Creatividad sin freno

No solo los genios lo son. Todos podemos ser creativos en nuestra vida diaria si el ambiente es propicio. En casa, la mejor forma de estimular la creatividad es favorecer en los niños la exploración, la indagación y el descubrimiento.

Cada vez son más apreciadas las personas innovadoras y se dedican más esfuerzos a desvelar las dimensiones implicadas en el proceso creador. La creatividad es muy estimable desde el punto de vista individual y colectivo, porque es esencial para el desarrollo de la personalidad y el progreso social. Antaño la mitificación de la creatividad perjudicó considerablemente su cultivo desde la escuela y la familia. A menudo la asociación de la creatividad con un don servía de pretexto para no fomentarla. Naturalmente, nadie duda de que haya personas especialmente creativas, incluso en su grado más elevado. Es el caso de los genios. Ahora bien, más allá de estos prodigios, la posibilidad de desarrollar la creatividad está al alcance de todos. No nos referimos, claro está, a una originalidad que desemboque forzosamente en descubrimientos, inventos o realizaciones artísticas de gran magnitud, sino a la capacidad de iluminar la vida cotidiana.

Formación y voluntad

Toda persona, en virtud de su unicidad, está llamada a ser original, es decir, posee el caudal necesario para alejar de sí los automatismos y las presiones homogeneizadoras. La creatividad puede irradiar cualquier ámbito de la vida (personal, familiar, laboral, social, etc.). Así como cabe colorear el trabajo, también es posible agrisar el tiempo libre por falta de ideas. Toda persona es virtualmente innovadora, siempre que mejore su formación y tonifique su voluntad. Sacudir la pereza, centrarse en una ocupación o tema que merezca la pena y administrar la energía y los recursos que se poseen, por escasos que puedan parecer, son claves de la creatividad. Conviene, eso sí, contar con un ambiente familiar apropiado que brinde oportunidades para favorecerla desde la niñez.

El ambiente familiar propicio

Qué papel corresponde a la familia en cuanto estimuladora de la creatividad es cuestión que en la actualidad se investiga de modo creciente. Algunos estudios se centran en las características del clima familiar de algunos genios mientras que otros trabajos se interesan sobre todo por las notas destacadas que supuestamente impulsan la creatividad en cualquier niño. En general, puede afirmarse que la familia influye en el florecimiento de la creatividad tanto por contribuir a la estructuración de la personalidad a través de las relaciones personales con padres y hermanos como por proporcionar estímulos intelectuales, culturales y sociales. El impacto de la convivencia familiar en la eclosión de la creatividad está fuera de toda duda, por lo que sugerimos a los padres que impulsen un ambiente abierto, esto es, el que favorece en el niño la exploración, la indagación y el descubrimiento. La flexibilidad y la libertad en el hogar constituyen la mejor plataforma creativa. Se sabe que un clima excesivamente rígido, programado y dogmático constriñe el proceso creador. Igualmente desaconsejable es la indiferencia o la sobreprotección. Dado que la educación familiar puede inhibir o estimular cualquier brote de originalidad, se torna fundamental respetar las ideas de los hijos, despertar su curiosidad, confiar en sus razonamientos y decisiones, animarlos a expresarse, etc. Evidentemente, no se trata de consentir caprichos ni de despreciar la experiencia ni el asesoramiento de los mayores. A menudo la creatividad se beneficia de los “andadores” que proporcionan los adultos, siempre que no se ahogue la fantasía infantil y que no se desaproveche la capacidad para abrirse a nuevas vías de realización y a soluciones singulares. La personalidad creadora se despliega al máximo cuando hay posibilidad de opinar, de disentir, de reflexionar y de ensayar, incluso de equivocarse.

Las actividades más idóneas

En esta época de tecnificación conviene desarrollar todos los sentidos del niño con actividades en la naturaleza, a la vez que se estimula el deseo de saber, la observación, la autonomía, el espíritu crítico y, cómo no, el amor a la belleza. Todo ello sin pasar por alto que la creatividad requiere ilusión y tenacidad. Una vía de gran importancia para fomentar la creatividad la encontramos en la actividad lúdica. El juego es un asunto muy serio en la vida del niño, ya que le permite relacionarse, liberar energías, divertirse, así como adquirir y afianzar habilidades. Mientras juega, el niño rompe las ataduras en que le instala la cotidianeidad, asume riesgos, ensaya alternativas y ensancha su horizonte. El juego ofrece ocasiones áureas para el despliegue del potencial creativo. Ahora bien, es menester sustituir esos juegos que acrecientan las “comparaciones odiosas” y la rivalidad, por los que impulsan el espíritu de cooperación y transforman la realidad merced a la imaginación.

Ejercitar todos los sentidos

No quebremos la magia infantil con imposiciones angostas. El desprecio de la fantasía da lugar a un pensamiento estereotipado, uniforme, mecánico y cautivo. Aún hoy encontramos en algunas familias actitudes bloqueadoras de la sensitividad infantil, que impiden la espontaneidad lúdica, la formulación de hipótesis originales, el disfrute de la belleza, etc. En estos casos, aunque se gane en orden y en repetición, posiblemente se pierda en dilatación personal. La capacidad del niño para abrirse al mundo con “ojos nuevos” se reduce, su universo mengua. Cuán distinto es lo que sucede en el hijo que es estimulado a investigar y a valorar su entorno, a desplegar su autonomía con actividades diversas en las que se ejercitan todos los sentidos. En estas situaciones el niño vibra, ve, oye, toca, saborea y disfruta. Valora lo que hay y hasta es capaz de imaginar lo que podría haber. Gracias a la creatividad puede el niño abandonar el cuarto oscuro en que algunas tendencias obsoletas pretenden encerrarlo, para transitar gozoso hacia la luz de la vida. La creatividad es como una gran ventana que permite a cada persona mirarse y reconocerse sin que por ello se pierda de vista a los demás. Equivale, en suma, a mirar de manera vigilante y fecunda descubriendo en cada momento un nuevo fulgor que se contagia. Valentín Martínez-Otero. Profesor y doctor en Psicología y en Pedagogía.

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