Infancia: una curiosidad insaciable

Preguntas sin fin a las que hay que dar respuestas

Los niños descubren muy pronto que el mundo es apasionante y despliegan una curiosidad sin límites por todo lo que ocurre a su alrededor. Todo es nuevo para ellos y todo debe ser descubierto. Hacen preguntas sin fin, a las que hay que dar siempre respuesta.

Infancia: curiosidad insaciable 

Desde que el niño comienza a hablar hace innumerables preguntas. Sin embargo, es alrededor de los 3 ó 4 años cuando su interés y curiosidad por el mundo que le rodea es tan intenso que, salvo los más tímidos, se lanzan a hablar y parece que no van a parar nunca. Preguntan, comentan, describen con detalle lo que ven, lo que hacen y lo que imaginan. Los padres se sienten deleitados con la originalidad de sus preguntas, pero también pueden llegar a ser agotadores por su insistencia.

Los temas que le preocupan

Algunas de las preguntas del niño obedecen a inquietudes intelectuales, sin embargo, otras muchas, tienen un fondo emocional, que podemos percibir, además, en la expresión de su cara o en su tono de voz. Son típicas las cuestiones sobre el nacimiento y la muerte, las relaciones familiares, si son deseados y queridos, la infancia de los mayores, las diferencias entre sexos, las étnicas y aquéllas derivadas de discapacidades físicas o mentales... Como no siempre formulan de forma explícita sus preguntas, debemos estar también atentos a las dudas que aparecen en sus juegos, en la proyección de películas, en los libros que leen o en sus confidencias.

Inteligencia y comunicación

Contestar a sus preguntas es muy importante, ya que, con ello, los ayudaremos a lograr una mayor comprensión de las cosas. Gracias a la información que les vamos proporcionando, poco a poco podrán identificar las cosas, clasificarlas y compararlas, y podrán liberar su capacidad de razonamiento, planificando y resolviendo tareas cada vez más complejas. Pero las respuestas a sus preguntas no solo les enriquecen intelectualmente. Además, a lo largo de los años, los niños irán tomando conciencia acerca de cómo sus preguntas contribuyen a enriquecer las relaciones familiares y sociales, ya que les permitirán participar en conversaciones colectivas, evocar situaciones o compartir sus sentimientos e inquietudes con las personas que los rodean.

Preguntas inoportunas

No siempre es fácil hallar la mejor forma de responder a un niño. A veces su curiosidad no puede esperar y formula la pregunta cuando hay visitas o en un autobús lleno de gente. Lo mejor será darle a su pregunta la importancia que se merece y hablar del tema más tarde, de esta manera irá aprendiendo que existen asuntos que requieren privacidad y verá que, aunque la respuesta sea aplazada, no por eso se elude. Otras veces, simplemente, desconocemos la respuesta. Reconocer nuestra ignorancia también tiene su valor; si les mostramos nuestro deseo de averiguarla junto a ellos, los estaremos estimulando en su aprendizaje.

¿Qué hacer ante una pregunta difícil?

  • Contestar la verdad para no confundirlos, pero no darles más información de la que solicitan: sólo la justa que puedan asimilar.
  • Si no estamos seguros del alcance de la pregunta, podemos profundizar sobre ella haciéndole preguntas como: ¿por qué lo preguntas?, ¿a qué te refieres?, ¿a ti qué te parece?
  • No debemos olvidar que cada niño es diferente y necesita una respuesta acorde con su personalidad.
  • Conviene que seamos nosotros los que respondamos a nuestros hijos y no dejarlo en manos de terceras personas (abuelos, amigos...).
  • A la hora de responder, podemos ayudarnos de libros o ilustraciones.
  • Si la pregunta nos desconcierta, nunca debemos decir “eso no se pregunta”. La confianza es la mejor recompensa en la relación con nuestros hijos. Si no se nos ocurre la respuesta en ese momento, podemos tomarnos tiempo para pensarla y volver a hablar con el niño si fuese necesario.

Virginia González. Psicóloga y profesora de Educación Infantil


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