, sobre todo en Europa, donde se impusieron los principios del servicio público, las televisiones tenían encomendadas claramente funciones de tipo informativo –relacionadas con los intereses ciudadanos–, formativas y de entretenimiento. Estas funciones eran asumibles porque el tiempo social estaba distribuido según una agenda equilibrada: trabajo, ocio, descanso, vida ciudadana, etc. Sin embargo, el desarrollo social ha conducido a que la televisión haya ocupado la mayor parte del tiempo de ocio y casi todo el tiempo-hogar. Así las cosas, es la función de entretenimiento la que prevalece y tiende a ahogar a todas las demás. Esto daña la función formativa de la TV, pero paulatinamente erosiona también la función informativa. De este modo, el rol de la televisión parece ser únicamente el de la custodia y la permanencia de la audiencia –en esto se asemeja a la nueva escuela–. En ambos casos se trata de asegurar la custodia y la permanencia de quienes como alumnos entran en la escuela o de quienes como espectadores se acomodan delante de la TV.

¿Quién se ocupa de educar?

Pero en este contexto, ¿quién se encarga de educar? Ésta es la cuestión auténticamente importante. Pues bien, las tendencias son claras. Las familias, progresivamente, disponen de menos tiempo y de menos recursos para educar a sus propios hijos. Por tanto, pueden educar cada vez menos. Las escuelas, en la medida en que se preocupan casi exclusivamente de la custodia permanencia, experimentan cómo sus profesores tienen cada vez más problemas a la hora de educar y, sobre todo, a la hora de enseñar. Por su parte, las televisiones –interesadas también en la permanencia de los espectadores delante de la programación y alejadas de las responsabilidades educativas– no solo no educan sino que tienden a deseducar: suelen promover valores contradictorios con los educativos, a potenciar el escapismo y a desalentar la participación democrática.

¿Qué se puede hacer?

Nos enfrentamos a dos grandes cuestiones por resolver: La primera es tomar conciencia ante el fenómeno que acabamos de describir, es decir, ante la nueva distribución de las funciones entre escuela-televisión-familia. Esta toma de conciencia tiene que ser individual, colectiva e institucional. Necesitamos, como individuos, miembros de la comunidad y ciudadanos, conocer con claridad lo que está pasando y hacerlo con precisión. Necesitamos ser conscientes de las consecuencias de este abandono de lo educativo y de los perjuicios que puede acarrear. Cuanto mayor sea esa conciencia y cuanto más clara sea nuestra percepción del fenómeno, antes podremos afrontar los efectos negativos. La segunda: hay que poner en marcha una estrategia para cambiar la situación. Para ello, es preciso trabajar en tres dimensiones al mismo tiempo: 1 Reforzar la función educativa de la familia: dotarla de mayores recursos (tanto humanos como de tiempo y económicos) para atender mejor a la formación de sus hijos. Hay tareas educativas que sin la familia –sea cual sea el carácter de ésta– no se podrán cumplir con eficacia. En este caso, este refuerzo implica también que la familia se ocupe del desarrollo de los niños en el tiempo escolar y que haga lo mismo con el tiempo de televisión, entre otras cosas. 2 Proteger la función educativa e instructiva de las escuelas: reducir el valor que hoy se atribuye a la permanencia y procurar mejores condiciones para la instrucción, el aprendizaje y la formación. Aquí se incluye la responsabilidad de que la escuela instruya y eduque sobre el uso de los medios y la televisión. 3 Aumentar la responsabilidad educativa de la televisión: las televisiones, tanto las públicas como las privadas, no pueden tener como único valor sujetar a la audiencia y hacerla permanecer delante del televisor. Tienen que dedicar recursos a la educación y a la formación. 4 Equilibrar los tiempos y las funciones entre familia–televisión–escuela: se trata de armonizar los tiempos entre las tres instituciones de las que venimos hablando. Si queremos conseguir una sociedad equilibrada y una educación que valga la pena, el tiempo-familia tiene que ser superior al tiempo-escuela y éste, a su vez, superior al tiempo-televisión. Esto significa que en la actualidad, la situación es justamente la inversa de la deseable. Solo de esta manera seremos todos auténticamente responsables de la educación de los niños y jóvenes. A modo de conclusión, para compartir y cumplir la responsabilidad social de la educación, habrá que revitalizar la función educativa de la familia, reforzar la de la escuela y pedirle a ambas instituciones que se ocupen también de educar en el uso de la televisión; a la televisión habrá que exigirle mayor responsabilidad educativa. Pero, sobre todo, tiene que reestructurarse urgentemente el uso social del tiempo.

La “Educación en Medios”

Los profesores y la escuela se mueven ante la televisón con cierta ambigüedad. La critican con dureza, pero al mismo tiempo, los seduce. La critican porque ven que muchos programas suelen disolver su esfuerzo educativo. Pero los seduce porque ven el poder y la fuerza de fascinación que tiene delante de los estudiantes. Es esta ambigüedad la que los deja perplejos y les impide actuar. ¿Es posible escapar de esa perplejidad y hacer algo? Sí es posible, pero para ello la escuela debería: • Aceptar la televisión como un medio capaz de transmitir conocimiento y valores, no solo como un medio perverso. • Educar en el uso de la televisión con mesura y discreción. • Enseñar a seleccionar los programas según los intereses de los niños, los jóvenes, las familias y la educación. Es decir, con racionalidad. • Educar el gusto estético por la buena televisión y por la televisión bien hecha. • Ayudar a conocer cómo se hace la televisión y a qué estructuras responden sus programas, para comprender sus intereses y objetivos. • Enseñar a ser críticos con los programas y a analizar los significados que transmiten desmontando así la fascinación y el deslumbramiento que producen. • Enseñar también a usar los medios audiovisuales como lenguaje, como medio de expresión y como instrumento de análisis y observación. • Finalmente, enseñar a exigir una mejor televisión. Esto, concretamente, se llama Educación en Medios, y la UNESCO la viene reclamando desde hace mucho tiempo. Debería enseñarse en todas las escuelas y es una disciplina apasionante y necesaria.

José Manuel Pérez Tornero Director del Máster Internacional de Comunicación y Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del “Libro Blanco: la educación en el entorno audiovisual”, publicado por el Consejo Audiovisual de Cataluña.

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