Mi hermana es la estrella

Algunos niños son tan agradables, tan inteligentes, tan divertidos, tan guapos... que roban, involuntariamente, el protagonismo a sus hermanos y hermanas. Una situación no siempre fácil para estos últimos.

Sería ideal ser siempre equitativos con todos los hijos y no hacer diferencias entre ellos, sobre todo cuando los padres en su infancia también se sintieron postergados a un segundo plano por alguno de sus hermanos. Pero no siempre es posible. Hay personalidades que atraen todas las miradas, niños que destacan especialmente. Padres y familiares están orgullosos de ellos y se quedan embelesados con los retoños. Pero hay que tener cuidado, porque los hermanos seguramente están sufriendo por ello. No es fácil estar siempre a la sombra de un hermano o hermana que deslumbra continuamente.

El vínculo de la afinidad

Cada hijo ha sido concebido en un contexto distinto y tiene unas características diferentes. Cada uno puede recordar, consciente o inconscientemente, algún rasgo de sus padres o de algún familiar, lo que provoca afinidades diferentes entre unos y otros. Son inevitables los comentarios del tipo “Víctor se parece más a mí, es tan cariñoso y dicharachero como yo a su edad, mientras que Natalia se parece más a su padre, es más tímida y reservada” o “tiene los ojazos y la melena de su madre cuando la conocí”. A cada padre le influye notablemente su historia, el lugar que ocupó en su propia familia y su forma de ser. Si fue el mayor, se sentirá probablemente más cerca de su primogénito y, si fue el pequeño, sabrá comprender mejor las dificultades con las que se pueda encontrar su benjamín. Evidentemente, los sentimientos o recuerdos que cada hijo evoca a cada padre influyen de forma inevitable en el tipo de relación que se establece. Pero, si somos capaces de darnos cuenta de estas afinidades naturales, podremos reequilibrar las diferencias.

Todos tienen cualidades

Aunque uno de los hijos sea más llamativo, sus hermanos y hermanas tienen también sus cualidades y su sensibilidad, y hay que valorarlos también. Cada niño tiene siempre alguna característica que se puede resaltar: su forma de ser, habilidades, rasgos físicos, aficiones, etc. Apreciar sistemáticamente las cualidades, los intentos y los logros de todos y cada uno de ellos es una buena manera de poner de manifiesto que se los quiere y reconoce. Si el mayor brilla en el deporte, no hay que olvidar felicitar también al más pequeño por su afición musical o artística. Y hay que estar igualmente atentos a los comentarios de terceras personas, sobre todo si están los niños delante. Cuando la abuela comente lo encantadora y guapísima que es la benjamina, habrá que recordarle lo generosa y sociable que es la mayor.

Los celos: una reacción normal

Sentirse continuamente en un segundo plano provoca, inevitablemente, celos. Cuando un hermano destaca continuamente, si al otro no se le reconocen también sus cualidades, se sentirá menos querido. Para él, “la estrella” es el rival que invade su territorio y le quita las atenciones de los demás. Algunos lo exteriorizan y otros se reprimen. Es su protesta y hay que tratar de ponerse en su piel. Pero si nadie le acusa de ser celoso, se siente querido y valorado por sus padres y consigue reconocer la cantidad de cualidades que posee, aprenderá a superar pequeñas frustraciones y su personalidad se irá afianzando. Sea cual sea el puesto que ocupen los hijos en el orden de los nacimientos, cada uno buscará su lugar y el amor de sus padres con sus mejores armas: sus encantos, inapetencias, rabietas... Por ello hay que fomentar todas sus cualidades y actitudes positivas, para evitar que se produzcan llamadas de atención a través de conductas inadecuadas.

Equitativo es mejor que igual

Se los quiere mucho a todos, pero de forma diferente, porque cada niño es distinto en edad y personalidad, con sus virtudes y sus defectos, sus triunfos y sus tropiezos. Dar y educar a todos por igual no solo no es posible, sino que no es conveniente. Hay que hacerles saber que cada hijo es insustituible y que todos tienen el amor de sus padres de forma incondicional. Pero también hay que hacerles comprender que las necesidades de cada uno son diferentes y que, por consiguiente, la atención y dedicación también lo serán. Hay que dar a cada niño lo que necesita en cada momento. No tiene por qué acostarse a la misma hora un niño de 10 años que un niño de 2 o elogiar de igual manera el logro social de un niño extrovertido que el de otro muy reservado. Hay que responder a sus necesidades, intereses y esfuerzos, no al deseo de total igualdad. De esta forma, cada uno será feliz, si no, quizás no se conseguirá satisfacer a ninguno. Por más que uno se esfuerce en ser igual con todos, los niños nunca estarán contentos, porque cada uno tendrá su percepción particular y siempre habrá alguno que no se sienta satisfecho. Son muy sensibles para detectar el más mínimo atisbo de desigualdad. “¡No es justo!”. Para los niños no es fácil entender que justicia no siempre equivale a igualdad.

Hijo único entre hermanos

Los niños desean ser queridos de manera única y exclusiva. Aunque no es fácil, materialmente hablando, es siempre fructífero aprovechar los momentos que se presentan a lo largo de la jornada para poder brindarles una atención especial y poder encontrarse a solas con cada uno de los hijos. No tienen por qué ser momentos complicados. Un paseo, leer juntos, charlar en la cama, ir de compras... puede ser suficiente. Si a cada hijo se le dedican tiempos afectivos diferentes, se le reconocen sus cualidades, se le permite elegir las actividades según sus inclinaciones individuales y no por lo que hace su brillante hermano, etc., se sentirán queridos y estarán orgullosos de ser como son y de lo que hacen. Podrán recorrer así su camino sin sentirse acomplejados. Para el niño, es más importante recibir una atención total durante ciertos momentos que estar incluido permanentemente en el conjunto de “los niños”.

Cómo actuar

Hay que intentar: • Dedicar suficiente tiempo para escucharlos y demostrarles afecto individualizado. • Aceptar y elogiar las características y los logros personales de cada hijo. • Permitirles y animarlos a desarrollar sus inclinaciones individuales y sus potencialidades en actividades diferentes a las de sus hermanos. • Relativizar. El aspecto en el que destaca no es el único ni el más importante. Cada persona es un conjunto de muchas cualidades. • Cuidar nuestros comentarios y actuaciones para no herirlos. • Fomentar su autoestima para que cada uno se sienta a gusto consigo mismo. • Permitirles “intentarlo” y “fallar”, demostrándoles un amor incondicional sin importar el éxito o el fracaso. • Fomentar la cooperación entre hermanos (en las tareas de la casa, recados, etc.). Ganar no lo es todo. • Conocer las potencialidades de cada hijo y tratar de encomendarles tareas que pueden llevar a cabo con éxito. • Hallar una nota de humor en los momentos difíciles. Conviene evitar: • Comparaciones entre los diferentes hijos. Lejos de motivarlos en el esfuerzo, provoca rivalidad entre ellos y los hace sentirse en desventaja. • Los comentarios y conductas de otras personas cuando ensalzan las cualidades de uno en detrimento de otro. Si esto ocurre, habrá que asegurarse de resaltar también los logros de los otros hermanos. • Compensar en vez de valorar. Si se le consiente todo al que nos parece que está en un segundo plano, no le hará sentirse mejor. • Ciertos comentarios o gestos en presencia de los hijos. Por ejemplo, manifestar malestar por el ascenso de un compañero de trabajo o poner mal gesto porque el niño ha perdido una competición deportiva. • Las descalificaciones, trato irónico, risa o burla ante conductas inadecuadas. • Elegir favoritos o dedicar excesiva atención a uno de los hermanos. • Las situaciones que ocasionan la rivalidad. • Tratar de que se parezcan a nosotros.

Superarse y disfrutar

Cuando los celos entre hermanos están dentro de unos límites razonables y no suponen un sufrimiento excesivo y duradero, a veces, pueden tener algún efecto beneficioso. Pueden actuar como estimulante. Al compararse él con su hermano, decide imitarle o “ser mejor” que él. Se empeña en aprender a andar en bicicleta sin las ruedecillas, a saltar la comba, a nadar sin manguitos, etc. Hace de todo para demostrarse a sí mismo y a los demás que él también es capaz de hacer las cosas igual e incluso mejor que su hermano. Pero también puede darse el efecto contrario, sobre todo cuando el adulto se empeña en hacer comparaciones para tratar de motivarlos: que huya de cualquier cosa que le pueda relacionar con los aspectos en los cuales su hermano es venerado. Por otra parte, aunque a todos los niños les gusta tener sus propios momentos, también pueden y deben aprender a disfrutar asistiendo a los momentos especiales de los demás. Para evitar que el niño sea envidioso en el futuro, conviene despertar en él la capacidad de admiración por otras personas, entre ellas sus hermanos, así como la alegría por el triunfo de los demás. Probablemente, aprenderá a ser más tolerante y generoso con el resto de los mortales y le ayudará a moverse en sociedad.

Virginia González Psicóloga

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