Los niños y las mascotas

El papel del animal de compañía en la vida del niño

Cada vez más familias tienen animales de compañía. ¿Cómo es la convivencia con los más pequeños de la casa? Jean-Luc Vuillemenot, experto en las relaciones entre los animales y el hombre, nos habla de los vínculos tan especiales que se establecen entre el bebé y la mascota familiar, especialmente con el perro y el gato.

Sin duda alguna, el animal es ante todo un factor de desarrollo para los niños pequeños. Las razones son múltiples. Paras empezar, los perros y los gatos a menudo despiertan en ellos un deseo de emulación que les ayuda a adquirir autonomía física, especialmente la capacidad de caminar.

Los niños y las mascotas

El papel de la mascota en el desarrollo del niño

Es fácil imaginarse a un peque persiguiendo a su mascota, a cuatro patas, y luego intentando seguirle sobre las dos piernas, para terminar alcanzándolo a la carrera cuando ya es más mayor. Además, el animal de compañía, al contrario que los padres y la sociedad, no hace juicios, no tiene una actitud moral frente al niño. Por eso, el pequeño siente que su compañero está siempre con él, siempre donde debe y cuando lo necesita.

La empatía del animal tiene un efecto positivo en la autoestima del niño. Por último, la mascota también cumple una función como elemento de transición: representa un entorno afectivo que le da seguridad y estabilidad, que le ayuda a pasar del mundo del la primera infancia al mundo más ansiogénico de los adultos. Es la muleta en la que se apoya el niño pequeño tanto psicológicamente como, a veces, incluso físicamente.

El comportamiento del niño con la mascota

Cuando es pequeño, el niño comparte capacidades con el animal de compañía, especialmente porque ninguno de los dos habla y porque, en cierto modo, se encuentran en la misma situación física. Entonces se observan comportamientos de interacción entre ambos. Ello pasa por las miradas fijas (que resultan más fáciles porque el niño es pequeño y se desplaza gateando), las posturas, las entonaciones (balbuceo para el niño, gama de maullidos para el gato), los gestos.

Entre los 9 y los 14 meses, el registro del comportamiento del bebé humano está muy cercano al del animal. Pero, aunque se trate casi de un alter ego en términos de comunicación no verbal, la gran diferencia reside en el hecho de que el animal, especialmente el perro, está mejor dotado que el niño para descifrar lo que su compañero quiere “decirle”. El bebé tiene conciencia de algunas intenciones del animal, pero no es capaz de interpretarlas. Por ello la comunicación entre ambos es muy intuitiva.

Precauciones cuando conviven un bebé y un animal

La primera regla es estar siempre alerta y no dejar nunca al pequeño y al animal solos en una habitación. Un gato puede darle un zarpazo o un perro, empujarlo… Pero, por lo general, los animales nunca son agresivos porque sí. Si lo son, es porque están en una situación incómoda o sienten malestar. En ese caso, siempre hay avisos previos.

Los perros meten el rabo entre las patas, agacha las orejas… Y los gatos bufan o se hacen un ovillo. Los adultos tienen que estar atentos para detectar esos signos que el niño no puede descifrar. Pero, para evitar llegar a este punto, es fundamental que los padres desempeñen su papel de educadores frente al niño y frente al animal. Tienen que explicar al pequeño que el animal no es un juguete, que es diferente de nosotros.

Eso significa que hay que saber decir al niño que no moleste al gato que duerme en el sofá en pleno día. Del mismo modo, hay que poner límites al animal. Por último, hay que imponer algunas normas de higiene: lavarse las manos después de tocar al animal, evitar los lametones y el dormir juntos y, sobre todo, controlar la salud del animal llevándolo al veterinario al menos una vez al año.

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