Cascada del Purgatorio, en El Paular, Madrid

Rutas - Naturaleza
Madrid - Rascafría, España

Descripción de Cascada del Purgatorio, en El Paular, Madrid

La zona de El Paular y de Rascafría está llena de misterio, leyendas, montañas nevadas y hermosos paisajes.

Salida. Las Presillas, Rascafría. El objetivo de nuestra marcha campestre de hoy son las Cascadas del Purgatorio. Salimos de esta área recreativa que incluye varias piscinas naturales excavadas por el río. Hasta aquí se llega siguiendo la carretera M-605, que atraviesa el pueblo de Rascafría y sigue hacia Cotos. Una vez llegamos al monasterio de El Paular, seguimos más o menos un kilómetro y vemos indicado el lugar Las Presillas. En él hay un aparcamiento y, sobre todo, unas vistas excelentes desde debajo del macizo de Peñalara, que son las montañas que lo rodean. Cruzamos el área recreativa y encontramos un camino de tierra por el que avanzamos entre el robledo inmenso, que seguiremos viendo durante toda la caminata. El camino, amplio y bien trazado, está señalizado con unos números de color naranja en los árboles de los márgenes.

1. Los Robledos .Poco más adelante pasamos por los barracones Arroyo del Aguilón que son edificios de Medio Ambiente para la conservación de la zona. Aquí se juntan el arroyo del Aguilón y el arroyo de la Angostura. Será el primero de ellos el que vamos a seguir durante toda la travesía. En esta zona, el bosque es exclusivamente de robles del tipo rebollo. Se distinguen por las hojas, muy lobuladas. Son ejemplares pequeños, todos jóvenes, porque se utilizan para obtener leña y para hacer carbón. A menudo, también se talan para convertir el terreno en pastos para el ganado y después se deja que crezcan ora vez. El roble es un árbol que brota de su propio esqueje y por eso el bosque se regenera solo. En la señalización, baliza número 10, se dividen los caminos. Por la derecha se va al puerto de la Morcuera y a las Cascadas del Purgatorio. Empieza aquí una pequeña subida al puerto que luego descenderemos: estamos a tres kilómetros y una hora de paseo a ritmo normal de las Cascadas. Se trata de dos grandes saltos de agua clara, fresca y cristalina encajonados en un cañón y rodeados de acantilados.

2. Subida al monte de los Robledos. A partir de la bifurcación, sigue siendo fácil seguir el camino, aunque no esté señalizado con balizas. Es imposible perderse. El bosque es del mismo tipo de abajo: de robles que, en su día, se talaron a ras de suelo. Como de cada cepa han ido brotando árboles muchas veces, tras varias talas, los ejemplares son jóvenes pero, si nos fijamos sólo en su corteza, parecen viejos. Es un árbol de hoja caduca muy curioso, porque no se le cae la hoja durante todo el invierno: se seca y se queda en el árbol hasta que brotan las hojas verdes, en la primavera siguiente. A esto se debe el color marrón tan característico del robledo en invierno. Entre las pocas plantas que soportan las condiciones de este tipo de bosque se cuentan el rosal silvestre, la zarza, la retama, el endrino y el helecho. A medida que ganamos altura, se abre el bosque y las vistas se hacen más espectaculares.

3. Descenso del arroyo del Aguilón. Una vez coronada la cumbre del monte, iniciamos el descenso por el camino de la izquierda. Aquí, poco a poco, se van introduciendo otras plantas entre los robles. Aparecen primero, tímidamente, los grandes pinos e incluso se pueden ver algunos ejemplares de roble que han tenido un desarrollo natural y no han sido podados con tanta frecuencia. Por ejemplo, después de la primera curva pronunciada del descenso, encontramos una asociación típica del bosque de la Meseta Central: un roble de estas características junto a un rosal silvestre y a un enebro. Es buen momento para parar delante de uno de estos “abuelos roble” y ver cómo deberían haber crecido el resto de los árboles. En un momento de la bajada, empezamos a oír rumor de agua en algún lugar de la sierra. El ruido va creciendo y se le une el mugido de una multitud de vacas que pastan a lo lejos advirtiendo de su presencia. Cuando menos lo esperamos, encontramos un prado de montaña a la orilla del arroyo. Súbitamente cambia todo el paisaje y la vegetación, en el momento en el que, quizás, los ojos se empezaban a cansar del bosque de robles. Siguiendo el cauce del río, encontramos el bosque típico de ribera. Estamos tan sólo a kilómetro y medio de las Cascadas del Purgatorio. Cruzamos el arroyo por el puente, vemos la primera poza y el primer salto de agua. De ahora en adelante, se sucederán estos saltos hasta llegar a la gran pirueta acuática: las dos cascadas. Pasada la cabaña del pastor, el firme cambia y se convierte en un pedregal de granito y pizarra. A lo largo del cauce, se extiende el bosque de ribera como una galería. Percibimos un olor muy característico: se trata de las hierbas aromáticas del río, sobre todo, de la hierbabuena y la melisa. Este tipo de bosque regula el cauce del agua y lo protege de la erosión. También sirve de refugio a los animales que pasan por la zona. Esta compuesto de varios tipos de sauce, como la mimbrera, que tiene las hojas verde oliva y alargadas. Sus ramas son frágiles en los nudos. Con su madera se fabrican toda clase de muebles y cestas de mimbre. También encontramos cerezos, fresnos y álamos temblones.

4. Pinar silvestre. Hacia la ladera de la montaña, cambia el bosque de súbito: encontramos un enorme pinar que se pierde a lo lejos trepando por el monte. Se trata del pino silvestre, muy característico porque, con el paso del tiempo, su tronco va perdiendo la corteza, que se desprende en láminas de color rojizo. El suelo de este tipo de pinar casi siempre está cubierto de helechos. El helecho es una de las plantas más antiguas que se conocen. Existen fósiles de helechos del período Carbonífero, o sea, de hace más de 300 millones de años. Entonces eran los dueños de la Tierra, y muchos medían varios metros de altura y formaban bosques gigantescos. Los helechos se reproducen por esporas, que son esos puntos negros que podemos ver por detrás de las hojas. Las esporas caen al suelo y, en condiciones adecuadas, dan origen a nuevos helechos. Este tipo de bosque es muy favorable para el crecimiento de setas comestibles tan ricas como los níscalos o los boletos.

5. Acantilado, desfiladero, cañón. El camino, cada vez más escarpado y estrecho, vuelve a la orilla del río tras pasar por el pinar. El suelo está casi totalmente cubierto de piedra, como si lo hubieran pavimentado: se trata, sobre todo, de granito. En la subida, que empieza a ser difícil, nos acompaña la canción del río que cambia de tonos continuamente. Las paredes de los montes se cierran y forman el cañón del arroyo del Aguilón. Casi da vértigo mirar hacia arriba. Durante un corto trecho, caminamos sobre un pequeño acantilado y, tras un breve esfuerzo en el ascenso, llegamos a la Poza del acebo, muy cerca ya de las cascadas. La Poza del acebo, se reconoce fácilmente porque en su orilla hay un enorme acebo, la planta típica de las decoraciones navideñas. Es un buen sitio para bañarse si el tiempo lo permite.

6. Cascadas del Purgatorio. Tras subir un último tramo rocoso desde la Poza del Acebo, aparece, como un espejismo, la primera cascada. Es el momento de comer, si hemos traído algo de casa, y descansar a la sombra del magnífico arce de Montepellier que hay en la plataforma de madera, frente a la cascada. A la izquierda de la misma, hay un enorme canchal de piedras afiladas. Las piedras están partidas porque, en invierno con el frío, el agua que se mete por las grietas y agujeros se congela y se dilata. La presión hace que las grandes rocas se rompan. Por ese canchal hay un caminito que sube. Es un camino difícil, pero en diez minutos estaremos en la segunda Cascada del Purgatorio, la más grande. Es posible acercarse hata el mismo pie de la cascada y, si el tiempo es propicio, darse una buena ducha.

7. La vuelta. Bajamos por el mismo camino siguiendo el cauce del río. Al llegar al prado donde está el primer puente que atravesamos sobre el arroyo del Aguilón, tomamos la senda que sigue por la orilla del río, sin cruzar el puente. Haremos el camino de vuelta por un robledo del mismo tipo del que ya hemos visto. Una vez en las Presillas, podemos darnos un baño en las piscinas naturales y disfrutar de un rato de esparcimiento y juegos en el césped, perfectamente cuidado, o tomando algo en lo chiringuitos del área recreativa. También podemos continuar el camino que atraviesa Las Presillas y lleva al puente del Perdón y al Monasterio de El Paular, que será el fin de nuestra ruta. El puente se llama del Perdón porque, hace unos quinientos años, por aquí pasaban los condenados a muerte camino de la horca, que estaba en la orilla opuesta del Monasterio. Los reos eran, por lo general, bandidos que habitaban por estos bosques. Cuando a un condenado a muerte le perdonaban la vida, lo dejaban marchar al pasar por este puente.

Final, Las Presillas. Cruzamos el puente y salimos a la carretera, frente al Monasterio de El Paular. Aquí acaba nuestra ruta de hoy.

Para volver al aparcamiento de Las Presillas, basta con retroceder quinientos metros por la carretera. Sólo nos queda tiempo para reposar tantas nuevas impresiones y tal vez reflexionar sobre lo que hemos visto, que es otra forma estupenda de disfrutarlo.

Recomendamos la Ruta a la Cascada del Purgatorio en el Valle del Paular porque...

Desde el inicio de la Ruta hasta el final, el recorrido es espectacular, entre robledales y pinares mixtos hasta el momento que se adentra en la Ribera del Arroyo del Aguilón, una de las zonas de mayor valor ecológico del valle.

Info práctica de Cascada del Purgatorio, en El Paular, Madrid

Dirección:

28740
Rascafría, Madrid, España
Teléfono: 91 869 18 04

Ubicación Cascada del Purgatorio, en El Paular, Madrid

Informaciones de acceso:

Por carretera, a través de la N-I. Tomar el desvío hacia Lozoyuela y, desde aquí, el desvío hacia Lozoya y Rascafría (M-604).
A unos 2 km de Rascafría, se encuentra El Paular.

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