¿Por qué los bebés juegan con cualquier cosa?

Con el juego el bebé desarrolla su inteligencia

A veces, nos desconcierta la facilidad de un bebé para jugar con cualquier cosa. Laurence Rameau, puericultora y antigua directora de una escuela infantil, nos tranquiliza: este tipo de juego es extremadamente enriquecedor para el pequeño.

Juego bebés 

Un bebé no sólo juega con sus juguetes...

Es comprensible la decepción de los padres cuando su hijo se interesa más por el papel del envoltorio que por el juguete que le acaban de regalar. Pero, si lo observan, verán que su hijo está desarrollando la inteligencia divirtiéndose precisamente con ese envoltorio. Un papel de regalo, una caja, un lazo... son accesorios lúdicos que atraen mucho al bebé porque son neutros, no tienen una función predefinida: no se espera que el niño haga un gesto concreto para encajar los cubos o las piezas del puzle. ¡Puede hacer con ello lo que quiera! Y un envoltorio esconde muchas posibilidades: el bebé puede rasgarlo, arrugarlo, ponérselo en la cabeza y experimentar muchas cosas. Dejándole actuar, los padres contribuyen a construir en el interior de su hijo una sólida confianza en sí mismo que le animará a continuar su búsqueda exploradora.

¿Cómo se explica que algunos niños ni siquiera miren a los leones y las jirafas del zoo y, en cambio, se vuelvan locos con las palomas?

Desde luego, puede ser frustrante para los padres que han planificado la visita al zoo... ¡pero es completamente lógico! El niño mira de lejos al león o a la jirafa, no tiene mucho que observar y no puede interaccionar con ellos. En cambio, la paloma se acerca a él y echa a volar cuando él la persigue: es decir, una acción provoca una reacción. ¡Es muchísimo más cautivador!

Que el bebé juegue incluso con la comida puede llegar a ser un problema...  ¿Hay que dejarle «manosearla»?

Hay que reconocer que triturar los alimentos es fascinante: las texturas son tan distintas que los descubrimientos no tienen fin. Efectivamente, no tiene nada que ver manosear un puré, una mandarina o una uva. Para evitar malos hábitos, catástrofes y manchas, se puede dar al niño otros materiales para sus experimentos, como la pasta de sal, que podrá separar en trozos y volver a juntar a su antojo. En ese momento, estará jugando con las matemáticas y la física, lo que le será muy útil, más adelante, en sus aprendizajes escolares.

En otra situación, cuando lanza la cuchara desde su silla por décima vez consecutiva, muchos padres interpretan que su hijo trata de provocarlos, de poner a prueba sus límites. ¡Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones no se trata de eso, ni mucho menos! Lo que quiere averiguar es si la cuchara caerá siempre que la suelte, si siempre hará el mismo ruido al chocar contra el suelo... Si no lo experimenta, ¿cómo va a saberlo? El bebé hace una investigación en el sentido científico del término: elabora sus hipótesis y, acto seguido, intenta validarlas o refutarlas. ¡Para él, el juego es algo muy serio! Por ello, más vale darle un margen amplio de libertad, fuera de las comidas, en sus actividades de experimentación con el entorno.

¿Y por qué no intentar representar cosas concretas con un lápiz?

¡Porque eso no le interesa aún! Hay mil cosas que experimentar sobre el terreno antes de pasar al nivel de la representación. Y, si un adulto interviene demasiado en su juego enseñándole cómo dibujar una serpiente o un muñeco de nieve, en realidad se estará entrometiendo. El bebé o bien ignorará esta propuesta y continuará a su aire, o bien se conformará con el modelo que el adulto le propone... pero, como todavía no es lo suficientemente hábil para realizar él solo un objeto figurativo, esperará, por darle gusto, a que el adulto lo haga. Pero se corre el riesgo de que se acomode en un rol pasivo y en una relación de pura afectividad; muy interesante también, pero que no le permitirá descubrir el mundo.

 Isabelle Gravillon

© Bayard Presse-Popi 

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