Dolor de dientes
Ernesto llevaba unos días bastante irascible. Se levantaba enfadado y se acostaba más enfadado todavía.
Cuando le recogía por la tarde de casa de mi suegra me regalaba una
enorme sonrisa, pero diez minutos más tarde ya estába en el coche con el
ceño fruncido y soltando una jerga ininteligible, como si estuviera
regañando a alguien invisible.
No quería estar sentado en la trona, no quería estar de paseo… sólo
quería estar en brazos. Ya estaba yo pensando que menudo carácter había
sacado el niño, nada que ver son su encantadora, amable y dulce madre
(es que si no me lo digo yo…). Pero, hace unos días, mientras le
sostenía en brazos abrió su pequeña boquita para morderme con sus vacías
encías y noté un pinchazo. ¡Ah, un diente! ¡A Ernesto le ha salido un diente!
Pobrecito, el bebé con dolor de diente y nosotros pensando que se estaba
volviendo un guerrero. Ahora ya le está rompiendo el segundo diente,
cómo no iba a estar enfadado, yo con dolor de muelas soy peor que un
volcán en erupción.
He recuperado los mordedores de Jorge
y la farmacéutica me ha recomendado aplicarle paracetamol en las
encías, pero creo que al pobre sólo le queda pasarlo, pero con muchos
muchos mimos.
Sólo le deseo que no tenga que ir al dentista tanto como su sufridora
madre, que ha pasado por empastes, endodoncias y demás tratamientos
mientras sudaba la gota gorda en el potro de tortura… perdón silla de
dentista… es que, y aquí va otra confesión, le tengo pánico al dentista.

Comentarios