El Bautismo

El término “bautismo” procede del verbo griego baptizein, que significa sumergir reiteradamente en el agua. Muchas religiones usan el rito del baño como signo de purificación. Incluso la religión judía, en tiempos de Jesús, usaba el agua con un significado religioso para “limpiarse” de los pecados y ganar así el favor de Dios.

El bautismo cristiano, podría decirse, que tiene su origen en el bautismo de Jesús. Será a partir del momento en que Juan lo sumerge en el río Jordán cuando Jesús se hará plenamente consciente de su misión: hacerse solidario de los hombres, especialmente de los más pobres, llegando incluso a dar su propia vida por amor a todos. Juan bautizaba como preparación al juicio último de Dios. En cambio el bautismo cristiano introduce una gran novedad: es participación en el destino de Jesús. El bautismo cristiano hace que el hombre “muera” a una forma de existencia marcada por el mal, por el pecado, y nazca a una vida nueva, marcada por la Santidad, por el Amor infinito de Dios.

Significado del Bautismo

El bautismo es uno de los tres sacramentos de la llamada “iniciación cristiana”: Bautismo, Eucaristía (primera comunión) y Confirmación. Así llamados porque acompañan a la persona en su proceso de maduración humana llevándolos hacia la maduración en la fe. Es el primer sacramento porque es el que nos introduce en el grupo de personas que forman parte del Pueblo de Dios, nos hace sus hijos, y sirve de “llave” para todos los demás sacramentos (eucaristía, matrimonio, penitencia...). Sin él no es posible recibir ninguno otro de los 7 sacramentos que existen en la Iglesia Católica.

Efectos del Bautismo

1. Perdona los pecados y da una vida nueva. Ciertamente un recién nacido no puede cometer ningún pecado (no es dueño de sus actos), pero en los primeros siglos de la cristiandad el Bautismo se administraba a personas adultas. Con el tiempo, por diversos motivos se fue adelantando la edad. De todos modos incluso a un recién nacido el Bautismo lo prepara para superar el mal del que, quiera o no, participa por vivir en mundo marcado por él. El Bautismo cristiano se asemeja a la experiencia que tuvo el pueblo de Israel cuando vivía esclavo en Egipto. Gracias a que pasó por el Mar Rojo (metáfora del bautismo) encontró la liberación (Libro de los Hechos 7, 36). También el cristiano es libre para amar como Dios nos ama, aunque de momento sólo sea en forma de semilla, en forma de “promesa”. Quién recibe el Bautismo recibe la promesa de amor más fuerte que Dios puede dar. Es como si Dios dijera al recién nacido: yo te he engendrado hoy, te he dado la vida en la carne, recibe ahora la vida en el espíritu para ser plenamente feliz, como yo, capaz de amar hasta el final. 2. Une al bautizado a la muerte y resurrección de Jesús Al ser bautizado la persona se asocia al mismo destino de Jesús: morir para después resucitar a una vida nueva, plenamente feliz. Naturalmente, cuando nace un nuevo ser todos le desean lo mejor, también que viva muchos años. Pero sabemos bien, que ningún hombre vive aquí eternamente, nacemos para morir. Lo maravilloso del Bautismo es que Dios nos hace sus hijos y nos hace participar de su mismo destino: morir (dando la vida por amor a los demás) para luego resucitar y gozar definitivamente de lo que la Biblia llama el “Banquete del Reino”: la vida plenamente dichosa junto con Dios y los hermanos. 3. Hace partícipe al bautizado de la misma misión de ser sacerdote, profeta y rey que tuvo Jesucristo. Sacerdote: Jesucristo se ofreció a sí mismo para la salvación de todos e intercede por nosotros. Profeta: denunció todo aquello que oprime al hombre: pobreza, enfermedad, marginación Rey: proclamó el reinado de Dios, es decir, un mundo nuevo en el que ya no habrá más llanto ni luto, en el que reinarán la justicia, la paz y el amor entre todos. 4. Incorpora al Bautizado a la Iglesia. La Iglesia está formada por todos los bautizados, nace pues del bautismo. Al recibir el Bautismo la persona queda incorporada a este grupo de “los bautizados” camina con ellos. El bautizado podrá beneficiarse a lo largo de su vida de todos los dones con los que Dios enriquece a las comunidades cristianas; en ellas podrá recibir los demás sacramentos: eucaristía, reconciliación, confirmación, matrimonio, orden sacerdotal, y unción de los enfermos. Igualmente la Iglesia y las comunidades cristianas que frecuente el nuevo cristiano a lo largo de su vida se verán beneficiadas con los dones que él mismo haya recibido de Dios. Porque cada nuevo hermano siempre es un don de Dios, un regalo, que enriquece a la comunidad y a la Humanidad entera. Así cada uno, con sus carismas, unos con el don del canto (coro parroquial), otros con el don de la caridad (Cáritas), otros con el don de enseñar (Catequesis), otros con el don de animar las celebraciones (Equipo de Liturgia)... contribuye, como diría San Pablo, a construir el Cuerpo de Dios, la familia de hermanos, que viven y celebran el amor que Dios tiene por todos sus hijos y por todo lo que El ha creado. Juan Antonio Sánchez Asuncionista

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