Familia
Hijos únicos. ¿Caprichosos y egoístas?
Existen muchos tópicos sobre la forma de ser de los hijos únicos. Se los suele asociar a un carácter mimado, consentido, egoísta o caprichoso. ¿Son realmente así? En algunos casos estos tópicos se cumplen, pero realmente todo depende del tipo de educación que los niños reciban y de los valores y actitudes que los padres fomenten en ellos.
Unas veces por razones económicas, otras por la incorporación de la mujer al mundo laboral o por el hecho de que las parejas se forman cada vez a edades más maduras, el hecho es que el número de parejas con un solo hijo es cada vez mayor. También influye la alta tasa de divorcios o separaciones y una mayor planificación familiar, entre otras causas. El resultado es que casi el 45% de las parejas de los países desarrollados tienen hijos únicos y en la sociedad española, con una de las tasas más baja de natalidad del mundo, este porcentaje podría ir incluso en aumento.
Rompiendo tópicos
Ser hijo único no conlleva en sí mismo ventajas ni inconvenientes, ya que el resultado dependerá de la educación que el niño reciba de sus progenitores. Se ha escrito mucho sobre los posibles riesgos que corren los hijos únicos por tener la atención y cuidados exclusivos de los adultos de su entorno, ya que esta situación los puede hacer egoístas, inestables y necesitar protección durante toda su vida. Existen numerosos estudios que demuestran que los hermanos son un factor influyente en la sociabilidad del niño, pero también hay numerosas investigaciones psicológicas que han encontrado hijos únicos geniales y encantadores. Favoreciendo las conductas sociales desde la primera infancia, los hijos únicos no tienen mayores problemas que los hijos de familias numerosas para integrarse en la sociedad con normalidad.
Riesgos más comunes
Ser padres de un solo hijo puede convertirse en un problema si se sienten “culpables” de la soledad del niño, ya que pueden mostrar ciertas actitudes de compensación que interferirán en todas y cada una de las facetas de la existencia del pequeño.
Al estar siempre pendientes de él y atender inmediatamente sus necesidades, se corre el riesgo de consentirle en exceso, de darle demasiado protagonismo... y convertirlo en un pequeño demasiado exigente. Pero esto ¡no es culpa suya! Los niños pequeños, hijos únicos o de familias numerosas, lo quieren todo y lo quieren de forma inmediata y para ello utilizan técnicas ¡muy efectivas! Pero desde el principio, hay que seguir un criterio claro y coherente que evite que el niño se convierta en un ser caprichoso y consentido. A medida que va creciendo hay que establecer una serie de límites para que sea consciente de que no es el único en el mundo.
Otro aspecto a tener en cuenta es la sobreprotección, que puede agobiar hasta tal punto al niño que éste solo actúe para contentar a sus padres o que le convierta en un niño temeroso, inseguro y dependiente. El chaval debe tener autonomía suficiente para que pueda luchar por sí mismo y conseguir lo que se proponga. No se trata de que los padres se desentiendan totalmente de lo que hace su hijo, pero protegerle de manera desmedida, darle todo en bandeja, tomar las decisiones por él, anticiparse a sus necesidades antes de que él pida ayuda... impedirá que madure emocionalmente y dificultará que desarrolle habilidades sociales. El “síndrome del hijo único” no tiene por qué aparecer en todos los hijos únicos, pero sí lo hará en aquellos que estén rodeados de adultos excesivamente protectores.
También se puede caer en una educación obsesiva, llena de exigencias y repleta de actividades extraescolares, con la que los padres intentan hacer de su retoño el gran genio que ellos no pudieron ser.
Un modelo a imitar
A diferencia de lo que ocurre cuando existen otros hermanos, hasta que comienza la escuela, el hijo único vive en un entorno familiar adulto, por lo que la actitud de los padres influye de manera muy directa: son su ejemplo más cercano. Con ellos se compara y trata de imitarlos. Sin embargo, no siempre existe una buena comunicación. A veces, cuando vive experiencias propias de su edad, le es difícil compartirlas con ellos, ya que aprecia que sus padres viven experiencias muy distintas y cree que quizás no entiendan las suyas. Le resulta más fácil compartirlas con sus compañeros de juegos y fatigas.
El valor de los hermanos
Evidentemente, el gran obstáculo al que se enfrenta el hijo único es la soledad. Los hermanos son, en muchas ocasiones, una válvula de escape para los pequeños. En ellos pueden depositar sus temores y conflictos, con ellos pueden compartir espacios y juegos, y su compañía les permite sentirse cómplices en un mundo ajeno al de los mayores. La convivencia y la gran cantidad de experiencias que comparten entre sí los hermanos favorecen una relación muy especial.
Con los hermanos se aprenden valores básicos como la solidaridad, la competencia bien entendida, el poder pelear y reconciliarse... y la generosidad, ¡aunque sea a regañadientes!
Cómo actuar
Pero no es imprescindible tener hermanos para aprender dichos valores. A falta de hermanos, están sus iguales. Los padres deben evitar que su hogar sea una isla sin comunicación con el mundo externo y que el niño siempre esté rodeado de adultos. La relación con otros niños es primordial para el hijo único. Hay que procurar que cuanto antes se relacione y comparta con primos y amigos las cosas propias de su edad: distintas experiencias en diversos ambientes. Con ello podrá aprender a proponer en vez de a exigir, a tomar decisiones junto a otros de igual edad y a asimilar que unas veces se gana y otras se pierde, a arreglar sus peleas por sí solo. Si se conocen los riesgos de la soledad, se pueden prevenir. Por ello, hay que enseñarle desde muy pequeño a compartir espacios, objetos y personas, a participar en juegos colectivos, a expresar sus opiniones y enfados teniendo en cuenta los sentimientos de los demás... y hay que prepararle para que acepte que la vida está llena de renuncias, que además de recibir hay que saber dar y que no siempre se gana ni se tiene la razón.
Hay que aprovechar, por tanto, todas las oportunidades posibles para que se relacione con otros niños. Buscar actividades deportivas, lúdicas y sociales para que pueda compartir y competir, y hablarle constantemente sobre los otros niños y los grupos que le rodean. Y, por supuesto, guiarse por el sentido común: darles cariño pero sin protegerlos en exceso y no olvidar que la disciplina ha de estar presente. No es fácil, pero el esfuerzo merece la pena.
Ventajas de la soledad
Una vez evitados los inconvenientes de criarse en solitario, solo quedan ventajas. El hijo único disfruta en exclusividad del afecto incondicional de sus padres, lo que le da seguridad. El ser valorado le enseña a valorarse y conocer la soledad hace que sepa disfrutar de ella y que además aprecie la compañía de otros.
Algunos estudios atribuyen a los hijos únicos mayor madurez y capacidad intelectual debido a la mayor atención y estimulación de la que han sido objeto e incluso su lenguaje suele ser más rico que el de sus compañeros de clase. Acostumbrados a ser el centro de atención, suelen ser los líderes del grupo y saben hacerse querer.
Los hijos únicos son chicos y chicas que, si sus padres saben ayudarlos y evitar los posibles riesgos, serán personas con muchas cualidades para desenvolverse en la vida.
Virginia González. Psicóloga y profesora de Educación Infantil.